Los cambios son considerables. Como en todo, siempre habrá controversia entre los nostálgicos aferrados a la versión original y quienes aplaudan esta audaz iniciativa.

Solo un ejemplo pequeño de los notables cambios que contiene esta nueva versión. En su primer párrafo, recitado de memoria aun por aquellos que nunca lo han leído, se conservan las doce primeras palabras. Quedan tal como las escribió Cervantes: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”. Es como el frontispicio que no fue sometido a modificaciones por más restauraciones a que se someta el edificio. A partir de allí surgen los cambios.

“…No ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto de ella concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflas de lo mismo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de los más fino” (Alfaguara, 2005, pp 27-28).

La versión traducida: “…Vivía no hace mucho un hidalgo de los de lanza ya olvidada, escudo antiguo, rocín flaco y galgo corredor. Consumían las tres partes de su hacienda una olla con algo más de vaca que carnero, ropa vieja casi todas las noches, huevos con torreznos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos. El resto de ella lo concluían un sayo de velarte negro y, para las fiestas, calzas de terciopelo con sus pantuflas a juego, honrándose entre semana con un traje pardo de lo más fino” (Ediciones Destino, 2015, p. 39).

La edición de Alfaguara, conmemorativa del IV Centenario de la publicación de su primera parte, tiene 1249 páginas, aparte de los artículos de especialistas, introductorios de la obra. La adaptación de Trapiello tiene 1031 páginas, incluida una corta y elogiosa presentación de Mario Vargas Llosa (menos de dos páginas), y “Algunas razones” (ocho páginas), en las que el traductor explica las motivaciones que lo llevaron a emprender esta ardua tarea.

“En la versión de Trapiello la obra de Cervantes se ha rejuvenecido y actualizado (.) poniéndose al alcance de muchos lectores a los que el esfuerzo de consultar las eruditas notas a pie de página o los vocabularios antiguos disuadía de leer la novela de Cervantes de principio a fin. Ahora podrán hacerlo, disfrutar de ella y, acaso, sentirse incitados a enfrentarse, con mejores armas intelectuales, al texto original,” apunta el escritor peruano.

El traductor, por su parte, señala que gran parte de los lectores hispanohablantes, a diferencia de los de cualquier otra lengua a la que esté traducida la novela, no han podido leer el Quijote, pues han estado “obligados a hacerlo en un castellano del siglo XVII que ni hablamos ni a menudo entendemos”.

Siempre se ha hablado de la fidelidad que suponen las traducciones, en este caso novedoso, a un mismo idioma, versiones solo separadas por la evolución del castellano a través de los siglos. ¿Cómo respetar ciertos giros y connotaciones sutiles que tiene cada idioma, que le dan identidad, y que son definitivamente difíciles de trasladar a otra lengua, por muy erudito que sea el traductor? ¿Se perderá algo de su esencia, de su “valor natural”, como lo señala el mismo Cervantes? El mismo autor del Quijote parece llamar la atención.

En el capítulo VI de la primera parte, se plantea la cuestión de la traducción, cuando están valorando los libros que deben desaparecer y los que se deben salvar de la biblioteca del personaje. El cura, Pero Pérez, amigo de don Quijote, es quien plantea la situación. “Y aquí tendríamos que perdonar a cierto capitán por traerlo a España (un libro) y traducirlo al castellano, que le quitó lo mucho de su natural valor, y lo mismo harán todos aquellos que quieran verter a otra lengua los libros de verso; que por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que tienen ellos en su nacimiento” (Destino, p. 68).

Lo siento por Cervantes y por los académicos, que posiblemente no verán con buenos ojos esta nueva versión del Quijote. Controversia aparte, pienso que, como dice Vargas Llosa, esta nueva versión supone el refrescamiento de una obra universal, que nunca perderá vigencia para sus lectores. Ahora estará más cerca de los lectores de este nuevo milenio, agitado por los avances tecnológicos. Esta traducción supone, eso sí, una lectura más fresca, ágil y amena, sin que se pierda el ingenio, el humor, la filosofía y la vitalidad de la novela.