El ex presidente del gobierno español Adolfo Suárez, el líder que dirigió la transición a la democracia después del franquismo, falleció ayer en Madrid, a los 81 años, tras dos días de agonía, en los que todos los sectores políticos y sociales del país expresaron su reconocimiento. Suárez había sido internado en una clínica de Madrid el lunes pasado por problemas respiratorios, pero fue su avanzado cuadro de Alzheimer lo que llevó a su hijo mayor, Adolfo Suárez Illana, a anunciar el viernes pasado al país que la muerte de su padre era inminente. Desde entonces, la clase política y la sociedad española recordaron el rol central que jugó Suárez durante los primeros años de la vuelta de la democracia, entre 1976 y 1981. El histórico dirigente español no fue elegido por el rey Juan Carlos en 1976 para liderar la vuelta a la democracia por su lucha contra el franquismo, sino por todo lo contrario. Aquel apuesto joven de Cebreros, una ciudad en el centro del país, había escalado políticamente desde adentro del corazón franquista desde los años ‘60. Del cargo de gobernador civil de la provincia de Segovia en 1968 ascendió rápidamente a la dirección del multimedio estatal, RTVE, y en 1975 formó parte del primer gobierno de la monarquía tras la muerte de Franco, como ministro secretario general del Movimiento, bajo la presidencia de Carlos Arias Navarro.

El diario español Público, de tendencia progresista, recordaba ayer que Suárez “nunca fue un fundamentalista del sistema (franquista) ni proclive a escrúpulos ideológicos”. Si lo defendió, agregó el matutino, “fue porque no había otra cosa con la que hacer carrera política”. Prueba de ello es que cuando el rey le encomendó la presidencia del gobierno, en 1976, tras la renuncia de Arias Navarro, Suárez proclamó: “España está saliendo de la larga y triste vicisitud de la dictadura”.

Para sorpresa de muchos de sus ex compañeros y aliados en las filas del franquismo, el nuevo líder del gobierno español se lanzó a desmontar algunos de los pilares de la estructura institucional construida por la dictadura franquista en las cuatro décadas anteriores. En su primer año en el poder y antes de ser ratificado por las urnas, Suárez había declarado una amnistía para todos los delitos políticos, sacando de la clandestinidad y permitiendo la vuelta de miles de republicanos; había aprobado una ley para la Reforma Política, que ponía fin a las Cortes franquistas, y había legalizado al Partido Comunista Español (PCE) y a los sindicatos.

Con el apoyo de la mayoría de los votos, el jefe del gobierno fue aún más lejos y cumplió con su promesa de redactar una nueva Constitución junto con todas las fuerzas políticas electas. En 1978, los españoles aprobaron en referendo la Carta Magna que aún rige en España. Las reformas de Suárez le valieron la enemistad de los sectores franquistas, inclusive de gran parte de su propio partido, y, al mismo tiempo, permitieron el crecimiento del PCE y el Partido Socialista Español (PSOE) entre los votantes.

Atacado por derecha, presionado por izquierda y abandonado por la Casa Real, Suárez finalmente se vio obligado a renunciar. “Soy un hombre completamente desprestigiado”, confesó meses antes a una periodista del diario conservador ABC en una entrevista que fue censurada por el propio equipo del entonces presidente y que se conoció recién muchos años después. Fiel a la convicción democrática que había demostrado desde que asumió la presidencia del gobierno, Suárez anunció su renuncia a principios de 1981.

“Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España”, explicó a la nación. Sus temores no eran infundados. Un mes después, cuando el Parlamento español se disponía a elegir a su sucesor, un grupo de guardias civiles armados, liderados por el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero asaltó el Congreso en un intento de golpe de Estado, que finalmente fracasó. El ataque fue conocido como el Tejerazo y no modificó la salida de Suárez, pero sí confirmó el compromiso del líder con el futuro democrático del país.

Mientras casi todos los diputados se echaron al suelo no bien entraron los hombres de Tejero, las cámaras que televisaban la votación del nuevo jefe de gobierno mostraron cómo Suárez se negó a dejar su silla de presidente y su valentía inspiró a algunos de sus compañeros a hacer lo mismo. Una vez que los golpistas apagaron las cámaras, Suárez fue sacado del hemiciclo y llevado a una habitación aparte. Recién fue liberado cuando el rey intervino por televisión para condenar el intento de golpe de Estado, lo que terminó de aislar a los sectores rebeldes.

Una vez fuera del gobierno, el dirigente creó un nuevo partido, ganó una banca en Diputados e intentó proyectarse al exterior. Sin embargo, el avance de su enfermedad, Alzheimer, lo obligó a dejar la política y eventualmente la escena pública. La última vez que se lo vio fue en 2003, en un acto de campaña de su hijo, Adolfo Suárez Illana, quien se presentó para la presidencia del gobierno regional de Castilla-La Mancha por el Partido Popular. Sin embargo, la imagen que los españoles recordaron hoy fue la de un Suárez que, pese a dejar el gobierno aislado y debilitado, fue uno de los pocos políticos que se negaron a tirarse al suelo y resistió al Tejerazo desde la banca que había ganado en las urnas.

Más de tres décadas después, todas las fuerzas políticas y hasta el propio rey Juan Carlos reivindicaron su aporte a la transición democrática y su sacrificio personal. “Mi gratitud es honda y permanente y mi dolor es grande”, dijo el monarca, que definió al ex mandatario como un hombre que puso por delante de los intereses personales y de partido el del conjunto de la nación española. A lo largo de la tarde, el presidente del gobierno, Mariano Rajoy; su antecesor y correligionario, José María Aznar; el líder de la oposición, el socialista Alfredo Pérez Rubalcaba, y otros referentes de la política española desfilaron por la clínica Centro, donde falleció el ex mandatario.

Antes de presentar sus condolencias, Rajoy habló desde el Palacio de La Moncloa y reivindicó la figura de Suárez como “el punto de encuentro para la reconciliación de los españoles”. Un recuerdo similar destacó el Partido Socialista Español (PSOE). “Supo unir a quienes desde posiciones políticas distintas compartían con él un compromiso por la libertad y la firme voluntad de construir una España en la que cupiéramos todos”, celebró Rubalcaba. En honor a su trayectoria política, Rajoy decretó tres días de luto oficial, que empezarán hoy, en los que las banderas de los edificios institucionales ondearán a media asta.

Mientras la familia del ex presidente veló anoche en privado el cuerpo en una sala de la clínica donde falleció, hoy los restos serán llevados al Congreso de los Diputados, donde permanecerá durante 24 horas para que pueda recibir el homenaje de los ciudadanos. Los reyes, los príncipes y la infanta Elena ya anunciaron que acudirán hoy a la capilla ardiente, después de la apertura de las puertas, a las 10 de la mañana. Después de la capilla ardiente en el Parlamento, los restos de Suárez serán enterrados mañana en la catedral de Ávila, provincia limítrofe con Madrid, en el municipio de Cebreros, de donde era originario.