Por Mario Wainfeld

En tres cuartos de hora les facilitó a medios y periodistas un kit de títulos alternativos de tapa. Los más salientes fueron el embate contra las petroleras (a los ojos del cronista el más relevante), la ratificación de la postura sobre Malvinas, el nuevo índice de desempleo, los cuestionamientos a quienes se ensañaron con el “falso positivo”.

Oradora habitual e infatigable, se notó (mostró) que se salía de la vaina por volver al ruedo, por recobrar el centro de la escena y el uso de la palabra. No fue uno de sus discursos más organizados pero le sobró sustancia en el frente económico interno, en el orden internacional... aun para los que miran las peripecias de Palacio. Al fin y al cabo, como ella señaló al explicar por qué no disimulaba su cicatriz en público, la estética la puede pero más la puede la política.

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Está la cosa negra, negra: Nadie duda de que Cristina Kirchner manejó o controló todas las medidas tomadas desde el 4 de enero, que tienen su sello, que conversó día a día sobre ellas. Ayer elogió lo obrado en su (relativa) ausencia respecto de las empresas petroleras y avanzó a niveles inesperados. Fueron muy enérgicas y puntillosas las denuncias a las irregularidades de las empresas, a sus abusos, al perjuicio que causan al funcionamiento de la economía nacional. Resultó aún más drástica la mención al patrimonio público, a la existencia de concesiones (pasibles de revocación) y la comparación de un presunto expolio actual con el del oro o la plata siglos atrás. Los concesionarios, del otro lado del mostrador, deberán poner las barbas en remojo: las advertencias fueron de todo menos ambiguas o tibias y el apercibimiento severo por demás.

Ese fue uno de los tantos pasajes en que la expositora apeló a ayudamemoria escritos para emitir cifras con precisión. El detalle de los cuestionamientos certifica que hay una voluntad firme de pulsear con las petroleras. Evitar sus abusos (“avivadas”) será una prioridad. Es imaginable un reproche retroactivo al Gobierno: no haberse percatado antes o haberlo tolerado, por negligencia o por haber privilegiado otras variables. Lo cierto es que, ahora, el tópico se torna central: el Gobierno “cambió de pantalla”, adviene otro escenario.

Cristina refutó a sus críticos: la “sintonía fina” no es (ni será) ajuste, prometió. En este conflicto, se trata de evitar demasías de los concesionarios. La finalidad es correcta: bajar el gasto estatal superfluo no para frenar el crecimiento o la incitación a la demanda sino para hacerlo más eficiente. O sea, robustecer la “caja”, con una provisión más racional de recursos. El desafío es conseguirlo, más vale.

La entidad que dio la Presidenta a la pulseada y el peso de los antagonistas (grandes corporaciones multinacionales) auguran una de las pujas centrales para los próximos tiempos. Su resolución no ocurrirá en el plano retórico sino que se medirá en resultados. Contra lo que se sugiere por ahí “la gente” no vota discursos sino, esencialmente, realizaciones.

El anticipo del índice de desempleo, los “bocadillos” que glosaron los anuncios provenientes de distintas provincias, sirvieron para un clásico K: la profusión de indicadores socio económicos. Ese rumbo se sostendrá, predicó la Presidenta.

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El Reino (Unido) del revés: La oradora es afecta a los guiños, a la esgrima, tanto como (desde hace algún tiempo y cada vez más) a los deslizamientos personales o emotivos. A veces sofrena sus ímpetus, porque el tema, a su ver, lo amerita. Sin ir más lejos, el tramo referido a Malvinas fue el más contenido del discurso, seguramente por su impacto y por la necesidad de mantener clara la estrategia. La Argentina quiere discutir el tema con la ley internacional en la mano, lejos de toda fantasía bélica y aún del exabrupto. Hay que reconocer que el primer ministro británico David Cameron es un instigador a la chicana fácil: que los ingleses denuncien colonialismo es como si Hitler denunciara antisemitismo. Cristina Kirchner resistió la tentación, subrayó el afán pacífico de Argentina, su pertinaz apego a la legislación y su peregrinar por los organismos internacionales.

En la referencia a la guerra de 1982, la descalificó como un manotazo de ahogado de la dictadura para disimular el terrorismo de estado y su aciaga política económica. Y trazó un cierto parangón entre los gobiernos argentino y el de Margaret Thatcher: ambos forzaron el combate como recurso para su política local.

En promedio, el planteo presidencial es una política de Estado democrática, con instrumentos acordes y sin ninguna nostalgia ni indulto para la aventura bélica inducida por los genocidas.

Levantar el secreto oficial sobre el llamado “Informe Rattenbach” (el único anuncio estricto de ayer, aunque la mención a las concesiones es una señal de aquéllas) no develará una primicia. La base de su contenido se conoce y alimentó todos los cuestionamientos al accionar militar en las islas. Pero el informe jamás fue publicado oficialmente íntegro. La acción simbólica de revelarlo formará parte de los debates que acompañarán el trigésimo aniversario de esa guerra que jamás debió emprenderse.

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Falsos positivos, buenas y malas ondas: En el principio y el final de la exposición, la Presidenta agradeció a quienes la acompañaron, curaron y dieron ímpetu antes, durante y después de la operación de la tiroides. Los rezos, los cuidados profesionales y personales de médicos y enfermeras, el “aguante” de la militancia juvenil, el apoyo de “los trabajadores más humildes” encabezaron la lista de caricias. Los reproches recayeron en quienes distorsionaron la información. Cristina contó que los médicos que la atendieron se asombraron por la magnitud de las falsedades, un modo de sugerir que ella está acostumbrada.

Con la cicatriz a la vista, explicó que la ostentaba porque de lo contrario “Clarín hubiera dicho: a ésta no la operaron”. La frase será socorrida durante semanas o meses. El uso que el multimedios haga de ella y de la imagen de la cicatriz seguramente valdrá para sopesar si la hipótesis presidencial es muy traída de los pelos o bien creíble. Hagan juego, lectores.

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Ausencias y presencias: Para el balance, esta vez los empresarios “cobraron” mucho más que los dirigentes sindicales. La única recriminación para estos fue no haberse pronunciado contra la cartelización de las petroleras. Las paritarias, la puja distributiva, la acción directa generan broncas tonantes en la Casa Rosada pero ayer de eso no se habló. Los silencios tienen su elocuencia, así fuera transitoria.

Como es de estilo, hubo alusiones personalizadas para algunos funcionarios, Amado Boudou y Guillermo Moreno se llevaron las palmas. Al vicepresidente le agradeció el reemplazo y subrayó que todo funcionó mucho y bien durante la licencia. Al Súper Secretario lo describió mordazmente como “un príncipe” comparando sus métodos con los de agencias estatales italianas que allanaron una megacalificadora de riesgos.

En la recorrida temática, que acompañó mayormente con sonrisas, la Presidenta se permitió un retruécano sobre la polisemia de la expresión “perforó el siete”, referida al índice de desempleo.

Mentó versos de, al menos dos canciones. “El reino del revés” al que eligió como hilo conductor, aunque lo refirió especialmente al gobierno británico. Y, acaso no deliberadamente, citó “el amor es más fuerte” para reseñar la puja entre querían que saliera bien de su operación y quienes le prodigaban malas ondas.

El discurso de la reaparición fue, pues, un “Cristina auténtico” que desatará las consabidas oleadas de plácemes y réplicas enfurecidas. La oposición (a la que se fustigó por no haber criticado la cartelización de las petroleras y acaso debió reconocérsele el acompañamiento sobre Malvinas), las ONG ambientalistas (recriminadas por no oponerse a la predación de los ingleses en el Atlántico Sur), Clarín y algunos comunicadores recogerán los guantes que le arrojó. Pensarán ponerla en descubierto, los apologistas de la mandataria dirán que se enfrascaron adonde ella los condujo.

Esa comidilla mediática, ciertamente buscada, no abordará lo principal del discurso. La Presidenta emite señales para gobiernos extranjeros y empresas poderosas, reivindica el modelo, define a qué llama “sintonía fina”, describe logros del “modelo”. En esas variables finca su legitimidad, que también sostiene debatiendo con sus adversarios, estratégicos o tácticos. Hizo agenda, que es lo que pretendía.

Su legitimidad futura, como la que se ganó a pulso en las urnas, no dependerá de las polémicas de estas horas sino del modo en que concrete los rumbos que enunció. El relato no es el pilar de la autoridad, aunque sí una herramienta para construirla.