Se refiere a la necesidad de que una serie de países (las potencias grandes o medianas) como Europa, Japón, los BRICS, etc., se pongan por fin los pantalones largos y asuman sus responsabilidades en materia de seguridad ciudadana, derecho humanitario y derechos humanos en el planeta que nos tocará vivir en las próximas décadas por medio de la reestructuración de la ONU, un Consejo de Seguridad (sin vetos), casos azules efectivos u algún otro mecanismo por definir.

Porque una cosa ha dejado clara esta crisis de Siria. Los EEUU ya no podrá ser más en el futuro el “policía mundial” autoproclamado y polémico que antes fue, en algunos casos para bien (la II Guerra Mundial contra Hitler y el caso bosnio); en otros casos para mal, o muy mal (Vietnam, Irak etc.). Y este cambio se ha dado--más que por presión de la opinión pública externa o mundial—por una transformación interna en la mentalidad estadounidense. Se trata de un pueblo harto de guerras, que eligió a Obama, entre otras razones, para alejarse de ellas y que está consciente de que, saliendo de una crisis económica, con millones de ciudadanos que perdieron sus empleos, no tiene sentido que siga siendo el gendarme mundial. Sobre todo con China y los BRICS en ascenso y pisándoles los talones. Tanto ciudadanos demócratas como republicanos piensan de esa manera, como refiere Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford y director del sitio www.freespeechdebate.com

Una reciente encuesta de The New York Times-CBS indica que el 75% de los estadounidenses piensa que el gobierno de Al Assad sí ha tirado armas químicas a su población (lo confirmó con posterioridad a la encuesta la visita de expertos independientes de la ONU). Sin embargo, la gran mayoría del pueblo de los EEUU piensa que el gobierno de Obama no tiene que intervenir unilateralmente en Siria y que, en los años venideros, la única solución en ese y en cualquier otro país tendrá que ser multilateral. Se percibe que este cambio en la sociedad estadounidense durará bastante: aparte de los lejanos recuerdos de Indochina y Vietnam, la más reciente herencia de Irak y Afganistán, el costo económico que ello supuso para los EEUU y la convicción de que esas complejas partes del mundo están peor que hace 10 años y que, para colmo de males, son presa de un antinorteamericanismo que costará años sanar, hace que el pueblo estadounidense vaya a apostar en los próximos años por encerrarse en casa. ¿Por qué si los chinos o los japoneses sólo se dedican a hacer negocios y a tratar de superarnos, nosotros tenemos que ser el gendarme del mundo con nuestros propios recursos?

El conflicto sirio se resolverá en las próximas semanas en forma paradójica. Putin le puso en bandeja la solución a Obama, no por puro altruismo ni porque el antiguo jefe de la KGB, que masacró Chechenia en su día, sea un gran abanderado de los derechos humanos (como ha empezado a corear la izquierda nostálgica soviética en América Latina y en otros lugares del mundo), sino por una razón práctica y fría. Rusia estaba en peligro de perder una de sus bases militares más importantes en esa región. Una intervención con drones de los EEUU y Francia hubiese generado daño a ese destacamento militar. Sin embargo, esta negociación resolverá el problema inmediato, pero no el conflicto de largo plazo en ese país, ni la compleja bomba de tiempo en una región del mundo que tiene varios incendios ideológicos, religiosos y antropológicos.

Por eso, la gran pregunta es otra. ¿Está el planeta preparado para construir, mediante la ONU, instrumentos multilaterales y un verdadero orden de respeto del derecho humanitario y los derechos humanos, ahora que los EEUU tendrá un papel distinto en las próximas décadas? ¿Podrá por fin crearse el escenario del Tratado de la Paz Perpetua que visionó Kant en su lejano siglo XVIII?