Ahora nos presenta La guerra prometida (Alfaguara 2014), una apasionante recreación ficcionada de la Campaña Nacional de 1856-57, que tiene como protagonistas mayores al presidente costarricense Juan Rafael Mora y al líder de los filibusteros, William Walker, en su intento por apoderarse de las cinco jóvenes repúblicas centroamericanas para anexarlas como un estado esclavista más a Estados Unidos.

Núñez Olivas no solo es un notable escritor, como lo ha demostrado con estas obras de ficción, sino también un destacado periodista con una formidable formación literaria como lo ha dejado de manifiesto en los diferentes medios por los que ha pasado con éxito en su ya dilatada carrera profesional.

Aunque nunca suficiente, bastante se ha escrito sobre esta gesta heroica, una gesta emancipadora que escribieron con sangre humildes costarricense, un cuarto de siglo después de alcanzar formalmente la independencia de la Corona española (1821). Generalmente, la memoria de esta hazaña nos ha llegado por el lado de historiadores. También la ha investigado con profundidad y acierto el periodista Armando Vargas Araya (El lado oculto del Presidente Mora.2007).

Hay que partir de que La guerra prometida es una novela, una obra de ficción, eso sí, basada en hechos reales, no un relato histórico.

La más reciente obra de Oscar Núñez tiene abundantes méritos. Uno de ellos es presentarnos el lado más humano de los protagonistas, personas contradictorias, como realmente somos, una condición que resalta inevitablemente en figuras que han desempeñado un papel clave en la evolución de la humanidad. Dos figuras cuyas vidas corren paralelas en sus últimos años: uno preparando la invasión y el otro preparando la defensa, luego la guerra y finalmente la muerte, casi en fechas coincidentes.

Juanito Mora, el héroe, el jefe de Estado visionario, que supo alertar, inspirar y conducir con éxito a una nación de agricultores y peones apegados a la tierra, pero también un gobernante engolosinado con el poder, que muchas veces confundía con sus negocios privados, enfrentado y sofocando conspiraciones con mano dura.

“Fui víctima inconsciente del efecto adictivo del poder, una droga que como todas solo produce un regocijo pasajero pero que va llevando a su víctima por un ineludible sendero de desgracia. Por eso acepté regresar, por eso cedí a los cantos de sirena de quienes me decían que era mi deber volver a la Patria, no porque en realidad les creyera, sino por vanidad y ambición, los dos sentimientos que informan la voluntad del poder”, confiesa el personaje Juanito Mora cuando la suerte de su vida está echada.

William Walker convencido del Destino Manifiesto, de representar una “raza” superior, ante una población degenerada como la centroamericana, india y mestiza, pero que también sufre la tristeza de ver como sus sueños de grandeza son derrotados en una lucha a la que no son ajenas las superpotencias. Y ante aquellos, que tanto despreciaba, en su segundo intento de conquista, esta vez en Honduras, donde terminan sus días. “El gran enviado de Dios a restablecer el esclavismo en la América española, se haya solo, inmensamente solo, y casi sonríe al pensar que morirá a manos de quienes, irónicamente, deberían estar hincados frente a él, agradeciéndole la gracia de servirle”, testifica el narrador.

Derrotado, añorando un plato de comida, sucio y andrajoso, es menos que una sombra de quien pocos años antes arribaba codicioso a territorio de Nicaragua, país del que llegó a ser presidente, con ambiciones de conquista y delirios de grandeza para le expansión territorial y doctrinaria de su nación.

Una gran obra que rescata para la literatura la mayor gesta heroica que hayan protagonizado los costarricenses. Una historia que sigue siendo un filón temático para historiadores, periodistas y escritores. También se suma a la narrativa otra novela sobre estos hechos: El general y el presidente (2009), del historiador Rafael Ángel Méndez, quien trata sobre el trágico desembarco de Juanito Mora y el general José Marín Cañas en Puntarenas.