(Fuerte San Carlos, en la entrada del Lago Cocibolca (Lago de Nicaragua), donde nace el río San Juan. Grabado de la colección de la Campaña Nacional de 1856-57 cedido por el Museo Histórico y Cultural Juan Santamaría para publicar en Informa-Tico.com)

Los pueblos aborígenes siempre han tenido una relación de respeto hacia la naturaleza. La etnia Maleku (Guatuso), que habita en las llanuras del norte de Costa Rica, tiene entre sus dioses al cocodrilo que es considerado el espíritu protector de las aguas del río San Juan. En su honor celebraban fiestas con danzas, cantos y tomaban chicha.

Los viajeros de antaño cuentan que la leyenda indígena maleku decía:

“Un cocodrilo negro llamado Maíqui vigila la tranquilidad de las azules aguas del río San Juan. A quien ose perturbar su paz, cobrará venganza” La leyenda no decía de qué manera el cocodrilo recuperaba la tranquilidad del río, pero con lo que van a saber más adelante, nunca podrán olvidar la leyenda de Maíqui, el espíritu protector del río San Juan.

Este famoso río también fue navegado por piratas ingleses, quienes, guiados por la avaricia, se adentraban por el San Juan, navegaban el Lago de Nicaragua y sembraban el terror a su paso: quemaban, mataban, robaban y, sin temor ni respeto alguno, saqueaban los templos católicos, con una insaciable hambre de riquezas, causando desolación a su paso.

En uno de los tantos saqueos en Granada, un misionero franciscano harto de la violencia y la crueldad para con los pobladores, lanzó una maldición a estos rufianes:

“El malvado pirata que venga a estas tierras a humillar y matar a su gente, no verá riquezas ni gloria”.

El tiempo de los saqueos piratas pasó, pero, años después, llegaron otros enemigos provenientes de la Unión Americana, (hoy Estados Unidos), con peores intenciones: la de esclavizar a estos pueblos.

Esto sucedió cuando Costa Rica tenía un presidente valiente y visionario llamado Juan Rafael Mora Porras, conocido como “don Juanito Mora”. Al enterarse de las intenciones esclavistas de William Walker y sus huestes filibusteras, (piratas modernos), alertó a la población y conformó un ejército de valientes soldados, a quienes lideró para defender el territorio nacional, la libertad, la independencia y la soberanía nacional y centroamericana.

Los invasores llegaron a Nicaragua henchidos de avaricia y muy pronto mostraron sus crueles intenciones, pero nunca imaginaron que el ejército costarricense, unido en un frente común con los ejércitos de los países centroamericanos, los iban a detener, vencer y expulsar de estos territorios.

Después de que el ejército costarricense lograra tres victorias contundentes en Santa Rosa (Guanacaste), Rivas (Nicaragua) y en Sardinal (por el río Sarapiquí), los soldados sufrieron la afectación de una pandemia: el cólera morbus, teniendo que regresar al país para curarse, con el cariño y las atenciones de sus familias.

Doña Inés Aguilar, esposa del presidente Mora, estaba muy angustiada por lo que estaba viviendo el país y, aunque era consciente de los peligros que significaba la presencia de los filibusteros en Nicaragua, pensaba en que Costa Rica ya no podía hacer frente a más gastos de guerra y mucho menos a que murieran más soldados costarricenses, que eran la mano de obra necesaria para mantener activa la producción nacional y el sostén de las familias.

Bordando en la sala de su casa, rodeada de tres de sus hijas, doña Inés interpela muy molesta a don Juanito, su esposo:

- ¡Por amor a Dios Juan, no ves que estamos muy mal! ¡Ni vos ni yo podemos dormir de pensar tanto en el presente de Costa Rica y de sus familias! ¡En vez de volver a la guerra, pongámonos a cultivar la tierra, a levantar nuestra economía y a restablecer la fe y la esperanza pérdidas!

Don Juanito Mora caminaba de un lado para el otro. Juntaba sus manos detrás de su espalda y la escuchaba con mucha atención.

Sentía un profundo amor y respeto por doña Inés y no quería causarle malestar alguno. Con mucho respeto se puso de cuclillas a su lado, le acarició sus manos y su mejilla; y con voz suave, pero firme, le aclaró:

-Inecita no deseo volver a los campos de batalla en el país vecino, pero no hay otra opción para que Costa Rica y Centroamérica recuperen la paz y la libertad seriamente amenazada por estos invasores. ¡Créeme, por favor! ¡No hay otro camino más que el de enfrentarlos y expulsarlos de nuestros territorios!

En medio de llantos y suspiros entrecortados doña Inecita le suplicó: - ¡No resistimos más, esto es un caos, una tragedia! El país estaba creciendo con una economía sólida y había trabajo y comida para todos. Ve lo que nos ha pasado ¡Muchos niños están huérfanos y desamparados, madres viudas y esposas sin hijos! ¡Esto no puede continuar así! -.

Acongojado y sin palabras, don Juanito depositó su cabeza en el regazo de su amada esposa, buscando consuelo a su angustia. Ella tenía razón, pero él tenía que continuar, porque su visión de estadista y su responsabilidad como dirigente del país no le permitían dar marcha atrás.

Valiente y arriesgado, el presidente Mora no pudo atender las suplicas de su amada primera dama y continuó adelante con sus planes. Era empecinado en alcanzar sus propósitos y no descansaría hasta terminar con la pesadilla filibustera en tierras centroamericanas.

Apenas el pueblo y el ejército se recuperaron del flagelo de la epidemia del cólera, el presidente Mora planificó la estrategia para tomar los vapores que navegaban en el río San Juan y que aportaban al enemigo alimentos, soldados, armas y medicamentos. Esta ruta recibía el nombre de la vía del tránsito y tenía que pasar a manos de los costarricenses.

En aquellos años, el presidente Mora ignoraba las leyendas indígenas y las incursiones de piratas que tejieron fabulosas leyendas alrededor del río San Juan. En los corrillos militares, los soldados comentaban que ahí asustaban, aparecían fantasmas y deambulaban espíritus protectores que los indígenas de esta zona invocaban para evitar que seres perversos y mal intencionados navegaran en sus aguas. El presidente Mora hizo caso omiso a estas leyendas y procedió a preparar el ejército para esta arriesgada misión.

El contingente que marchó hacia el río San Juan iba al mando del Mayor Máximo Blanco. Primero caminó junto al río San Carlos y luego utilizó unos rústicos botes para navegarlo hasta alcanzar el río San Juan. Los soldados costarricenses nunca habían navegado por un río tan caudaloso, con lo que estaban perplejos. La amplitud del río los tenía impactados.

Buscaron el campamento enemigo en un sitio llamado La Trinidad, conocido también como Punta Hipp y al día siguiente, durante la mañana, se realizó el combate. En este sobresalió por su coraje y valentía un campesino, motivo de orgullo para los costarricenses, don Nicolás Aguilar Murillo, oriundo de Barba de Heredia, quien luego fue declarado Héroe Nacional.

Después de celebrar esta victoria, por la tarde, 45 soldados costarricenses, al mando del Mayor Blanco, continuaron navegando en cinco botes por el río San Juan hacia la bahía de San Juan del Norte.

Al principio los botes iban lentos porque el río estaba tranquilo y el atardecer presentaba unos celajes con destellos naranjas, rojizos y amarillos incandescentes. Los soldados iban silenciosos, absortos en sus nostálgicos recuerdos familiares y deslumbrados por la majestuosidad del paisaje del bosque húmedo tropical, que rodeaba al río.

La exuberante vegetación estaba cargada de una tupida floresta, conformada por guarumos, ceibas, cedro real, adornada con lapas, monos congos, perezosos, garzas, patos, martín pescador, tortugas de agua dulce, iguanas, garrobos, lagartijas, ranas y, en sus riberas, se podían ver armadillos, venados, zainos y hasta jaguares saboreando sus frescas aguas.

Aquello era un paraíso. En el río abundaban los lirios y la lechuga de agua. Nunca habían visto tanta vegetación junta y pintada con un abanico de colores que iban desde el verde turquesa hasta el amarillo ocre, pasando por tonalidades de verdes azulados, rojos encendidos, naranjas, marrones y corroídos tonos sepia.

El olor era de vientos frescos, cargados de humedad y de los exóticos perfumes que exhala la madre naturaleza. Olía a tierra mojada porque ahí llovía siempre, de manera abundante e intensa. El ritmo de los sonidos emitidos por tanta fauna junta, era ensordecedor.

La escena resultaba cautivadora.

De pronto se armó un pánico colectivo en los botes, cuando un cocodrilo negro comenzó a navegar junto a ellos. El mayor Blanco llamó a la calma y pidió que se quedaran quietos.

Temerosos, continuaron su lenta travesía sin saber que estaban ante la presencia de Maíqui, el cocodrilo negro, protagonista de la leyenda maleku, que los iba protegiendo. Maíqui tomó la delantera y contorneaba su enorme cola de un lado para el otro con elegancia y fuerza incontenible. Los soldados poco a poco se relajaron y murmuraron:

- ¡Entonces era cierto que había un cocodrilo negro en este río!

-Este río está lleno de caimanes y cocodrilos. No sean supersticiosos. Aquí solo vemos la naturaleza en todo su esplendor y cuando los filibusteros se topen con este cocodrilo, saldrán como alma que lleva el diablo -, comentó el mayor Blanco. Los soldados lo escucharon y sonrieron.

- Nadie enfrentará a este peligroso general cinco estrellas con tan feroz dentadura-, agregó el padre Rafael Brenes, capellán del ejército, quien iba tomando notas de todo lo que acontecía en esta peligrosa misión.

Los soldados intercambiaban miradas cuestionadoras. No eran supersticiosos, pero ¿Podría ser verdad la leyenda indígena? La tensión bajó porque Maíqui les dio mucha seguridad y a su lado se sentían poderosos, casi invencibles. Comenzó a anochecer y Maíqui desapareció.

A la mañana siguiente, Maíqui movía su cola alegremente junto a su embarcación, alertando que había llegado la hora de comenzar la acción y tomar los primeros vapores. A las órdenes del Mayor Blanco, los soldados saltaron en tres vapores que no tenían ocupantes y que estaban anclados. De manera sorpresiva lograron apoderarse de otro vapor más. Sin disparar ni una bala ni derramar una gota de sangre los cuatro vapores pasaron a ser del ejército costarricense.

Este contingente de soldados aprovechó su breve estancia en San Juan del Norte para distribuir la invitación que hiciera el presidente Mora a los filibusteros para que abandonaran el país, con lo cual no habría represalia alguna contra ellos. ¡Ya se respiraba la victoria costarricense en el río San Juan! Los filibusteros, indecisos, no partieron al fin.

El grupo de soldados regresó en los vapores por el río y pasaron la Navidad de 1856, comiendo sardinas y tomando coñac.

Maíqui seguía junto a ellos y, como signo de una “particular amistad”, el Mayor Blanco le lanzó unas sardinas al agua, que el cocodrilo, devoró rápidamente.

El padre Rafael Brenes, capellán del ejército, escribía en su diario, pero un día los soldados lo vieron en dos partes diferentes al mismo tiempo. Cuando le preguntaron que por qué estaba en la proa del barco durante la toma de los cuatro vapores, él contestó que estaba a estribor. Todos se quedaron perplejos. ¿Cómo hizo para estar en dos sitios diferentes a la misma hora? ¿Sería el mismo sacerdote o tenía un gemelo en el ejército?

Otro día vieron al padre Brenes vestido de fraile, tocando la campana de un vapor para avisar que venía una embarcación enemiga, pero otros aseguraron que estaba vestido con su tradicional sotana negra, tomando notas a la sombra de un árbol de ceiba. La duda comenzó a atormentarlos ¿Sería posible que entre ellos anduviera un fantasma?

Pero no había tiempo para más conjeturas porque la orden era irrevocable: había que tomar la fortaleza de Castillo Viejo, llamado también Castillo de la Inmaculada Concepción o Castillo de San Juan, que se construyó para defenderse de los ataques piratas.

Se considera que, en esta batalla, el ejército costarricense hizo gala de su hombría, coraje y tenacidad. Resistieron el asedio de 200 filibusteros durante tres días, pero alcanzaron la ansiada victoria y se apoderaron de dos vapores más. La presencia de Maíqui fue determinante porque atemorizaba a los enemigos con su feroz dentadura y apabullantes giros y coleteos, que creaban un gigantesco remolino, provocando la huida de los filibusteros, quienes partieron espantados.

Muy satisfechos por los logros obtenidos, los soldados continuaron navegando hacia el fuerte San Carlos. Este se ubicaba en la salida del río San Juan del lago de Nicaragua. Maíqui siempre iba adelante de los vapores y su presencia transmitía pavor y angustia a los enemigos.

 Hubo fuertes enfrentamientos y se pidieron refuerzos porque eran muchos filibusteros y pocos soldados costarricenses. Gracias a un inteligente y efectivo plan militar, la fortaleza fue tomada por sorpresa la noche del 30 de diciembre de 1856, dejando varios soldados costarricenses muertos.

El 1 de enero de 1857, arribó al fuerte el vapor “Virgen”, capitaneado por el general José Joaquín Mora Porras, quien les presentó el plan para apoderarse del vapor “San Carlos”, el más grande y el único que quedaba en manos de los filibusteros. Después de ejecutar el plan previsto, se engañó a los filibusteros y se vieron obligados a rendirse.

Con mucha valentía e inteligencia se realizó la toma de los vapores y los fuertes del río San Juan, una gloriosa gesta que demuestra el alto nivel de profesionalismo militar, de inventiva y coraje que tenía el ejército costarricense.

 

Los filibusteros prisioneros estaban en un pequeño muelle esperando que los recogieran; de pronto, se quedaron inmóviles, llenos de pánico, al presenciar el mágico poder de Maíqui, que luego de contornear su larga cola, provocó un estrepitoso remolino y se irguió del agua, imponiendo su majestuosidad y su fuerza en un gigantesco salto.

De su garganta salió un rugido salvaje que puso los pelos de punta a quienes, temblando de miedo, eran testigos del poder de este ser mágico. Por breves segundos nadó con arrogancia y poder, creando una ola gigantesca que arrolló al grupo de filibusteros, los cuales se hundieron en las aguas del San Juan, para nunca más salir de estas.

Los soldados costarricenses se quedaron mudos al ver la demostración incuestionable del poder mágico de Maíqui y la forma inesperada en que cobró su venganza. La leyenda maleku había tomado vida con Maíqui, el poderoso cocodrilo negro, que devolvió al río San Juan, la paz de sus azules aguas”.

A partir de ese momento, William Walker y sus soldados empezaron a perder combates y dominio en las zonas ocupadas. El 1° de mayo de 1857, llegó el momento esperado: los invasores presentaron su rendición y se marcharon.

Quienes presenciaron la capitulación de Walker, lo vieron con la mirada perdida y sin dar muestras de arrepentimiento. De pronto, un fraile franciscano se abrió paso entre la soldadesca, quien, con un caminar lento, llegó hasta donde estaba Walker, levantó un crucifijo en su mano derecha y sentenció a Walker: “El malvado pirata que venga a estas tierras a humillar y matar a su gente, no verá riquezas ni gloria”.

Todos se quedaron atónitos. ¡No podían creerlo, pero es que los filibusteros eran piratas! El fraile misionero dio media vuelta, se alejó despacio y comenzó a elevarse. Levitó hasta perderse en el horizonte, bañado por tintineantes y luminosas gotas de agua, provocadas por el revoloteo de una enorme nube de mariposas morfo.

El mayor Blanco y los soldados estaban alucinados. Cuando pudieron gesticular, aseguraron que era el mismo fraile que los había acompañado en la toma de los vapores y que lo confundieron con el padre Brenes.

 

ACTIVIDACES DIDÁCTICAS

- Busca en el diccionario o en Internet el vocabulario desconocido.

- Ubica, con ayuda de un mapa de Centroamérica, el río San Juan, los puertos San Juan del Norte, San Juan del Sur, la ciudad de Granada, el Lago de Nicaragua y Costa Rica.

- Elabora un paisaje pintura, collage o afiche del río San Juan y lo ilustras con fotos, dibujos e imágenes de las especies de la fauna y de la flora que se mencionan en el cuento.

- Plasma en un dibujo, collage o afiche, las leyendas que contiene este cuento, y lo expones en tu habitación o en una pared de tu aula.

- Escribe una dramatización del momento en que doña Inés expresa a su esposo don Juanito Mora sus temores por la guerra y sus fatales consecuencias.

- Investiga lo que establece el tratado de límites Cañas-Jerez con respecto a los derechos que tiene Costa Rica en el río San Juan y lo expones ante el grupo o ante tu familia.

- Investiga en Internet dónde se ubica la etnia Maleku (Guatuso) y las actividades que realizan en la actualidad estos indígenas en sus palenques.

- Investiga sobre las leyendas costarricenses y compártelas con tu familia o con tu grupo.

- En una mesa redonda analicen los problemas que enfrenta Costa Rica en su frontera norte, en tiempos de la pandemia del COVID-19. 

(* Escritora, miembro de la Academia Morista de Costa Rica)

Libro Cuentos y Relatos sobre la Campaña Nacional de 1856.