Si alguna vez yo mismo, no admite dudas, puedo haber tenido una conducta con manifestaciones machistas, seguramente que aprendidas de mi familia y de las costumbres prevalecientes en mi época de niño y de muchacho, esta experiencia de que les hablo, que llegó a llenarme de indignación, sacó a flote una realidad que ya había casi olvidado, con la que, al no ser extrema, había aprendido a convivir.

El "cállate la boca", "imbécil", "nunca has sabido de que hablas", todo lo que sabes yo te lo he enseñado", "solo hablas mierda", "la cocina es tu lugar", "si no te callas te doblo la cara", al lado de: "como te quiero", "bien supe escoger", "lo más lindo que ha habido", y "oye traeme el café", "fríeme un huevo", "¿dónde están mis cosas? " "sírveme, pero que sea ya", entre otras formas de "comunicación" de una pareja amiga, me han mortificado hasta la rabia.

En mi casa, de niño, conocí de excesos y maltratos para con las mujeres, mi mama, mis hermanas. También he conocido de otras muchas situaciones en las que afloraba el machismo, pero la experiencia de estos días rebasa todo lo anterior.

Hace unas semanas cuando se daba aquí una discusión sobre racismo a propósito del libro Cocorí, y se hablaba de lo duro que era para los negros la discriminación y la subestimación, mi compañera dijo algo que en ese momento me sonó como una clarinada: "es mucho peor lo que hemos sufrido las mujeres", " y de eso no se habla".

Sí, de eso hay que hablar. Y por eso lo hago. No debemos consentir las manifestaciones de machismo, se den donde se den. Sean sutiles o tan groseras como las de mi cuento.

Pronto tendremos el festejo del Día de la Madre, y bendiciones, regalos y dulzuras caerán sobre todas las mujeres. Seguramente que más honraríamos a nuestras madres y esposas, hijas o compañeras, que se sentirían mejor, si nos plantáramos firmes, hombres y mujeres, y rechazáramos, sin concesiones, toda manifestación del repugnante machismo.