Imagen: Foto suministrada por Núñez. Estación Muñecas en San Miguel de Tucumán, Argentina. 

La fotografía fue tomada en la zona de la estación Muñecas, ubicada al noroeste de San Miguel de Tucumán, cuando nos dirigíamos en tren a los talleres ferroviarios de Tafí Viejo, el 30 de setiembre de 2003, durante una visita que hicimos a la provincia, apenas cuatro meses después de haber asumido el gobierno nacional.

Era una tarde muy calurosa, por encima de los 32 grados, cuando entre medio de los tropiezos y apretujones por fin pudimos treparnos al vagón. Néstor fue a sentarse al primer asiento y a través de la ventanilla saludaba al pueblo que había salido a las calles.

La formación se puso en marcha sobre las vías por las que hacía años sólo circulaba, muy de vez en cuando, algún que otro tren de carga. Pero a poco de arrancar, una multitud de personas comenzó a brotar de todas partes para saludar el paso del Presidente.

Con banderas argentinas, con chicos en brazos, corrían y gritaban, se apretujaban, se subían donde podían, a los árboles, a los techos de chapa de viviendas enclenques, arriba de otros vagones de tren que habían dejado de correr hacía años, sólo para mostrar su felicidad y su esperanza.

La muchedumbre era tan grande que Néstor saltó de su asiento para asomarse por la puerta del vagón, chocando las manos con quienes se arrimaban al paso de la caravana, que marchaba muy lentamente por el estado de las vías y el cordón humano que sin interrupciones se extendía a todo lo largo del trayecto.

Con el hombro y el pie derecho apoyado firmemente contra el marco de la puerta, pasé mi brazo derecho alrededor de su cintura, mientras con la mano izquierda lo agarraba de la parte de atrás del cinturón que sujetaba su pantalón.

Por momentos Néstor se soltaba completamente para entregarse a los brazos y los abrazos de la multitud. Y yo temía que ni toda la fuerza de mis brazos, ni la hebilla del cinturón, pudieran resistir demasiado tiempo el peso de todo ese entusiasmo y de tanto afecto.

A mitad de camino el tren se detuvo y saltamos a un descampado. Familiares de desaparecidos y militantes de organismos de derechos humanos, señalaban con banderas la llegada al Pozo de Vargas, donde recién comenzaban las excavaciones, a pesar que hacía varios años se sabía que allí habían sido enterrados los cuerpos de alrededor de doscientos desaparecidos durante la dictadura militar.

Néstor puso un ramo de flores y nos quedamos un largo rato en silencio rindiendo homenaje a la memoria de los compañeros, con la vista clavada en el profundo pozo cavado en la tierra. Unos días después, la arqueóloga Alejandra Korstanje, del Instituto de Arqueología de Tucumán, describió en Página/12 sus sensaciones de aquel momento:

"Un familiar le acerca un ramo de claveles rojos....

El Presidente se acerca al pozo.

Se hace un silencio.

Sube a ese ascensor que está sostenido con un fierro de mi camioneta.

Duda si tirarlas al fondo o no. Finalmente pone las flores en el ascensor. Y yo rompo en llanto, en el rincón desde donde observaba todo.

No sólo por los desaparecidos que pueden estar allí abajo. No sólo por ver flores en el lugar donde cada viernes saco escombros con mis compañero/as y los bomberos. No sólo porque las primeras flores a estos muertos las puso un presidente que se bajó de un tren. No sólo porque a este presidente lo sostenía el hierro de mi camioneta. No sólo por eso, sino porque además sentía que vivía en un país que podía ser distinto. Y porque yo siempre creí que podía ser distinto. Y ese día, fue un país distinto."

Formé parte de un gobierno que impulsó la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final que amparaban a los genocidas, lo que permitió la reapertura de los juicios, la condena de cientos de asesinos, y puso fin a la impunidad del terrorismo de Estado. Estuve junto a Néstor cuando firmó el proyecto de ley que enviara al Congreso Nacional.

Estuve junto a Néstor cuando bajó los cuadros de los dictadores del Colegio Militar. Cuando en el acto de recuperación del predio de la ESMA pidió perdón en nombre del Estado argentino por la vergüenza de haber callado durante veinte años de democracia tantas atrocidades. Cuando en la ONU, frente a los mandatarios y representantes de todo el mundo, dijo: "Somos hijos de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo".

Y estuve junto a Néstor cuando aquella tarde hizo detener la marcha del tren en un paraje desierto en las afueras de San Miguel de Tucumán para descender hasta aquel infierno que aún representa el Pozo de Vargas. Aquella tarde, a pesar de que la distancia fuera de apenas unos diez kilómetros, tardamos más de una hora en completar el recorrido.

Una mañana, hace ya diez años, Néstor se me escapó de entre los brazos para siempre. Ahora entiendo que diez kilómetros en una hora pueden ser el más largo viaje de toda una vida. Y entonces estiro mi brazo derecho rodeando su cintura mientras con mi mano izquierda sujeto el cinturón de su pantalón. Asomado desde la puerta de un viejo tren, agitando sus puños apretados, Néstor sigue ahí, viajando entre nosotros.

(* Núñez es periodista. Fue el vocero Presidencial de Néstor Kirchner (2003-2007) y de Cristina Fernández de Kirchner (2007-2009).