Este fin casi simultáneo constituyó el último capítulo de una épica guerra que involucró a toda Centroamérica y cuya riqueza histórica se ha ido olvidando, en gran parte debido a la excesiva simplificación con que los hechos nos han sido transmitidos por el sistema educativo formal. Para un gran sector de los costarricenses, todo se reduce a una batalla que se conmemora el día once de cada abril, en que un muchacho alajuelense murió quemando un mesón.

Hace algunos años, por circunstancias azarosas, tuve ocasión de estudiar a fondo no sólo las incidencias de la guerra de Costa Rica contra los filibusteros, que abarca básicamente un periodo de año y dos meses (de marzo de 1856 a mayo de 1857), sino los antecedentes que se remontan al arribo de Walker a Nicaragua en 1855 y los conflictos políticos y sociales que vivía Costa Rica en ese momento, bajo el gobierno del presidente Mora.

Llegué a la convicción de que aquél fue uno de los momentos más decisivos y apasionantes de la historia de Costa Rica y Centroamérica y, debido a mi manía de querer narrar todo lo que me inspira, decidí que esa historia debía convertirse en una novela que nos permitiera contemplar en carne y hueso a los artífices de nuestra libertad. Después de varios años de trabajo, el resultado de esa decisión vio la luz bajo el título “La Guerra Prometida” (Alfaguara, 2015).

Al cumplirse, el próximo viernes, 156 años de la muerte de nuestro héroe nacional Juan Rafael Mora Porras -don Juanito para los costarricenses de su tiempo- me permito ofrecer uno de los capítulos como muestra de La Guerra Prometida, para quien tenga interés en hacer un primer acercamiento a la obra. El libro puede ser adquirido en cualquiera de las sucursales de Librería Internacional.

 

"San José, 1855

Más que un hombre parecía un pájaro: ojos pequeños y redondos, mirada  torva, nariz ganchuda y cuello encorvado como las aves carroñeras; piernas largas y escuálidas; manos luengas y callosas; movimientos rápidos e instintivos como los de una avecilla mielera siempre lista para emprender el vuelo. Atenuaban su aviaria anatomía los pantalones y camisas anchas con que solía cubrirse y una inocente sonrisa de criatura tierna. Aunque de criatura no tenía nada. Rondaba los veinticinco años y era un hombre hecho y derecho, duro para el trabajo y curtido por la vida. Se llamaba Nicasio Pérez y podía decir de él quien no lo conociera bien, que era una persona ordinaria en el más anchuroso sentido de la palabra. Sin embargo, poseía una habilidad insólita y secreta por la cual se hallaba esa noche en casa tan notable, en ese aposento umbroso y en presencia de ese no menos notable caballero de mejillas pálidas, ojos evasivos y labios tristes acartonados por la fiebre. Estaba sentado este caballero tras un escritorio pulcro y sus toses intermitentes agitaban las flamas del par de velas con que precariamente alumbraba su lectura. Una compresa de alcanfor le envolvía la frente; llevaba arrolladas las mangas de su camisa blanca hasta la altura de los codos y la densa sotabarba que le enmarcaba el rostro tenía un aspecto de negligente abandono. En tan calamitoso estado, la verdad es que este hombre no tiene el aspecto amenazador del que hablan sus enemigos, pensó Nicasio. No había en su  postura un solo indicio del excesivo poder que le atribuían, ni un signo de las perversas artes de maquinación que le endilgaban. Sólo era un hombre. Carne y hueso. Fragilidad. Puro desamparo.

−¿Está enfermo, señor?

−Estoy muerto –respondió el presidente.

Nicasio titubeó y amagó retirarse.

−Si le parece… regreso otro día –propuso.

El presidente negó con un gesto de la mano mientras –trabajosamente- se esforzaba en llevar un poco de aire a los pulmones.

−No, no, está bien, siéntese –ordenó-  A ver qué me trae… pueda que hasta me divierta un poco.

Nicasio asintió, tomó asiento y esperó a que el presidente volviera de un nuevo ataque de tos. Juan Rafael Mora −el hombre a secas, sin las dignidades de su investidura− se despojó de la compresa de alcanfor que le había colocado su mujer sobre la frente; se limpió el rostro con un movimiento envolvente del pañuelo y aspiró con fuerza.

−Adelante. Espero que esto valga la pena.

Nicasio se aclaró la garganta y su mente se conectó al momento preciso del día anterior en que entró a la gallera. Hacía calor, la acumulación de varios días de cuitas en las jaulas ofendía el olfato y los gritos de los espectadores y el canto de los gallos formaban una sola nube sonora insoportable.

−Llegué como a las dos y media y el señor ex presidente José María Castro y don Saturnino Tinoco estaban sentados juntos –explicó−. Detrás de ellos había un campo vacío, ahí me senté y empecé a escuchar. El doctor Castro preguntó: “¿Está usted seguro de lo que dice, Saturnino?, porque parece increíble”. Y el señor Saturnino contestó: “Totalmente, doctor, me lo dijo alguien muy honorable, que nunca inventaría un cuento tal. El presidente se está llevando una parte del cuerpo volante para su finca, o sea, que las contribuciones que pagamos son para proteger sus cafetales y no los de todos”.

−¡Qué miserable traidor! —exclamó el presidente entre soplidos de fuelle—. ¿Y qué dijo Castro?

−Dijo: “Es lo que siempre he dicho: Juan Rafael Mora es un hombre de ambiciones sin límite”. Y el señor Tinoco contestó: “Peligroso”. Y entonces el doctor Castro le respondió: “Perdone que se lo diga Saturnino, pero es bien extraña su actitud, porque pensando eso, aún es usted el más ferviente partidario de Mora”. Y el señor Saturnino le dijo: “Hay dos maneras de relacionarse con un hombre tan peligroso: enfrentarse a él abiertamente e irse al exilio, como tantos se han ido, o hacerse su amigo, tratar de influir un poco y, de paso,  protegerse a sí mismo ”.

El presidente soltó una carcajada  salida de los riñones y le sobrevino un nuevo episodio de tos y asfixia. Nicasio calló y esperó con paciencia a que le pasara la agitación. .

−¿Y qué más hubo?

−Don Saturnino dijo entonces: “Acuérdese que usted mismo lo tuvo en su gobierno”. Y el doctor Castro respondió: “Sí, pero entonces no era lo que es ahora”. Y el señor Tinoco  se quedó callado un momento y después dijo: “Los hombres son siempre lo que son, mi estimado doctor, lo que cambian son sus circunstancias”.

−Toda una verdad –interrumpió el presidente−. Él mismo es ejemplo de lo que dice: por mucho que se disfrace de caballero, no deja de ser una asquerosa rata de maizal. Pero, bueno, ¿qué más hubo?

−El señor Tinoco dijo: “Debe haber una manera de deshacernos de ese hombre, desde que está en el poder ha hecho muchos enemigos”. Y el doctor Castro respondió: “Pero tiene más amigos de lo que usted imagina, mi querido Saturnino, no se haga mucho de ilusiones”.

−¿Y qué más? –urgió el presidente.

−Pues… ahí se acabó la conversación, don Juanito, porque en ésas estaban cuando el gallo de Nicanor González, el que llaman el Pinto, le cayó encima al del juez don Juan Bautista Bonilla y casi le arranca la cabeza de un picotazo. Se hizo un pringadero de sangre que usted viera.

−Entonces… ¿ya no siguieron el tema?

−Ya no, porque a don Saturnino le tocaba su turno…Hubiera visto el gallo que llevaba, tenía una cola roja grandísima, así: como un arco –describió dibujando en el aire con el dedo índice.

−Está bien, le agradezco la información –interrumpió el presidente que en aquel momento no se sentía con ánimo para cuentos de gallos −. El domingo quiero que vaya a la misa de tropa y le ponga mucho cuidado a Francisco Yglesias. Seguro ahí nos vamos a topar, pero ya sabe, a mí ni me vuelva a ver.

 

Esa noche el presidente la pasó de perros, tratando de llevar un poco de aire a sus pulmones y soñando que una nube de langostas gigantes caía sobre el Palacio Presidencial, que las bestias devoraban las cortinas y el tapiz de los sillones y, no satisfechas aún, seguían con los oficios y los escritorios y hasta las patas de su propia silla de trabajo. Despertó sudando pero, al abrir los ojos, la mañana se iluminó con la sonrisa dulce de Inés y la contemplación serena de sus ojos limpios.

−Estaba quejándose –dijo ella− ¿se siente bien?

−Soñaba con los saltones.

−¡Ah!, una pesadilla…

−Ni comparada con la pesadilla de estar despierto− dijo Mora mientras frotaba los músculos aletargados de su rostro y comprobaba que podía respirar mejor.

Inés dejó pasar el comentario. Conocía su trasfondo y no estaba para caer en el tema recurrente de la política, así que buscó a tientas la bata de levantarse, se la puso encima y abandonó la cama de un solo impulso.

− Tengo que ponerme en movimiento… ¡Hoy es el gran día! –exclamó emocionada.

Juan Rafael Mora asintió con un sonido gutural y volvió a consumirse entre las sábanas. Desde hacía meses, ningún problema le había martirizado tanto ni le había hecho gastar sus energías tan inútilmente. Sus adversarios políticos se entretenían a lo grande, atribuyéndole –paradójicamente− la única calamidad de la que no podía ser inculpado, y sus amigos no se atrevían a defenderlo. Después de todo, también a ellos la plaga los tenía al borde de la ruina y se consolaban, como los demás, teniendo a quien culpar de su infortunio. El presidente, en cambio, se sabía solo e impotente frente al voraz enemigo.

Había aparecido una mañana a inicios del invierno, inopinadamente. Desde el norte, rasando los cerros, avanzó como una nube errante que a su paso oscurecía el cielo, pero no fue agua lo que cayó sobre los campos sino un turbión de langostas desaforadas que en pocos días habían devorado repollos, tomates, lechugas, lo más tierno de las huertas, para seguir con maizales y frijolares y cualquier cosa verde que se levantara siquiera un centímetro sobre la tierra. Por un tiempo, los cafetales estuvieron a salvo de la furia depredadora, pero no por mucho. Pronto empezaron a atacar los granos y las hojas de los arbustos y la alarma cundió paralela al desconcierto. “Si acaban con el café, acaban con el país”, sentenció el presidente el día en que, apoyado por los ministros y con el beneplácito de los finqueros, emitió el primer “Decreto para el combate y la extinción de los saltones”.

Por consejo de un experto traído de El Salvador, donde la plaga ya había hecho de las suyas, el bando ordenaba a las comunidades vigilar la aparición de las langostas y reaccionar preventivamente para frenar su avance. Hombres, mujeres y niños estaban obligados a acudir al campo, en el momento en que se les convocara, armados con ollas y cucharas, pitos, maracas y cualquier objeto que produjera ruido. Se armaban unas bullangas ensordecedoras que podían durar horas y repetirse varias veces al día todos los días de la semana, pero lo cierto es que los insectos no se daban por enterados y seguían satisfaciendo su voraz apetito sin inmutarse y avanzando en todas direcciones. Ante el anuncio de su cercanía, los parceleros corrían frenéticos a poner a salvo los productos a punto de cosecha, recogían cuanto fuera posible recoger y meter en las bodegas pero todo lo que quedara a la intemperie desaparecía en cosa de minutos.

El fracaso de la estrategia se evidenció muy pronto y entonces vino el segundo decreto que obligaba a todos los varones del país entre quince y cincuenta años, sin distingo de condición social, a integrar brigadas nocturnas para cazar a las malditas en sus refugios y acribillarlas a machetazos. Miles se sumaron a la campaña pero en dos semanas de cacería, y cuando toda la población masculina estaba a punto de enloquecer por los insomnios, la campaña se suspendió porque no se había logrado liquidar a más de doscientas langostas. ¿Dónde se metían? Los cazadores las buscaban inútilmente entre las hojas de las plantas, en los hoyos del suelo, en las copas de los árboles, en las riberas de las quebradas, debajo de las piedras y los troncos, en el fondo de las boñigas. Parecían esfumarse durante la noche, pero a los primeros cantos del gallo, resurgían como de la nada a continuar su implacable obra destructora. Fue entonces cuando empezó a esparcirse la especie de que los saltones no eran insectos comunes sino entes diabólicos, la primera de siete plagas que habrían de azotar al país por castigo divino. Se decía que Dios había liberado las fuerzas del mal sobre la tierra para escarmiento de los avaros cafetaleros, que se negaban a financiar a la Iglesia con un diez por ciento de sus ganancias. Por obra de su pecado, todo el pueblo habría de sufrir hambre y decadencia. Así fue como se empezó a proyectar sobre el presidente la sombra tenebrosa de la plaga. No solo porque era Juan Rafael Mora el más acaudalado cafetalero del país, sino porque resultaba público y notorio que había eludido reiteradamente emitir un decreto que gravara las exportaciones del grano con el sacro diezmo. El obispo Anselmo Llorente y la Fuente llevaba dos años de clamar por los fondos necesarios para la evangelización de su rebaño y no desperdiciaba ocasión, desde el púlpito o cualquier otra tribuna de que dispusiera, para machacar que era obligación de los cafetaleros devolver, para la obra de Dios, una migaja de las riquezas que éste les había prodigado en abundancia. Pero el presidente no mordía el anzuelo. “A mí no me pasa lo que a Braulio Carrillo, que lo tumbaron por la mitad de eso”, decía en privado, mientras en público agasajaba al obispo y asistía puntualmente a los oficios dominicales.

El tercer intento por vencer a los saltones fue la creación de los cuerpos volantes, los temerarios escuadrones a sueldo que iban por las fincas a plena luz del día, rociando el feliz descubrimiento de los científicos naturistas recién llegados de Alemania: una infusión a base de cicuta y cardo santo que emponzoñaba las plantas, mataba a parte de las langostas y desbandaba al resto. La estrategia aliviaba el problema por pequeñas zonas, pero no lo resolvía del todo porque los bichos se reconcentraban donde no hubieran pasado las brigadas exterminadoras. La lluvia lavaba todos los días el veneno y el enjambre se volvía a dispersar en nuevos y furiosos ataques.

 

Aquella mañana el presidente se demoró en la cama, hizo un desayuno abundante y anunció que atendería un par de asuntos urgentes, antes de acicalarse para el bautizo. A la luz del día, sus pulmones funcionaban mejor y las miserias de la salud parecían menos mortificantes. Además, los minutos extra entre las sábanas le habían servido para pensar en tibio –que es mejor que pensar en frío, por mucho que se diga lo contrario, según decía− y, por fin, creyó haber encontrado las fórmulas para acallar a sus detractores políticos y apaciguar a los curas. “Ya veremos cuántos gallos quedan en este corral, cuando mi plan esté en marcha”, pensó mientras se empinaba el último sorbo de café y Manuel Argüello, su sobrino predilecto y asistente personal, entraba a la cocina.

−Dígale a Bruno Carranza que necesito hablarle de urgencia, que se venga de una vez –ordenó.

Carranza llegó veinte minutos después en mangas de camisa, despeinado y con trazos de alarma en el semblante, pues las llamadas intempestivas del presidente solían tener un único significado: problemas y generalmente serios.

−Parece que lo sacamos de la cama –ironizó Mora ante la anárquica estampa del periodista.

−Me levanté a las tres de la madrugada para acabar un artículo importante –aclaró a modo de defensa.

Carranza era médico graduado con honores en la Universidad de San Carlos de Guatemala, pero ejercía la profesión a medias porque el virus del periodismo lo había invadido desde muy joven y la única manera de calmar los tormentos de la enfermedad era escribiendo. Dirigía El álbum de la paz, el único semanario que circulaba en la capital y en las principales ciudades de provincia, el cual mantenía de su peculio cuando las rentas propias de la publicación eran escasas, lo que ocurría por regla general.

−¿Ha escuchado los rumores en mi contra?

−¿A cuáles se refiere, don Juanito? Los comentarios en su contra corren como ríos –afirmó Bruno.

El presidente sonrió.  Las únicas personas de su entorno que se atrevían a decirle las verdades más descarnadas eran Bruno y Nicasio. Este último  porque el presidente lo forzaba; Carranza, en cambio, lo hacía por natural desenfado, aunque siempre se las arreglaba para soltarlas en aquel tono benigno y despreocupado que las hacía tolerables y hasta divertidas.

−Me refiero a eso de que me estoy llevando a la gente de los cuerpos volantes a hacer trabajos en mi finca.

−¡Ah! –exclamó Bruno−. Ese no lo había escuchado. Debe ser el más reciente. ¿No?

−Vaya usted a saber, pero ese comentario no me divierte para nada, Bruno. El problema de los saltones es el más serio que ha enfrentado la economía del país en los últimos años. Muy mal parado voy a quedar si la gente llega a creerse que me estoy aprovechando de su desgracia. ¿No le parece?

−Sin duda –respondió Bruno−, pero ¿cómo hacer? Los rumores son  como el agua de las nacientes, no hay forma de detenerla.

−Sí hay forma –dijo el presidente−, se puede construir un dique.

Carranza no pudo intuir qué clase de dique sería capaz de contener la corriente de los rumores, pero sabía que Juan Rafael Mora tenía la respuesta y esperó en silencio a escuchar lo que, seguramente, estaba a punto de proponerle. El presidente se puso de pie y caminó hacia la ventana, que ofrecía el panorama de la plaza principal. Como todos los sábados, era día de mercado y el cuadrante hormigueaba con centenares de compradores que se disputaban los escasos productos escamoteados a los saltones. El ambiente era tenso: a cada paso, la escasez y los altos precios levantaban escaramuzas verbales entre los vendedores y sus clientes.

−El mal humor es un mal síntoma político– dijo el presidente.

−El peor de todos– convino Bruno.

Mora se separó de la ventana y volvió a sentarse.

–Y si a eso le sumamos la maledicencia de los rumores…

−Mucho peor, pero usted sabe bien lo que pasa con los rumores –dijo el periodista−: si sale a desmentirlos no hace más que confirmarlos.

−Lo sé, en eso como en otras cosas usted ha sido un consejero muy agudo. Y precisamente esa es la razón por la que necesito su ayuda –afirmó el presidente auscultando las reacciones de Bruno que, sin embargo, se mantenía imperturbable−. Solo una realidad categórica podría contrarrestar esos rumores.

Una realidad categórica, explicó, sería un reportaje en el periódico El álbum de la paz, escrito por un periodista independiente y objetivo, que inventariara las fincas visitadas por los cuerpos volantes, los fondos invertidos en cada día de campaña contra los saltones, evidenciando de paso cómo algunos de los caballeros más encumbrados y cicateros del país se habían beneficiado del esfuerzo nacional sin aportar un centavo, mientras que humildes parceleros se quitaban el alimento de la boca para contribuir. Pruebas y testimonios tendría el periodista en abundancia.

Bruno Carranza se atusó los largos y puntiagudos bigotes, que le cruzaban la cara como un par de floretes, y esperó unos segundos a que el asunto se acomodara en su cabeza.

−Ajá –dijo− ¿y a quiénes tendríamos que triturar?

−No lo vea de esa manera –interpuso Mora−, no vamos a triturar a nadie, se trata simplemente de bajarle los ímpetus a todos esos que andan arrojando piedras sin estar libres de pecado.