Vivía en Luisiana y era repartidor de periódicos. Estos publicaban noticias de lo bien que le iba a un tal William Walker en sus conquistas de nuevos territorios tropicales.

Al principio había desconfianza con este personaje, porque sus anteriores aventuras habían sido un total fracaso pero años después se convirtió en un símbolo de éxito, en tierras lejanas y exóticas.

Se publicó un anuncio en donde se invitaba a formar parte del grupo destinado a colonizar la zona conocida como la Mosquitia, en la costa atlántica de Nicaragua.

Hombres solos como yo y numerosas familias, sentimos el llamado de un glorioso destino y nos atrevimos a dejar nuestro país, por el sueño de iniciar una vida nueva.

Ilusionado me recluté con un grupo de frebotter -filibusteros en español. Pregunté el por qué se llamaban así.

Me contestaron que así se les denominó a los piratas del siglo VXII en el Mar Caribe y que eran sus antepasados. Al igual que lo hicieron los antecesores, nosotros, filibusteros de mitad del siglo XIX (1850), vendríamos a Centroamérica en busca de tesoros y de mejores oportunidades.

Eso de ser pirata, aventurero y ambicioso, buscador de riquezas y gloria no me interesó pero sí me atraía el ofrecimiento de tierras, formar una familia con muchos chacalines, así les decían en Rivas a los babys y vivir como un hacendado, al mejor estilo de los acaudalados algodoneros de los estados del sur de Estados Unidos.

Lástima que Margaret ya no estaría a mi lado para hacer realidad nuestros sueños en tierras tropicales.

Conforme fui conociendo al grupo de soldados al mando de William Walker supe que realmente éramos un ejército privado, colmado de hombres provenientes de distintos lugares como Cuba, Francia, Alemania, los Estados del sur de Norteamérica y de otras latitudes.

Empuñaríamos las armas para establecer la esclavitud en estos países. Me asusté porque esto no formaba parte de mis planes al venir, por voluntad propia, a Centroamérica, pero ya era “very late”-muy tarde-, para cambiar mi decisión.

Un 4 de marzo de 1856 llegué a Nicaragua, en uno de los vapores de la compañía Accesoria del Tránsito.

Traía un pequeño maletín de cuero con las cartas de amor que intercambié con Margaret, dos fotografías suyas y tres mudadas. Nos ofrecieron que, apenas nos alistáramos como parte del ejército liderado por Walker y sus hombres, nos darían hospedaje, uniforme, comida, ropa, calzado y salario. De la noche a la mañana me convertí en un seguidor de Walker y en un defensor de sus ideas esclavistas para estos cálidos y lluviosos países. De la noche a la mañana me hice filibustero.

Nuestro lema era “Five or none”, las cinco repúblicas o ninguna y este encabezaba todas las gestiones de esta falange. Dejaba entrever que ningún filibustero se regresaría al norte sin haber hecho realidad sus sueños de conquista y de ganarse una extensa propiedad y una buena suma de dinero.

A los pocos días logré darme cuenta que formaría parte de un grupo de soldados pagados para pacificar el conflicto entre liberales y conservadores, quienes tenían una desgastada guerra civil en Nicaragua y luego establecer la esclavitud en toda la región, con la ayuda de mano de obra negra, proveniente de países caribeños y de los estados sureños.

Five or none, five or none, decíamos al unísono y en voz alta cuando Walker nos reunía. Él nos dio a conocer su ideario esclavista y expansionista y aunque no quedé convencido ya estaba enrolado y no tuve oportunidad de salirme a tiempo, porque el 17 de marzo, con un grupo grande de filibusteros bien armados, estaba en camino hacia una hacienda llamada Santa Rosa, en Guanacaste.

Además de repartidor de periódicos yo formaba parte de una banda que interpretaba diferentes ritmos en un selecto club de blancos en Luisiana y en ocasiones amenizaba fiestas privadas de las familias de mucho abolengo, descendientes de franceses, instalados en esta zona. Sabía mucho de notas, claves, del pentagrama y de periódicos pero nada de balas, fusiles, estrategia militar o guerras.

Cuando me vi entre las filas de esta gendarmería me cuestioné si eso era lo que yo deseaba y la verdad que no. No podía entender las instrucciones de algunos jefes filibusteros porque hablaban en español, francés y alemán y yo solamente hablaba inglés pero en ocasiones, el destino nos juega mal y solo esperaba salir bien de esta aventura militar.

Me sentía extenuado, sudoroso y sediento porque el inhumano e implacable sol abrasador de la pampa Guanacaste me estaba derritiendo como un brownie.

Con pocos alimentos y un pesado rifle, maldije mi pésima decisión y pensé en lo tonto que era al arriesgar mi vida por intereses que iban en contra de la gente de mi mismo color de piel. A cada paso que daba me repetía: “pelearé en una guerra por un país que no es el mío, por unas ideas locas que no comparto y por una riqueza que tal vez, nunca llegará”.

Instalados en la casona de Santa Rosa, el 20 de marzo, busqué un rincón de la casa donde hubiera una salida que me permitiera huir de manera rápida y segura y me senté de cuclillas a esperar la batalla. Los minutos se me hicieron eternos. Mi uniforme estaba empapado y mi sudor salía del fondo de mi alma. Apenas inició la batalla, la casona se convirtió en la torre de Babel.

Nadie se entendía. Se armó tal desorden en la falange filibustera que quienes huyeron de primero fueron los jefes y detrás de ellos, nosotros. Despavoridos gritábamos que ese ejército era de alguna otra nación europea pero nunca de la pobre, pequeña y desvalida Costa Rica.

El combate duró apenas 14 minutos y el humilde pero bien preparado ejército costarricense nos demostró, en su primera batalla, que en Costa Rica encontraríamos hombres y mujeres valientes, dispuestos a ofrendar su vida por conservar la libertad y la soberanía del país. Lo había pronosticado el Presidente Mora en su I proclama:

“...Aquí no encontrarán jamás los invasores partidos, espías, ni traidores. ¡Hay del nacional o extranjero que intentara seducir la inocencia, fomentando discordias o vendernos! Aquí no encontrarán más que hermanos, verdaderos hermanos resueltos irrevocablemente a defender la patria, como a la santa madre, hasta el último de sus enemigos”.

Regresé agotado y muy atormentado a Rivas. Había comprendido que lo mío no era la milicia y de manera inmediata lo comuniqué a Walker. Este me interpeló muy enojado y sacudiéndome de los hombros me preguntó que a qué había venido. Verlo tan furioso, cuando lo conocía como un hombre frío y calculador, me puso muy nervioso porque sabía que fusilaría a los desertores.

Temblando le contesté que en esta vida no todo era guerras, conquistas y poder. Que también había otros intereses y que yo era un soñador, músico con alma de poeta y espíritu bohemio.

Walker abrió sus ojos grises de tal tamaño que por poco se le salían de sus órbitas y como un energúmeno musitaba: ¿de dónde habrá venido este juglar de la guerra? Adiviné sus macabros pensamientos y traté de calmarlo. Presuroso, le solicité al soldado que estaba al frente de la casa de Walker que me facilitara su trompeta que tocaba para avisar la llegada o la partida de las tropas.

Extrañado de tal petición, presuroso la puso en mis manos y con gran dominio del instrumento, interpreté una reconocida pieza que estaba de moda en los salones de las elegantes casas de Luisiana. Evocaba las que se oían en los restaurantes de los grandes vapores que navegaban por el río Misisipí. Tenía notas sublimes inmersas en tintineos nostálgicos y melodiosos.

Walker, quien además de militar era médico, abogado y periodista, se quedó de una pieza, suavemente tomó asiento, cerró sus ojos y en silencio me escuchó, extasiado.

Por solicitud del mismo Walker, conformé una banda militar que amenizó las reuniones sociales más sonadas de la aristocracia de Granada, Rivas, León y Masaya. Durante los meses que nos mantuvimos en territorio nicaragüense compartimos y disfrutamos de un variado intercambio musical con grupos locales y me convertí en el músico más popular, porque mi banda estaba presente en todos los eventos sociales a los cuales asistían miembros de la elite filibustera, adeptos a Walker, políticos y miembros del partido Liberal de León y hermosas damitas de la alta sociedad. Ahí comprendí y valoré que la música unía a los pueblos.

En este tiempo no la pasé nada mal, pero Walker perdió la guerra. No pudo ni supo enfrentar las estrategias militares, el coraje y la bravura del ejército costarricense en las batallas de Santa Rosa, Sardinal y la Trinidad, ni tampoco en la toma de los fuertes y los vapores en el río San Juan. De igual manera no pudo repeler el ataque conjunto de las milicias centroamericanas. Sus ambiciones en el istmo se fueron al traste.

Con los miembros de mi banda fui tomado preso por el ejército costarricense. Por ser bien intencionado la justica me ayudó. Mientras estuve preso en la cárcel en San José, propuse al Director del centro penal que, mientras nos llegaba el juicio, me permitiera organizar un grupo musical para entretener a los presos.

Sin mucho preámbulo nos concedió el permiso y los domingos, en el patio de la cárcel, tocábamos música alegre y variada de Nicaragua, del sur de Estados Unidos, de Costa Rica y de otros países, para el deleite de los familiares de los presos y de los policías que nos cuidaban.

Don Juanito Mora, el héroe y libertador de esta gran guerra, fue informado de que este grupo de filibusteros presos deseábamos ser liberados y retornar a Estados Unidos pero que no teníamos dinero para comprar los tiquetes del barco. Entonces se apresuró el trámite para lograr nuestra libertad y don Juanito nos sugirió que, para recaudar dinero, interpretáramos música y comedias en el Teatro Mora, el único que había en Centroamérica en aquellos años y construido por él.

En las tardes domingueras don Juanito, después de asistir a las populares peleas de gallos, se daba una vueltica por el Teatro y nos saludaba. Atrás habían quedado los odios y los resentimientos de la guerra. Valoré en don Juanito su inteligencia, solidaridad, don de gentes y amable hospitalidad.

Con la ayuda de un público fiel y solidario, que disfrutaba de nuestro spanglish, lo cual hacía muy divertidas nuestras presentaciones, logramos recoger el dinero suficiente para pagarnos los tiquetes.

Mis amigos, músicos y comediantes, ex filibusteros regresaron a su patria, todos menos yo, porque me enamoré de una hermosa guanacasteca, de largas trenzas, ojos de ensueño; y por mera coincidencia se llamaba Margarita. Con ella me casé y construí una casita en Playas del Coco. Formé un lindo hogar en Costa Rica, tierra libre y soberana, gracias a los esfuerzos, al coraje y la valentía de su pueblo, liderado con inteligencia, coraje y visión por otro insigne soñador y noble patriota: don Juan Rafael Mora Porras.

 ACTIVIDADES PARA REALIZAR EN CASA

1. Hagan la lectura del cuento en forma individual o en familia.

2. Busquen en sitios Web (Internet) la ubicación geográfica de Luisiana, río San Juan, Rivas, Santa Rosa, San José y Playas del Coco.

3. Completen la lectura de las dos primeras Proclamas de don Juan Rafael Mora Porras. Las puede encontrar en https://www.museojuansantamaria.go.cr /campana-nacional html#primeracampa%C3%B1a-nacional.

4. Comenten las ideas con sentido patriótico que encuentran en las Proclamas y relaciónenlas con la letra del Himno Nacional. ¿Encuentran alguna similitud?

5. Profundicen sobre la presencia filibustera en Nicaragua. Puede accesar a: La vida cotidiana en Granada, Nicaragua, durante el régimen filibustero de William Walker (1855-57) de Michel Gobat. Lo encuentra en el libro Filibusterismo y Destino Manifiesto en las Américas, en el Museo Histórico Cultural Juan Santamaría:

https://www.museojuansantamaria.go.cr/filibusterismo-y-destino-manifiesto-en-las-americas.

6. Este cuento cambió su opinión relacionada con algunos filibusteros que vinieron a pelear en la guerra de 1856-57.

7. Compartan la idea de que “la música une los pueblos”. Justifiquen su respuesta con quienes comparten esta lectura.

8. Busquen en Internet datos biográficos sobre Juan Rafael Mora Porras. Entérense de las razones por las cuáles don Juanito lideró la guerra contra las falanges dirigidas por William Walker que estaban en Nicaragua.

9. Dibujen la imagen que tienen en su mente de James Brown en la etapa de su vida que más le gusta: repartidor de periódicos, filibustero en la batalla de Santa Rosa, músico en grandes salones, músico en la prisión y hombre de familia en Playas del Coco.

10. Redacten su propia versión de James Brown y su participación en la guerra de 1856-57. Compártanla con su familia.  Esperemos que su versión supere con creces la que le hemos dado en este cuento.

11. Enmarca los dibujos y pensamientos patrios extraídos de la lectura de este cuento.