Imagen: Manifestaciones de repudio del brutal asesinato de George Floyd en Minnesota, Estados Unidos.

Miré con angustia y empatía al detenido que pedía aire y minutos después, en medio de una incomprensible cobardía de quienes observaban tan bárbaro espectáculo, todo se quedó en un silencio vergonzoso, porque el negro no respiró más. Había muerto asfixiado, bajo la rodilla asesina del agente federal, rodeado de una cómplice indiferencia de otros policías y de indefensos y aterrados espectadores de tan grotesco e inhumano asesinato.

Con un fuerte dolor en mi corazón y con mis ojos cansados e inundados de lágrimas, sentí sobre mis hombros la carga de la miseria humana, de la esclavitud, del racismo y de la xenofobia, que por cientos de años han sufrido mis antepasados en este país y en otros.

Quedé exhausto y me senté en una banca, desanimado y con un grito de dolor que salía de mis entrañas pero que, por falta de fuerzas, no lograba salir de mi garganta.

Un chino inmigrante que tenía su tienda junto a la mía, se me acercó y preguntó temeroso si me sentía mal. Le contesté que sí. Que 500 años de esclavitud y de odio racial me habían golpeado el alma.

Muy prudente calló y me trajo un vaso de agua. Le expliqué que esa escena tan devastadora me hizo recordar los sufrimientos y las humillaciones que sufrieron mi tatarabuela Mariama y mi bisabuelo Moussa, cuando fueron traídos como esclavos de Senegal a los Estados Unidos.

El chino me miró sorprendido y pidió que le contara la historia. En ocasiones, rumiar los recuerdos tiene un efecto sedativo en nuestra acongojada memoria. Martín en forma lenta comenzó la relatar los orígenes de su familia africana.

- Mi bisabuelo Moussa, era un chico de escasos 8 años y vivía con su familia en Senegal, África. Su vida transcurría en contacto con la naturaleza porque eran pastores y cazadores de la etnia wólof. Ellos cubrían su cuerpo con telas de algodón elaboradas en telares rústicos y con colores muy alegres. Teñían los hilos con tintes obtenidos de las plantas y de los moluscos. Con semillas de los árboles confeccionaban sus aretes, pulseras y collares y de los cueros del ganado, las pieles de los cocodrilos y de las jirafas, cosían sus bolsos, sandalias y correas.

Varios días de la semana, los más jóvenes realizaban caminatas agotadoras por zonas áridas, para llevar el ganado a tomar agua, bañarse, lavar sus ropas, llenar sus cántaros con agua para preparar las comidas y saciar su sed.

Sus casas eran chozas de barro con techos de paja y una entrada pequeña para evitar que las fieras los devoraran durante las noches. Dentro de estas solamente había dos camones hechos con varillas y un fuego, tres platos de barro, tres vasos y tres cucharas de madera.

Su estilo de vida era muy rústico y sencillo. En medio de tanta pobreza, eran felices. La vida les resultaba muy agradable. Comían poca carne pero tomaban la sangre y la leche de las vacas, acompañada con tortillas de harina de yuca, hojas, raíces y tubérculos.

Los hombres mayores les enseñaban a cazar y a no tenerle miedo a los animales de la selva y la presencia de los ancianos de la tribu era muy apreciada e imprescindible. En ellos estaba depositada su identidad, creencias, tradiciones y hasta las leyes para aplicar justicia en la tribu. En las tardes los abuelos se sentaban a la sombra de los baobabs, árboles típicos de Senegal, para contarles historias y leyendas de sus antepasados, que les hacían reír y disfrutar. Esa era su escuela. No necesitaban saber más que lo necesario para ir al mercado a vender lo poco que producían y comprar los escasos productos que necesitaban para vivir.

Sin saber cómo y por qué, su vida cambió de repente. Llegaron unos hombres blancos armados, quienes tomaron a mi bisabuelo y a su madre Mariama por la fuerza y sin entender lo que sucedía, fueron encadenados, junto a un centenar de negros y llevados a la isla de Gorea, donde los embarcaron en un barco negrero llamado Clotilde.

Sedientos, castigados y con hambre, navegaron durante un mes hasta llegar a tierra.

A principios del siglo XIX comenzó su nueva vida como esclavos en Norteamérica. Mariama murió afectada por una fuerte anemia y porque no soportó los inhumanos avatares de la esclavitud. Mi bisabuelo Moussa fue comprado en una subasta, por la familia de Mr. Louis Mckinley, algodonero de Alabama. Ahí Moussa se enteró que los habían secuestrado para ser vendidos como esclavos en la Unión Americana.

De ahí en adelante, Moussa trabajó todo el día, bajo el ardiente sol, en los campos de cultivo de algodón y de caña de azúcar. En las noches se sentaba junto a otros esclavos alrededor de una hoguera, y añoraban los pueblos africanos donde habían nacido. Bajo la fresca sombra de gigantescos árboles de roble y de magnolia, descansaban de sus duras faenas y revivían los cantos, las costumbres, las creencias, las leyendas, los bailes y hasta sentían en sus bocas el sabor de las comidas típicas de sus ancestrales pueblos africanos.

Viajaban en el tiempo para despertar conmocionados al sentir la cruda realidad: no eran seres humanos sino esclavos. Cuando desobedecían las órdenes del capataz o de su amo, recibían terribles palizas. Para evitar tan crueles castigos, procuraban ser sumisos, guardar los límites impuestos y callar sus malestares. La azada, la pala y la cesta eran sus compañeros inseparables. No había otro camino, su destino era ser esclavos y lo merecían, simplemente, por el color de su piel.

Pasaron los años y Mr. McKinley, llevó a Moussa a su hermosa casa, como ayudante del mayordomo. Ahí aprendió oficios domésticos, buenos modales, a complacer los caprichos de la familia y a velar por la organización de su hogar. Trabajaba junto a diez esclavos domésticos. Su ama, Mrs. Doris, hermosa dama con ojos azules de mirada cándida, blanca como la leche, era una dama agredida por su esposo. Ella sintió un gran aprecio y consideración por mi bisabuelo pero, su cariño se convirtió en amor.

Un día Mr. McKinley sorprendió a Moussa en una conversación íntima con su esposa y entró en un ataque de ira. Tomó del cuello a Moussa, le propinó una dolorosa paliza con cincuenta latigazos y lo lanzó a patadas a la calle.

Nos contaba mi abuela, hija de Moussa, que su camisa blanca estaba roja por la sangre que brotaba de sus heridas en la espalda. No podía levantarse ni dar paso. Se sentía desvalido, muy golpeado y perdió el conocimiento.

Moussa despertó en el consultorio de un doctor blanco quien, por misericordia, lo recogió moribundo porque atendió el llamado urgente que le hicieron para que fuera a la plantación, a curar a Mrs. Doris, quien no volvía en sí. De regreso lo llevó en su carruaje. Mi bisabuelo nunca supo si ella intervino para que este médico blanco, de nobles sentimientos, lo cuidara. Gracias a sus curaciones y buen trato se repuso y pronto estaba sano y dispuesto a servir.

Mi bisabuelo nunca olvidó a este bondadoso doctor. El único hombre blanco que lo había tratado como un ser humano de su mismo color ¡Hombre de buen corazón y el corazón de todos tiene el mismo color!

Este insigne médico compró a mi bisabuelo a su antiguo amo y luego lo liberó ¡Moussa no podía creerlo! ¡Era su sueño hecho realidad! Sintió que volvía a respirar porque “cuando se es esclavo, el aire que se respira, nunca llega a los pulmones”.

Moussa estaba acostumbrado a trabajar muy fuerte. No sentía temor alguno de comenzar una vida nueva en donde fuera. No entendía cómo obtuvo de nuevo la libertad porque nunca la había vendido ni regalado a nadie. Se la arrebataron a él y a su madre, sin su consentimiento. Nació libre, fue esclavo y volvía a ser libre. Como decían sus amos ¡Era un milagro!

El doctor lo ayudó para que dejara la Unión Americana y tomara un barco rumbo a unas tierras tropicales, parecidas al lugar donde había nacido, porque un colega, amigo suyo, el doctor William Walker, promovía esa oportunidad.

El doctor Walker conoció la situación del nuevo esclavo liberto y a regañadientes aceptó llevarlo en la expedición pero dejó bien claro a su amigo, que sería su empleado: le prepararía la comida, lavaría sus ropas y limpiaría sus botines, en otras palabras “su esclavo personal”.

Moussa conoció al doctor Walker unos días antes de emprender el viaje. Este, con una indiferencia insultante, le describió como era la tierra tropical a la que viajarían: una faja estrecha de tierra con húmedos y cálidos parajes, selváticos, exóticos y bañados por los océanos Atlántico y Pacífico.

Tierras de volcanes, valles, lagos y llanuras, poblada con gente salvaje, carente de civilización. De esta manera describió Centroamérica y le aclaró que llegarían a un país llamado Nicaragua, en donde había una guerra civil y él había sido llamado como pacificador.

De paso, Mr. Walker le dijo que a quienes lo siguieran en su misión “salvadora de estas salvajes tierras tropicales”, que les iba a pagar y a donar una propiedad para cultivarla y que podían quedarse a vivir como colonos.

Por supuesto que Moussa se ilusionó porque creyó que ayudaría en esta “noble misión” pero a Walker nunca le pasó por su cabeza que Moussa podría beneficiarse con su proyecto. Para él mi bisabuelo seguiría siendo su esclavo.

Con apenas 20 años Moussa abordó el barco “Vesta”, rumbo al puerto El Realejo, en Nicaragua. Venía con 57 aventureros, vagabundos y mercenarios, al mando de William Walker. El los llamó Los Inmortales, pero pasaron a la historia como ¡Filibusteros!

En los primeros meses de su estadía en León y Masaya, Moussa se sorprendió al ver que estaba involucrado en un plan macabro que iba en contra de sus principios. Tuvo que empuñar el fusil y combatir.

Nadie le dijo que iba a ser soldado y que libraría batallas para establecer la dominación extranjera en un territorio poblado por gente humilde y pobre. Esta guerra no la iba a librar mi bisabuelo.

Poco a poco Moussa se fue alejando de la presencia del Dr. Walker porque le escuchó decir a sus soldados que no le quedaba otro camino que establecer la esclavitud en estos territorios y que tendría que combatir con el vecino país del sur llamado Costa Rica, porque sus ríos aportaban gran parte del caudal que necesitaba el canal interoceánico que se construiría por el río San Juan.

El enojo y la decepción de Moussa fueron incontenibles cuando Walker llamó “grasientos, incivilizados y salvajes” a los pobladores de estas tierras. La ingratitud, la violencia, la desolación, la desesperanza, la humillación y los castigos recibidos en la finca algodonera de Alabama, volvieron a golpear el cerebro de mi bisabuelo. No lo soportó y se declaró enemigo de la falange filibustera. Perdió el apetito, se entristeció, entró en depresión y desertó.

Mi bisabuelo realizó grandes esfuerzos para escaparse del Dr. Walker y logró comprar un tiquete de barco para regresar a Nueva York. En San Juan del Norte esperó ansioso la llegada del barco que lo regresaría a la Unión Americana. Ahí fue sorprendido por un grupo de soldados del ejército costarricense. Estos de manera amable, le mostraron una invitación para que desertara y que podría abandonar Nicaragua sin recibir castigo alguno. Esta nota la firmaba el presidente de Costa Rica en aquellos años de la guerra, Juan R. Mora Porras.

Moussa experimentó una profunda simpatía con los soldados y les preguntó sobre Costa Rica. Le gustó tanto lo que escuchó sobre este país que, en vez de irse para el norte, tomó un bote hacia el sur y navegando por el río Sarapiquí llegó un poblado que se llama Puerto Viejo. Ahí vivió varios años dedicado a la siembra de cacao.

Nunca olvidó mi bisabuelo las exóticas riberas del río Sarapiquí y su gente hospitalaria y amable. Ahí desarrolló una campaña antifilibustera. A sus amigos y vecinos les rogaba, de forma vehemente que no dejaran de luchar contra estos invasores porque no “existía para el ser humano un mayor flagelo que perder sus libertades y que su patria fuera dominada por una potencia extranjera”.

El accionar agresivo de los filibusteros, revivió en Moussa el maltrato que le dieron sus amos en Alabama y se ofreció a combatir con el ejército costarricense, en la batalla del río Sardinal. Los filibusteros fueron derrotados y Moussa celebró con los soldados costarricenses esta significativa victoria. Sintió que había vengado una pequeña parte de las desgracias y los castigos que le aplicaban los blancos a su gente, en esas plantaciones sureñas.

Después de sangrientos combates, los ejércitos centroamericanos lograron expulsar las huestes filibusteras invasoras provenientes de la gran nación norteamericana y William Walker, líder filibustero, se vio obligado a presentar su rendición. La ansiada paz retornó a esos pueblos centroamericanos y Moussa vivió feliz en Costa Rica. Años después, muy a su pesar, tuvo que abandonar las plantaciones de cacao porque las atacó una plaga y se vio obligado a buscar vida en Nueva York.

Ahí mi bisabuelo se instaló, formó un lindo hogar y procreó cuatro hijas. Tampoco en esta próspera ciudad Moussa pudo progresar porque su color y escaza educación, le cerraba las oportunidades para desempeñar buenos trabajos. Laboró en fábricas, limpiando calles, recogiendo basuras y apenas ganó lo necesario para mantener a su familia.

En aquellos años los estados del norte de la Unión Americana no aceptaban el sistema esclavista de los estados del sur y los ánimos se estaban caldeando. Mi bisabuelo dijo a su esposa: “Salí del fuego para caer en el infierno”.

La inestabilidad política aumentó y estalló la guerra de Secesión de los estados del norte contra los del sur y Moussa peleó con los estados de la Unión, o sea, se unió a los estados del norte que defendían la abolición de la esclavitud y este bando obtuvo la victoria.

Mi abuela nos comentaba, con profunda tristeza, que Moussa murió poco tiempo después y que en aquellos años haberle concedido la libertad a los cuatro millones de esclavos negros, poco o casi nada había cambiado para ellos porque no sabían leer ni escribir, no tenían estudios y nadie los contrataba. Así es que la pobreza, la exclusión, la segregación racial y la xenofobia los persiguieron por años. No obstante, ya no eran esclavos y aunque tenían muchas limitaciones y había asientos, teléfonos, buses, barrios y escuelas para negros, ellos vivían con más libertad.

El chino escuchaba con mucha atención la triste historia de los antepasados de Martín y mejor no le contó las penurias de los suyos, traídos de la China a California para trabajar como mano de obra barata en las minas de oro y luego en la construcción de los ferrocarriles del oeste.

Martín tomó aliento, sonrío con una profunda tristeza en su mirada y un gesto de enfado y desesperanza. De pronto miró al horizonte y sintió deseos de llamar a Dorothy, su anciana tía materna, la única que estaba con vida, quien residía en Boston y siempre lo consolaba cuando lo asechaban la angustia y los crueles recuerdos.

Al contestar la llamada, su tía, con mucho sobresalto y tono lloroso le dijo a Martín que “pusiera la televisión para que se enterara de la forma tan cruel en la que un policía había dado muerte a su primo George Floy, en Minneapolis”.

Martín enmudeció. Colgó el auricular preso de impotencia y cargado de pesimismo. Una daga atravesó su viejo corazón. Sabía que tenía unos familiares que vivían en Minneapolis pero, nunca imaginó que George Floyd fuera su pariente.

Sin ánimo ni de respirar, levantó su mirada al cielo y pensó que aún faltaba mucho camino por transitar para lograr el respeto y un trato igualitario para las personas negras ¡Ese seguiría siendo su sueño!

Hombre

Soy hombre, he nacido / tengo piel y esperanza.

Yo exijo, por lo tanto, / que me dejen usarlas.

No soy dios: soy un hombre / (como decir un alga).

Pero exijo calor en mis raíces, / almuerzo en mis entrañas.

No pido eternidades / llenas de estrellas blancas.

Pido ternura, cena, / silencio, pan, casa...

Soy hombre, es decir, / animal con palabras.

Y exijo, por lo tanto, / que me dejen usarlas.

Jorge Debravo. Poeta turrialbeño

Actividades didácticas

- Busca información de la evolución del tráfico y tenencia de esclavos en muchos territorios y en diferentes épocas de la historia humana.

- Comparte su opinión sobre este flagelo humano con su familia o con tus compañeros de aula.

- Investiga las secuelas del asesinato de George Floyd en Minneapolis.

- Comenta con tu familia o con tus compañeros acerca de las reacciones generadas por este asesinato en los Estados Unidos y en otros países.

- Escribe un poema o un pensamiento del mensaje que te dejó la vida de Moussa y lo colocas en algún lugar de su casa o de tu aula.

- Investiga en Internet la vida y el legado del líder Martin Luther King.

- Conoce su famosa frase: “Tengo un sueño…”.

- Luego de leer el poema “Hombre”, del Jorge Debravo, selecciona los derechos que encuentres en este y compáralos con los afanes y anhelos que expresan Moussa y Martin, en este cuento.

- Investiga en Internet la procedencia de la etnia negra de nuestro país.

- Discute en un foro con tu grupo de estudio o con tu familia, sobre la esclavitud en Costa Rica durante la época colonial y sí persiste la xenofobia y el racismo en nuestros días.

- Conoce algunas celebraciones importantes de la etnia negra en Costa Rica como el Día Mundial de la Cultura Africana y Afrodescendiente y el Día de la persona negra y afrodescendiente.

- Investiga las expresiones culturales que caracterizan a la etnia negra costarricense: comidas, costumbres y la música religiosa cristiana llamada Góspel.

- Canta una canción de góspel o un calipso limonense con un grupo de amigos/as, familiares o compañeros de clase.

- Conoce el legado cultural de destacados miembros de la etnia negra en Costa Rica como Walter Ferguson, cantautor de calipsos, Eulalia Bernard, poeta y al escritor Quince Duncan.

- ¿Cuáles comidas originarias de la zona caribeña conoces?

- Atrévete a cocinar un rice and beans, pattí, rondón, jaki, una agua de zapo con dulce, jengibre y limón. Comparte lo que cocinas con tu familia y compañeros ¡Descubre los exóticos sabores del Caribe costarricense!

- Gastronomía de la provincia de Limón. https://es.wikipedia.org/wiki/Gastronom%C3%ADa_de_la_provincia_de_Lim%C3%B3n. Ross, Marjorie (1991). La magia de la cocina limonense. Editorial Universidad de Costa Rica.

- Elabora un collage con materiales de reciclaje sobre las manifestaciones culturales de la población afroantillana y lo expones en tu casa o en el aula. 

(* Escritora, miembro de la Academia Morista de Costa Rica)

Libro Cuentos y relatos sobre la Campaña Nacional de 1856.