La que motivó y sufrió las más terribles guerras de la historia, derramando mares de sangre propia y ajena, en una disputa intestina por la supremacia de unos sobre otros, está enferma. 

Constatar esa realidad no nos alegra, nos entristece. La hubiéramos preferido robusta y sana, desarrollando todo su inmenso potencial. Ampliando su aporte a la cultura y al bienestar universales, de forma creativa e independiente. 

¿Qué ha pasado? ¿Como es que ahora, ella que llenó de emigrantes a tantas tierras, rechaza y persigue a los que hoy llegan, igual que ellos ayer, buscando oportunidades? ¿Como es que hace causa común con las aventuras desventuradas de un patituerto imperio, que se ha creído heredero de aquellos afanes imperiales de siglos idos, que llevaban a poner la bota dominante donquiera se antojaba.

Qué lleva a millones de europeos del sur, del centro, del norte, del este y el oeste a dar tumbos en búsqueda de respuestas a sus problemas no atendidos. 

Europa necesita reinventarse, deshacerse de tanto lastre acumulado, soltar amarras, dejar para la historia un sistema económico que privilegia el lucro sobre el hombre, que ha sido diseñado por y para industriales y banqueros. 

Los pueblos europeos que han vivido en relativa abundancia y bienestar por mucho tiempo, ahora, sabiendo que en definitiva el camino recorrido no conduce a nada estable, deben enmendar el rumbo, olvidarse de superioridades materiales y desempolvando pensadores, ponerse a la par de los pueblos de otros continentes y dar y recibir, humilde y solidariamente, ideas, gentes, tecnología, recursos, que ya no serán saqueados y arrebatados, como antes, sino aportados a la causa común de la raza humana.

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