Me obligo a una aclaración de partida: Por su naturaleza y por sus gigantescos aportes históricos (muchos de ellos a costa de derramar sangre y de perder la vida), creo y apoyo el sindicalismo como movimiento social y como derecho asociativo de las personas trabajadoras.

Por otro lado, creo que la violación del derecho al salario es un asunto grave y debe ser solventado apelando a todas las soluciones posibles, con la mayor voluntad del caso (que no pongo en duda respecto al actual gobierno); la ciudadanía, las organizaciones magisteriales, tienen todo el derecho de demandar y de vigilar que se supere este bache de incumplimientos. Eso sí, esto no es un “cheque en blanco” que permita suponer que cualquier forma de plantear esa demanda es aceptable per se, no importa en qué coyuntura, en qué tiempo ni en qué momento del proceso de lucha y negociación.

Dicho esto, debo decir que tengo algunas preguntas, luego de leer, escuchar, revisar antecedentes y reflexionar sobre estos acontecimientos.

El primer asunto que me llama la atención es que en el mes de abril, los sindicatos tienen ya una alerta encendida desde las bases, sobre un problema grave con el nuevo sistemas de pagos, que comportaba atrasos de por los menos dos meses, para varios de las y los educadores. Es un momento crítico: los responsables políticos de la situación están a punto de irse; se venía una transición significativa; cambio de partido en el gobierno, nuevo responsables políticos, una transición que de ordinario toma varios días, dada la complejidad del Estado y de un “mega ministerio” como el MEP; no iba a haber continuidades como sí las hubo en el cambio de mandato del 2010 (tanto como que Garnier seguía de ministro)

Cualquiera podía calcular la amenaza, ante la afectación salarial grave que se estaba dando, de dejar irse para la casa a los responsables políticos de la situación y cargar el proceso a unas autoridades nóveles que, por más que hubieran tratado de enterarse de previo, iban a tener que hacer una inevitable curva de ubicación, de información, de aprendizaje, de diseño de soluciones, difícilmente transitable en 5 días de gobierno.

Pero la dirigencia sindical tuvo un proceder, cuya decisión de fondo debe ser objeto de discusión: se reúnen por primera vez con las autoridades del MEP hasta el 23 de abril; son reuniones sin presión en las calles, sin mayor interpelación a la opinión pública, dándole al ministro Garnier y a sus corresponsables políticos, la prerrogativa de sesiones privadas sin ventilar significativamente el asunto ante la opinión pública, sin escalar presiones relevantes. Sí, al ministro Garnier, el principal responsable político del entuerto de las remuneraciones, con su experiencia de ocho años de gestión (éste sí que no tenía que hacer ninguna curva de aprendizaje), el ministro de un gobierno que tuvo el tiempo requerido para hacer las cosas bien en este cambio de sistemas de remuneraciones.

La primera acción de presión significativa fue hasta el 5 de mayo: la problemática grave que afectaba a sus agremiados, ¿no merecía mayor prontitud y capacidad de reacción por parte de la dirigencia? Para entonces, a dos días de cesar funciones, Garnier simplemente preparaba las maletas para irse lejos del huracán político y social que había engendrado su gestión. ¿Cuál es la razón estratégica y política de este proceder de la dirigencia magisterial? ¿Por qué no se atenazó con más inmediatez y fuerza política al ministro que estaba a punto de abandonar un barco con las alertas encendidas?

Asumen las nuevas autoridades; el ritmo, los tiempos, el lenguaje las estrategias de la dirigencia sindical cambian notablemente. Ya no se dan los días de respiro que se otorgaron al responsable político, que ya se les fue de las manos. En menos de 10 días (no en un mes, como en abril), hay una huelga general del magisterio, pretendiendo rápidamente convertirse en una huelga nacional, con otros sectores involucrados. Discursos altisonantes, alta reactividad ante las voces del gobierno, manifestaciones en las calles, cuestionamiento reiterado, exposición mediática, etc. Es como si Garnier, el responsable político, fuera un mutante reencarnado en la persona de la nueva ministra y del nuevo presidente. ¿Por qué este cambio de talante, de actitud, de ritmo, de estrategia con el cambio de autoridades? ¿Por qué las prerrogativas de tiempo a Garnier, en contraste con el inmediato acorralamiento de unas nuevas autoridades que ni siquiera habían tenido respiro para acomodar el escritorio?

¿Es descabellado pensar que, hasta por criterio de racionalidad, se pudo mantener un nivel de intensidad de presión menor (sin abandonarlo totalmente, por supuesto), durante un tiempo corto pero razonable para que el nuevo gobierno pudiera proceder, resolver y demostrar si realmente tenía voluntad política, siendo ellos actores ajenos al origen del problema?

¿Era ineludible la escalada inmediata de las presiones, la misma que no se hizo desde la primera alerta de las bases? Yo no recuerdo un recibimiento similar, bajo tales presiones, a un gobierno, en la historia reciente.

¿Cuál es el trasfondo político de este giro notable? ¿Qué otros objetivos políticos se están articulando a la demanda legítima del pago debido a ese 20% del magisterio afectado por el sistema de remuneraciones?

Esta no es una pregunta capciosa, no se trata de acudir a las simplificaciones de una teoría de la conspiración; se trata más bien de ampliar el análisis de hechos que suelen tener muchas y complejas aristas. Por lo demás, el sindicalismo es un movimiento con un fuerte cariz político y es comprensible que lo sea, de modo que no es un acto de suspicacia extrema suponer que un movimiento político articule otros objetivos estratégicos a una acción, sobre todo cuando tiene como punta de lanza una reivindicación con alto grado de legitimidad. En la” realidad del mundo real”, esto es esperable, y precisamente porque lo es, no puede obviarse ni desconocerse en el análisis.

Soy más directo (hipótesis posibles incluidas en las preguntas, me doy esa licencia metodológica): ¿hay un afán de demostración de fuerza de la dirigencia sindical magisterial, un intento de golpear la mesa y marcarle el territorio a un gobierno de un partido que no ha gobernado antes, y con el cual no hay, por ende, una experiencia previa de tensión, forcejeo y negociación?

¿Pretende la dirigencia magisterial ganar la prerrogativa de ser el primer movimiento sindical que pone en jaque a un gobierno de un partido no tradicional, y con ello apuntalar posiciones en el tablero del sindicalismo costarricense, atravesado de tensiones, competencias no siempre leales y dificultades de articulación, como reconocen voces internas de dicho movimiento?

Y una pregunta más en el filo de la navaja: ¿Qué tanto persiste hoy en la dirigencia de los principales sindicatos magisteriales una afiliación político partidaria que los coloca, como tendencia, muy cerca del PLN y que ha llevado en el pasado a relaciones y negociaciones más flexibles, por no decir obsequiosas, con los gobiernos de dicho partido, como cuando se dio la reforma desventajosa (para las y los educadores) del régimen de pensiones del magisterio, durante la administración Figueres Olsen?

Me atrevo a la pregunta, porque yo mismo viví esa coyuntura de la reforma de las pensiones magisteriales; porque he leído investigaciones sociales publicadas que documentan esta proximidad partidaria que menciono; porque he conocido declaraciones en este sentido, procedentes del propio sindicalismo costarricense y del propio magisterio nacional.

Ninguna de estas preguntas es un cuestionamiento a la causa absolutamente legítima, urgente, acuciante de demandar que se superen cuanto antes las falencias en el pago a las y los educadores afectados en este derecho fundamental; son preguntas sobre la estrategia de demanda seguida y sus virajes. Causa y estrategia están vinculadas, pero no deben identificarse, ni mucho menos confundirse la una con la otra. No hay ningún designio meta histórico que determine que el camino que está siguiendo la dirigencia sindical del magisterio, es necesariamente el único posible; son decisiones, y sobre las decisiones siempre caben las preguntas.

Ya lo dice la sabiduría popular: “lo cortés, no quita lo valiente”.