Una joven estudiante me increpó diciendo que los personajes femeninos de mi novela eran “estereotipos” de la mujer en una sociedad patriarcal, mujeres sumisas y dominadas por tiranos machistas. Con todo respeto, le respondí que lamentaba que el escenario de la historia no fuera Estocolmo o Ginebra, sino un pequeño pueblo del departamento hondureño de Olancho, donde en aquel momento (a finales del siglo XX) aún no había luz eléctrica y los hombres caminaban por las calles cargando una pistola al cinto. En esa sociedad, le expliqué, no encontré mujeres universitarias determinadas a cambiar el mundo.

Los escritores tenemos esa mala costumbre de construir ficciones a partir de la realidad tal cual, con toda su cotidiana impertinencia, a diferencia de los políticos que construyen realidades a partir de las ficciones que habitan en sus cabezas.

Creo que en la joven de marras hablaba su inmadurez, pues hay una etapa en la vida –cuando empezamos a incorporar conceptos y a adoptar posiciones- en que construimos un muro de intolerancia para ocultar nuestra falta de información y solidez intelectual. Eso, en la mayoría de los casos, se cura con el tiempo. Pero lo importante es que la estudiante pudo ejercer su crítica con libertad y de ese ejercicio todos aprendimos algo.

El caso de las diputadas Epsy Campbell y Maureen Clark (PAC y PLN, respectivamente) que la emprendieron contra la obra Cocorí, del escritor costarricense Joaquín Gutiérrez, es otra historia. Su intención no es ejercer la crítica sino la censura.

En primera instancia, presionaron al ministerio de Cultura para que retirara el financiamiento al concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional inspirado en Cocorí, por considerar racista el contenido de la obra. Al mismo tiempo, presentaron un recurso de amparo contra el Ministerio de Educación para obligarlo a retirar el libro de la lista de textos escolares.

El tema de la semana es el racismo y las protagonistas dos diputadas negras. La próxima semana el tema podrían ponerlo las feministas demandando la aniquilación de cualquier obra que refleje estereotipos machistas. Y la siguiente los católicos, que exijan la prohibición de literatura atea o libertina.

Ante esta ocurrencia diputadil, nos hemos puesto a pensar si no será conveniente también proscribir “El tambor de hojalata” por reproducir estereotipos ofensivos para los enanos; o “El jorobado de Notre Dame” por caricaturizar a las personas con escoliosis; o “El reino de este mundo” por atribuir a los esclavos negros un pensamiento mágico primitivo. ¿Y por qué no, ya que estamos en esto, suprimir la obra de Oscar Wilde por constituir una apología de las relaciones entre personas del mismo sexo?

Así sumaríamos muchas y muchas obras de la literatura universal, suficientes para hacer una gigantesca montaña de papel, que eventualmente rociaríamos con gasolina para prenderle fuego. El fuego limpia el pecado y para los autores de esta santa piromanía, seguramente habrá una abundante cosecha de votos en las próximas elecciones.

Ojalá la Sala Cuarta no acuerpe esta nueva tentación totalitaria y confirme el derecho que tenemos todos los costarricenses -estudiantes o no-, de leer a nuestros autores y a los ajenos sin censura , juzgar y discutir abiertamente lo que las obras puedan tener de bueno o de malo. Eso se llama libertad de pensamiento. Lo demás da miedo.