(Imagen: Un hombre usando una mascarilla conduce su bicicleta en el puente Umberto I en la desolada Roma. (Foto: AFP).

(Imagen: Un hombre usando una mascarilla conduce su bicicleta en el puente Umberto I en la desolada Roma. (Foto: AFP).

Bella Ciao, Bella Ciao, Bella Ciao sonaba la canción contra los invasores en las ciudades desiertas de la Italia ocupada por nazis y fascistas. La ciudad vacía oía la vieja canción hasta estallar en aplausos de los ciudadanos ocultos, libres de las ataduras diarias, unidos apenas por el canto surgido de los balcones.

Era como un decir: –¡Aquí estamos, pero somos los de antes, ya no los de ahora! Que, cuando volvamos, habrá que repoblar la ciudad de otra manera porque la de ahora dejó de funcionar. 

Sobrevolar las ciudades nos permite ver la dimensión del caos. Con la ciudad vacía, un silencio atronador reinaba en Trastevere, el barrio de la “movida” de Roma, con bares y restaurantes vacíos, las calles desiertas y la gente encerrada en sus casas, tal y como dispuso el Gobierno para tratar de contener la epidemia de coronavirus.

Viajes prohibidos, bolsas hundidas, anaqueles vacíos en los supermercados, caras ocultas por mascarillas, calles sin gente, restaurantes vacíos, vuelos cancelados: ciudades desiertas.

«Es nuestra hora más oscura, pero lo lograremos», aseguraba el primer ministro italiano Giuseppe Conte en una entrevista al diario La Repubblica.

La dimensión del caos

En mes y medio, la pandemia desató la mayor fuga de capitales de los países emergentes desde que se tiene registros. En una semana caótica, suspendieron en dos ocasiones las operaciones en Wall Street, luego de una dramática caída de los precios de las acciones. Los principales indicadores de los mercados de valores cayeron a mínimos recientes.

Suspendidas automáticamente después de la apertura, cuando los principales índices cayeron en Wall Street más del 7%, superando el límite diario, las cotizaciones no reaccionaron en la reapertura: los índices continuaron cayendo. El S&P 500 perdió un 8,3%, el Dow Jones un 9,2%, y el Nasdaq un 8,4%. El Dow Jones marcaba, la semana pasada, un 20% menos que su pico del 12 de febrero anterior.

El desplome masivo se repitió en Europa, Asia y América Latina. Por primera vez una recesión económica afecta a todos y cada uno de los continentes.

El peso mexicano se hundía a su nivel histórico más bajo, tras el desplome del precio del petróleo. El lunes 9 se cotizaba a poco más de 21 por dólar, una pérdida de casi un 5% frente a su cotización del viernes anterior.

“Se dispara el dólar y expertos prevén una crisis económica masiva”, se leía en la prensa mexicana del día: los mercados del petróleo han colapsado y las bolsas mundiales de valores se han desplomado como consecuencia del pánico mundial del Coronavirus.

En Brasil, la bolsa cayó por debajo de los valores de enero del 2019 cuando, al asumir Bolsonaro, alcanzó los 91.012 puntos. Un récord que sus partidarios celebraban. El 23 de enero alcanzó casi 120 mil puntos. Bolsonaro venía para salvar el mercado.

El coronavirus es un riesgo económico exponencialmente mayor que un riesgo de salud: The Independent.

La semana pasada, sin embargo, se derrumbó junto con el mercado mundial. El índice Bovespa llegó a 88.537 puntos. La mayor caída desde 1998. El dólar también se disparó. Ya había despertado alarma cuando superó los cuatro reales por dólar. La semana pasada llegó a 5,7 reales.

Con las ciudades desiertas, el capital no fluye. Los colegios cerrados, los restaurantes cerrados, los museos cerrados, los conciertos públicos suspendidos, los choferes de los buses escolares sin trabajo, los estudiantes sin clases, las fábricas cerradas, los trabajadores sin trabajo…

La maquinaria se va parando

A medida en que se cierran las fronteras la maquinaria económica se va deteniendo. La mayor, la de Estados Unidos.

Todos esos riesgos aumentarán si el pánico se adueña de la gente, advirtió Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía.

Pero el jueves 12 se podía leer en la prensa (una escena ilustrada con fotos): pánico en Nueva York. Las tiendas de Manhattan atestadas, mientras los neoyorquinos almacenaban suministros y el alcalde de Blasio hacía un pedido desesperado de calma después de declarar el estado de emergencia en la ciudad.

El coronavirus es un riesgo económico exponencialmente mayor que un riesgo de salud, advirtió el especialista en desarrollo económico Omar Hassam, en artículo publicado en el diario The Independent.

“Si el virus lo afecta directamente es más probable que lo haga obligándolo a dejar de ir al trabajo, haciendo que su empleador lo tenga que despedir, o quebrando su negocio”.

Los miles de millones de dólares que desaparecieron del mercado financiero la semana pasada –advirtió– serán apenas el inicio, si el Gobierno no reacciona de manera adecuada.

Pero sobran las advertencias de que el coronavirus no es el responsable del derrumbe de las bolsas. Para Éric Toussaint, presidente del Comité por la Abolición de la Deuda del Tercer Mundo, los ingredientes para una nueva crisis financiera estaban presentes ya desde hace algunos años. Cuando el aire está lleno de material inflamable, cualquier chispa puede causar una explosión, afirmó.

Idea similar expresó el economista español, Juan Torres, en un par de artículos publicados en su página. ¿Un simple virus puede poner en solfa al mundo entero? ¿Una economía mundial tan potente y asentada pueda estar en peligro por esa causa?, se preguntó.

Su respuesta es que no. “El coronavirus es realmente peligroso no por lo que supone en sí mismo sino porque aumenta mucho la degradación del sistema en su conjunto”. Esa es su opinión.

Torres cita tres manifestaciones de una crisis que ya se venía gestando: una sobrevaloración de los títulos en las bolsas, el crecimiento insostenible de las deudas y la caída de la rentabilidad del capital material en favor del beneficio financiero.

Torres no cree que funcionará la política del Banco Central Europeo ni la de la Reserva Federal de los Estados Unidos, de comprar acciones basura a los bancos o acciones de empresas en problemas. La deuda no ha parado de crecer y es ahora unos ‎$70 billones más elevada que la de hace diez años.

“Si no se hubieran establecido políticas de austeridad tan nefastas, los gobiernos no estarían ahora al borde del precipicio por tener que hacer frente a gastos imprescindibles para salvar la vida de miles de personas”. Y la reducción de impuestos va a obligar a reducir gastos precisamente cuando hay que reforzar la actuación de los servicios públicos, agrega Torres.

La pandemia –concluye– amenaza con desencadenar una crisis económica y financiera mundial que puede destruir miles de empresas, millones de empleos y riqueza en todo el mundo.

Cifras inmanejables

La semana pasada el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de los Estados Unidos, encargado de monitorear el virus, estimaba en mil personas los infectados de coronavirus en el país.

La danza de las cifras quedó al desnudo el jueves pasado cuando la directora del Departamento de Salud del Estado de Ohio (que tiene cerca de doce millones de habitantes), Amy Acton, estimó en más de cien mil los infectados en el Estado, cerca de 1% de la población.

La demora en poder hacer las pruebas retrasó nuestra comprensión de cómo se podía extender la enfermedad, afirmó Acton, acompañada por el gobernador del Estado, Mike DeWine.

Pero no son estadísticas fiables, porque no se han dispuesto los recursos necesarios para la evaluación. No estaban disponibles a tiempo los tests de control de la enfermedad. En un hospital, un examen puede costar ‎$3 mil. Las estimaciones de muertes por coronavirus en Estados Unidos pueden llegar a ser asombrosas.

Sheri Fink, premiada periodista que cubrió la crisis del virus del Ébola, escribió en el New York Times la semana pasada que las proyecciones basadas en los datos del CDC muestran cifras enormes: entre 160 y 214 millones de personas podrían ser infectadas. De 200 mil a 1,7 millones podrían morir. De 2,4 millones a 21 millones podrían requerir hospitalización, cuando solo hay 925 mil camas en los hospitales, la mayor parte ya dedicada a personas gravemente enfermas.

Sin seguros

La limitada sanidad pública y el no reconocimiento de bajas médicas en el trabajo complican la gestión del coronavirus en Estados Unidos, afirman los expertos.

“La cuarta parte de la población laboralmente activa de Estados Unidos no tiene acceso a días de enfermedad remunerados, según datos del Departamento del Trabajo. La situación se hace más crítica para aquellos que no tienen contratos fijos o empleados de servicios como restaurantes y hoteles que, contradictoriamente, son las personas que tienen contacto directo con el público”, nos recuerda Loman Lima, de BBC News Mundo.

Además, hay personas que no pueden dejar de trabajar. Como Maurilia Arellanes, de un McDonalds de la ciudad de San José, en California: –Si no trabajo no podría pagar el alquiler, ni mantenerme.

Cerca de 28 millones de norteamericanos no tienen seguros médicos, lo que podría hacerles imposible acudir a centros para diagnosticarse, en caso de dudas. Otros 44 millones tienen seguros insuficientes, con altos copagos, lo que podría obligarlos también a evitar la consulta.

A estos se suman más de diez millones de inmigrantes indocumentados. Nos recuerda la BBC que “una nueva normativa del gobierno de Trump, que entró en vigor el mes pasado, limita la posibilidad de residencia en el país a quienes utilicen los seguros del gobierno u otros beneficios de salud”.

Por eso, la semana pasada la Cámara de Representantes aprobó una ley de emergencia para otorgar una paga de diez días de salario a los enfermos del coronavirus.

( * Historiador, Escritor y Periodista)

(Publicado también en Semanario UNIVERSIDAD de la Universidad de Costa Rica. Enlace:  https://semanariouniversidad.com/mundo/ciudades-desiertas-y-desplome-economico-deja-covid-19-en-el-mundo/)