Las entrevisté en sus lugares de trabajo, pero también en la intimidad de sus casas de madera y puertas abiertas.

Recuerdo la serenidad y militancia férrea, en defensa de los de abajo, de doña Luisa González. Tenía una gran biblioteca, en su casa en Barrio México. Al terminar la visita o entrevista, te regalaba un libro, una revista o un periódico tamaño tabloide que, bajo el brazo, se asemejaba a un pan fresco que vas comiendo de regreso a tu casa.

El verbo y la voz, tan fuertes, de Virginia Grütter. Ella fue un vendaval de justicia andante. Igual su poesía, arrasadora.

O la pequeña y menudita gran gigante de las artes plásticas, las letras y el canto vivo, doña Emilia Prieto.

Con ella escuché, por primera vez, las palabras: machismo, conciencia, vanguardia, pueblo, discriminación, injusticia, desigualdad. Vivió un tiempo muy cerca de la U (Universidad de Costa Rica) y doña Irma Prego la acompañó las veces que la pude visitar.

También tuve el honor de tener de profesora de la carrera (Escuela de Ciencias de la Comunicación Colectiva), mentora y señora cercana, a doña Carmen Naranjo.

Fue en un curso de verano, terminando Generales, que topé de frente con esta gran embajadora de Costa Rica, país que, a mis 17 años, empezaba a querer profundamente por su historia.

De ella guardo muchísimos recuerdos, principalmente en su paso por el Museo de Arte Costarricense, el Ministerio de Cultura, sus artículos y como profe en la U.

O la tan admirada y sencilla Mireya Barboza, que siendo bailarina y coreógrafa nos condujo a celebrar, desde la escena, la grandeza imponente del Caribe.

También, a la honorable Manuela Tattenbach Yglesias que desde el ICECU llevó los saberes de nuestra tierra por todo el continente.

Ayer se movió fuerte el país, mientras se defendía y se brindaba desde las curules la acogida a estas grandes de las letras, la ciencia, la salud pública, las artes y la política.

Somos producto y parte de esta gran Patria que nadie podrá manchar!