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Las autoridades católicas han visto de inmediato la intención, confirmada por el propio diputado, de atentar contra del sigilo sacramental, es decir, aniquilar el secreto que debe guardar todo presbítero católico acerca de lo que haya conocido en el ejercicio del Sacramento del perdón (prefiero esta expresión a la del Código de Derecho Canónico: Sacramento de la penitencia).

No voy aquí a repetir lo ya manifestado por funcionarios de la Iglesia Católica, con quienes coincido plenamente en esta ocasión. Lo que deseo es expresar las razones por las que existe el sigilo sacramental.

La más obvia, pero no la más importante –desde el punto de vista de la fe- es la de proteger la intimidad de la conciencia del penitente, depositada en el confesor. Nótese que el fiel se confía con toda libertad al presbítero, sin que deba mediar ninguna exigencia ni apremio.

Por ese motivo, obligar a un presbítero a revelar lo que ha escuchado en confesión violenta a la vez al ministro y al penitente.

La razón menos obvia del sigilo sacramental, pero la más importante, radica en que el secreto hace posible la confesión como un “espacio” donde actúa la gracia de Dios. Solo el sigilo permite al fiel abrir su interior, conocerse a sí mismo por lo que hace y deja de hacer. No debe haber más de tres personas: el penitente, el presbítero y Dios, presente por medio del ministro de la Iglesia. El presbítero es necesario porque todos tendemos al autoengaño; hablar con otra persona disminuye tan humana y comprensible inclinación.

Cualquier posible interferencia ajena en la ceremonia sacramental, presente o futura, estropea ese encuentro único de liberación. Ahí se recibe el siempre inmerecido perdón. Aunque algunas teologías del sacramento tienden a subrayar el carácter de juez que puede desempeñar el confesor, debe prevalecer la gratuidad de ese Dios desconcertante que anunció Jesús de Nazaret, para quien las prostitutas nos preceden en el Reino de los cielos (Mateo 21,31); para el cual hay más alegría por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse (Lucas 15,7).

La posible intromisión de la justicia humana con la divina arruina la esencia misma de este sacramento que, en el fondo es muy gozoso. La alegría del penitente al experimentar la gratuidad de Dios no tiene precio ni comparación. ¡Cuántas veces he visto lágrimas de gozo mientras doy la absolución! El fiel se sabe perdonado de la única manera posible: la gratuita e incondicional. Que la justicia humana –tantas veces equívoca- actúe por su cuenta.