Durante los últimos días ha circulado a nivel mundial, abundante información sobre lo que acontece en Grecia. Veíamos agitarse los mercados financieros internacionales a la expectativa de la aprobación de un paquete de ayuda por 130 mil millones de euros, acompañado de una reestructuración de la deuda griega que implicará para los bancos privados una reducción del 53% en el respectivo monto nominal y, en total, una perdida a largo plazo del 75% respecto de lo que tenían previsto haber ganado con los bonos griegos (en todo caso, muchas de esas pérdidas son asumidas por el Banco Central Europeo).

A cambio, a Grecia se le impone un programa brutal de recortes que incluye disminución de salarios y pensiones, despidos masivos en el sector público, privatizaciones atropelladas…e incluso una cesión efectiva y desembozada de soberanía: así lo reportaba El País de España (21-2-2012): “Grecia ha capitulado de madrugada al aceptar una cuenta bloqueada para que el dinero recaudado se destine a satisfacer los intereses y el principal de su deuda, antes de poder tocar un solo euro para pagar las facturas, los sueldos de los maestros y las pensiones.

Además, ha admitido una representación permanente de sus socios (la troika: Comisión Europea, Fondo Monetario Internacional y Banco Central Europeo), una especie de comisario en Atenas que comprobará que los ajustes se cumplen caiga quien caiga”. Alemania, con la señora Merkel a la cabeza, ha liderado, de forma implacable, la imposición de esta nueva versión del Tratado de Versalles, o Versalles-a-la-inversa, en el cual ya no es Alemania la esquilmada, sino que Alemania dirige el esquilmo.

Entretanto, la economía griega acumula cuatro años seguidos en recesión (2008-2011) y entra actualmente a su quinto año en negativo. En ese lapso la economía se ha contraído un 14%, el desempleo llega ya al 21% (48% entre las personas jóvenes), con un crecimiento del 25% en el número de personas sin hogar, mientras los intentos de suicidio se incrementan de forma alarmante. En el bienio 2010-2011 se ha reducido el déficit fiscal en 8 puntos porcentuales respecto del PIB. A cambio de una terrible catástrofe social y humana.

Las dudas persisten. Es innegable el fracaso del primer “paquete de salvamento” aplicado en 2010. Entretanto, la deuda griega no para de crecer: estaba en 125% como proporción del PIB cuando ese paquete se puso en marcha. Ahorita llega al 165%, y con la celebrada “quita” (restructuración) de la deuda, apenas regresaría a estar en los alrededores del 120-125%. Si la economía se ha contraído de forma tan pronunciada, y no habiendo indicación alguna de que, por el momento, vuelva a números positivos ¿de dónde sacará Grecia capacidad económica para salir adelante con la carga que esa deuda le impone? De ahí que no haya demasiado optimismo respecto de este segundo paquete. Y luego ¿vendrá un tercer paquete o vamos rumbo a la quiebra de Grecia?

La medicina así aplicada consiste, en la práctica, en una devaluación interna vía recorte de salarios y, en consecuencia, recorte de la masa salarial –a favor de la parte de las ganancias- al nivel de la economía en su conjunto. Esto sustituye la devaluación de la moneda, puesto que, por ser parte de la zona euro, esta posibilidad queda  vedada.

La devaluación interna tendría dos propósitos: a) liberar recursos que se destinarán al pago de la deuda externa; b) eventualmente restablecer la “competitividad” a fin de impulsar las exportaciones y, así, recuperar la economía y generar capacidad adicional de pago para cubrir aquellas deudas. Un tercer objetivo es el del despojo simple y desnudo: la apropiación a precio de ganga (David Harvey lo llama “acumulación por desposesión”) de empresas y activos públicos griegos por capitales transnacionales.

Esto parece reproducir la “receta alemana”, que se aplicó en ese país hace unos 10 años atrás: recorte de salarios y derechos laborales (flexibilidad laboral) como mecanismo para potenciar la competitividad. Ahí reside buena parte del éxito exportador alemán durante los últimos tiempos. Es una fórmula que hoy se ensaya –pero con especial saña- en el caso de Grecia, pero el cual igualmente se aplica en España, Italia y gran parte de Europa.

Entretanto, sin embargo, el mercado interno de Grecia se desmorona: el desempleo al alza y la baja generalizada de salarios contraen la demanda y tiran hacia abajo la producción. En ese contexto, posiblemente también las ganancias vayan de caída, aunque seguramente a menor ritmo que los salarios. En todo caso, la redistribución de una riqueza decreciente a favor del capital y en contra del trabajo, tan solo agudiza el desplome de la demanda y, con esta, el de la economía.

Los procesos de destrucción de capital productivo y el despilfarro inmisericorde de la fuerza de trabajo desempleada, en conjunto con el brutal stress a que están siendo sometidos los sistemas sociales y políticos griegos, no permiten ser optimistas en relación con una pronta recuperación vía exportaciones. La destrucción ha sido demasiado grande para que la casa pueda reordenarse fácilmente.

Pero, en especial, es llamativo el concepto de competitividad que Alemania está imponiendo, no solo a Grecia sino a toda Europa: una competitividad espuria basada en recorte de salarios y degradación de derechos laborales. Para Alemania podría funcionar mientras la fórmula no fuese aplicada a toda Europa, ya que el resto del continente proporcionaría mercados relativamente dinámicos para lo que producía el poderoso aparato industrial germánico. Pero si se generaliza la receta, los mercados europeos se contraerían ¿A quién venderá entonces Alemania? ¿Adónde colocará Grecia sus exportaciones para intentar salir del profundo hoyo al que la han lanzado?

Supongo que habrían de volver los ojos al resto del mundo…pero a condición, por supuesto, de que en el resto del mundo no apliquen la “receta alemana”.

De paso, pareciera claro que estamos presenciando el desmantelamiento de los tradicionales y muy avanzados sistemas de seguridad social europeos.

Tengo la impresión de que Europa –y en particular Alemania- han equivocado el camino. Si en vez de tanta ortodoxia anti-inflacionaria (la obsesión típica de la política económica germana) se hubiese optado por vías algo más progresistas y atrevidas, quizá el manejo de la crisis habría sido menos traumático.

Puesto muy en resumen: empujar la demanda desde dentro de Alemania (justo lo inverso de lo que hoy se hace) podría haber jalado a las otras economías –en particular a las de la periferia europea y especialmente la griega- para ayudarlas a salir del atolladero. Si a la vez el Banco Central Europeo hubiese comprado deuda de los gobiernos –en vez de comprarle deuda a los grandes bancos y así socializar sus pérdidas- quizá se habría logrado desarmar, o al menos debilitar, la especulación que tan fieramente ha atacado a Grecia y otros países europeos.

El inflexible reinado del capital especulativo y la ideología neoliberal en Europa no lo ha permitido. El resultado es una devastación humana brutal.