Algo ha sucedido en Costa Rica. Algo importante que trastoca la esencia de la política, que puede generar un entusiasmo romántico en mucha gente, pero que puede conducirnos a un callejón sin salida y una trampa letal de la democracia.

La sociedad civil y las redes sociales se han convertido en la verdadera oposición. Ante la inopia de los partidos políticos de oposición (del PLN, el gobiernista, ni hablo hoy, pues merece un artículo aparte), son más bien las agrupaciones civiles de vecinos, las redes sociales, las ONGs o ciudadanos individuales que emprenden cruzadas cívicas, los que realizan hoy día la función de revisión crítica y de contención de los actos de gobierno. La gente va hoy dos o tres pasos adelante, mientras los partidos andan "haciendo política" a la vieja usanza, más o menos improductiva.

Veamos tres casos concretos: Crucitas, la carretera a San Ramón y la refinería de Recope. Errores jurídicos de bulto del Gobierno y de varios funcionarios públicos hicieron naufragar esas tres iniciativas. Esos proyectos los abortó la ausencia de corrección jurídica y los vicios de opacidad y posible corrupción implícitos en algunos de ellos, y no ninguna conspiración contra el desarrollo de Costa Rica como he oído decir a algunas personas, quizá con comisiones y honorarios por cobrar en algunos de ellos.

Sin embargo, no fueron ninguno de los partidos políticos de oposición (PAC, PUSC, ML y menos los otros que andan por allí) los que tuvieron la voz cantante en estas cruzadas: fueron las redes sociales y la gente de la calle. Los ciudadanos, el verdadero soberano en una democracia. Mientras tanto, los partidos políticos de oposición en el Parlamento se dedicaron a ver los conejitos del bosque, sin percatarse de algunos elefantes que les pasaban enfrente. Por ejemplo, los partidos agotaron un año y medio en discutir 6 o 7 artículos de la Ley de Tránsito (un tema relativamente marginal en esta coyuntura de nuestro país) y no se percataron de la decisión política más trascendental de los últimos dos años en Costa Rica: la elección del Contralor General de la República, una institución absolutamente central, pues todo, absolutamente todo, pasa por allí. Sin embargo, ni vieron pasar ese elefante. Un objetivo de la oposición era nombrar en la Contraloría una persona con absoluta fuerza y carácter para enfrentar los intereses creados y grupos de presión en el óleo de cientos de millones de dólares que se mueven alrededor de la Ley de Concesiones y los proyectos hechos bajo su amparo. Pero no, no vieron ese elefante...Era más importante discutir algunos artículos de tránsito.

Otro ejemplo, y me adelanto para no herir susceptibilidades. El tema de los derechos de libertad sexual es importante en una democracia, y celebro la lucha contra del diputado Orozco y su medioeval posición en la materia. Sin embargo, esa discusión puede ser de menor rango en una coyuntura dada. Para el caso, fue una cortina de humo que impidió a la oposición en la Asamblea Legislativa hacer lo que, desde hace meses, debía hacer en la cuestión del affaire Soresco, Refinería, etc. Llamar a la Contraloría y pedirle cuentas sobre las autorizaciones de un contrato que ya nos costó US$ 50 millones de dólares. ¿Quién controla al controlador en una democracia? El Parlamento. La actuación final y a destiempo de la Contraloría (pues debió haber parado esto hace 2 o 3 años) fue resultado de la presión social, pero no de los partidos. Pero ya nos costó US$ 50 millones, repito.

Dije al inicio, sin embargo, que este escenario en que las redes sociales se han convertido en la oposición efectiva conlleva una enorme trampa. Genera un descontento y un cabreo social que no puede ser canalizado por el sistema político. A eso dedicaremos la próxima columna.

(* ordonez@icgweb.org)