Cambian los medios de comunicación y con ellos los modelos de interacción humana; cambia la moda, los patrones de alimentación; cambian los conceptos de educación y aprendizaje, la ley, la sexualidad, los valores éticos; cambia el paisaje rural, el urbano; cambia el clima…

Y no es que todo eso haya permanecido estático en el pasado; la transformación ha sido la constante de la vida. La diferencia cualitativa entre el “antes” y el “ahora” es la velocidad del cambio. Lo que antes tardaba diez, veinte, treinta o cincuenta años en experimentar pequeñas variaciones, hoy se desintegra y recompone en cuestión de meses, semanas o días.

Una persona nacida a finales del siglo XIX en nuestro país pudo vivir en un mundo básicamente igual durante muchos años, presenciando y asimilando con tranquilidad pequeñas mutaciones, que no alteraban en esencia su percepción del mundo.

Una persona nacida en las últimas décadas del siglo XX, por ejemplo, debe esforzarse mucho para buscar su propio acomodo en un mundo que ha mutado un poco más cada día que se levanta.

Quien no reconozca y asimile esta realidad aplastante, sufrirá de lo que llamaremos (permítaseme acuñar un término) un “síndrome de aplastamiento histórico”.

Sospecho que este síndrome es el que está afectando a nuestra clase política. Por ejemplo, si usted conversa con un funcionario de cierto nivel o con un militante del partido oficialista, podrá detectar los síntomas de este cuadro mental en la absoluta estupefacción que le provocan ciertos fenómenos sociales.

“¿Por qué la popularidad de Laura Chinchilla se encuentra por los suelos? ¿En realidad su gobierno es tan diferente al de Oscar Arias o al de José María Figueres u otros por el estilo? ¿Serán las aptitudes personales de la mandataria la causa del problema? ¿El equipo que la rodea? ¿El divorcio político con los hermanos Arias? ¿O quizá los medios de comunicación que no la dejan en paz? ¿O el “inmenso poder” de convocatoria de los partidos de izquierda?”, se preguntan sin encontrar respuestas claras.

Y entonces, reúnen cientos y miles de millones para campañas de publicidad con el fin de subirle la imagen a la Presidenta. Y ésta se desespera y cambia cada dos por tres a su ministro de Propaganda, para ver si alguno la pega. Pero no, la cosa no mejora.

La verdad, el gobierno de Laura Chinchilla no es tan diferente al de sus predecesores. Muchos de sus grandes proyectos los heredó de la administración Arias; la mayoría de sus colaboradores son viejas figuras del Partido Liberación Nacional que han jugado papeles determinantes en anteriores gobiernos; hacen lo que saben hacer y siempre han hecho; echan los mismos discursos y recurren a los mismos trucos de la misma escuela política a la que están acostumbrados.

Y ese es precisamente el problema: que las viejas fórmulas están dejando de funcionar.

Lo que sucedió en 2007 en torno a la aprobación del tratado de libre comercio con Estados Unidos debió ser la voz de alarma para la clase política. Una ciudadanía organizada, pensante, deliberativa, estuvo a punto de hacer naufragar uno de los proyectos más decisivos de la estrategia neoliberal que se viene aplicando en el país desde hace tres décadas.

En términos estratégicos, la clase política adscrita a ese proyecto debió asumir la experiencia como un golpe demoledor, pero como al final ganó el “sí” en el referendo, sus ideólogos menospreciaron realidades muy significativas, como que esa victoria la obtuvieron con un escaso 3% de ventaja y sólo gracias a un soborno masivo y otros fraudes técnicos.

Lo que esa coyuntura histórica dejó bajo la apariencia de un reflujo del movimiento social, fue un semillero y un campo abonado para el surgimiento de nuevas y múltiples criaturas de eso que en esencia fue la lucha contra el TLC: una ciudadanía de nuevo tipo que quiere y exige ser protagonista.

La lista de casos podría resultar inabarcable a los propósitos de esta nota, pero vale mencionar dos procesos activos: la lucha de las comunidades de occidente por la carretera San José - San Ramón y la lucha de las comunidades de Guanacaste por ser escuchadas y atendidas por el gobierno en cuanto a una enorme diversidad de problemas y carencias.

Y por mucho que los voceros del gobierno se esfuercen en atribuirle la paternidad de estos movimientos a ideologías y partidos de izquierda, la realidad anda por otros rumbos. Las dicotomías de la guerra fría son otros de los tantos cacharros inservibles de la vieja política.

La diferencia entre los movimientos sociales del siglo XXI y los del siglo XX, es que los de ahora ya no necesitan de una “vanguardia lúcida” para organizarse, porque la lucidez reside en el ciudadano común que tiene acceso a cantidades ilimitadas de información y a recursos de comunicación inéditos. Hoy, desde las redes sociales y otros espacios de Internet, puede organizarse una campaña de recolección de fondos, una manifestación multitudinaria o un cambio drástico en la opinión del público sobre un tema. El éxito de tales iniciativas no depende de expertos en organización y agitación de masas, sino de otros factores como la oportunidad y la justeza de la causa.

Digámoslo de este modo: el poder de la gente común está en continuo crecimiento. Los políticos que quieran cerrar los ojos a esta realidad y pretendan seguir gobernando desde torres de marfil, no pueden esperar otro destino que el de Laura Chinchilla: el divorcio total con la gente, el desprestigio y, en última instancia, la ingobernabilidad.

Ahora y en adelante, la palabra gobernabilidad tiene nuevos sinónimos: respeto por la gente, diálogo, concertación, acuerdos, transparencia.

Este fenómeno, por supuesto, no es exclusivo de nuestra sociedad. La irrupción de las masas anónimas en los asuntos públicos ha dejado estupefacto al mundo; la gente en la calle induce a cambios de políticas, redistribuye presupuestos, ordena prioridades, castiga corrupciones y hasta tumba gobiernos.

En la base de estas inéditas explosiones está el portentoso desarrollo de mecanismos de comunicación social que, por primera vez en la historia, hacen posible una democratización real de la palabra y, consecuentemente, de la acción.

Las sociedades que logren adaptarse rápidamente a este profundo cambio tendrán la oportunidad de construir nuevos modelos de democracia, sistemas verdaderamente plurales, basados más en los criterios de participación y cogestión que en los de representación vertical.

Las que más tarden en adaptarse, posiblemente sufrirán muchas experiencias traumáticas, porque el único recurso que les quedará para mantener los viejos esquemas de poder será aplicar dosis cada vez mayores de represión y autoritarismo.