Imagen tomada del libro Cuentos de la Campaña Nacional de 1856, de la escritora Lissette Monge Ureña

(Imagen tomada del libro Cuentos de la Campaña Nacional de 1856, de la escritora Lissette Monge Ureña)

Nuestra casa era pequeña. Contaba con un corredor al frente, una galera atrás y tres aposentos. En uno dormíamos los tres en dos camones con esteras de paja, en otro cocinábamos y teníamos un moledero, un trastero y una mesa que servía de sala para recibir las visitas, en el otro cuarto, muy oscuro por cierto, guardábamos chunches y cosas para labrar en el cerco.

En la galera pasábamos la mayor parte del tiempo haciendo oficios como lavando las ollas y los comales de hierro con ceniza y jugando con amiguitos que vivían cerca de la casa, con trompos, canicas y llevando de un lado para otro café, maíz y frijoles en carretitas con bueyes de madera.A pesar de que estábamos en guerra, mamá y las señoras vecinas vivían pendientes de todo lo que sucedía.

Los hombres del pueblo, como mi padre, peleaban en Nicaragua. Yo no entendía muy bien contra quienes, pero escuché al cura decir en las misas dominicales, que esos enemigos eran malos y nos quitarían nuestras casas, la religión católica y la paz en la que vivíamos.

Eso me ponía muy triste. No habíamos vuelto a tener a papá en la casa. Mamá se cansaba mucho porque hacía los oficios de ella y los de mi papá. Entre todos recogíamos la cosecha del café obtenida de un pequeño cerco que estaba a la par de la huerta y trabajábamos en esta en las tardes, desyerbándola y haciendo las eras para cultivar algunas verduras y hortalizas. Mi mamá vestía de negro rígido por la muerte de dos hermanas, debido a una gran diarrea que trajeron los soldados meses atrás y también murieron primos y algunos vecinos.

Hubo mucha desolación en nuestro barrio por esa peste pero el curita seguía diciendo que la guerra no podía detenerse hasta echar al enemigo de estas tierras.

En las tardes mi madre se sentaba con otras vecinas a comentar sobre la guerra. Decían tantas cosas que a mí se me paraban los pelos de miedo, abría los ojos y casi ni respiraba cuando decían que tal vez nadie regresaría con vida porque el enemigo recibía muchas armas de otros lugares muy ricos, que a todos nos harían sus esclavos, tendríamos que hablar de otra forma y aprender otra religión. Escucharlas y ponerme a rezar de inmediato era el único consuelo posible en aquellas fatales circunstancias.

Los días se hacían eternos. No me iba nada bien en la escuela. Pasaba pensando todo el tiempo en la guerra, en la muerte, en mi padre y en su regreso a la casa.

Recordaba que cuando se fue nos llevó al centro de San José y ahí el jefe de los sacerdotes despidió a los soldados y él me dijo que nunca dejara sola a mi mamá y a mi hermanita y yo le cumplía esa promesa con todo el coraje y la obediencia que él esperaba de mí.

A veces me molestaba con el Presidente Mora y con el cura de la iglesia. Algunos decían que Mora era muy terco al continuar con esta guerra y deseaban que todos regresaran pronto. Los que más entendían el enredo de la guerra aseguraban que lo mejor para Costa Rica era no rendirse y llegar hasta el final porque si perdíamos o nos rendíamos el destino que nos esperaba era muy cruel.

También supe que a nuestros soldados los ayudaban otros ejércitos de países cercanos al nuestro y que la guerra cada día se complicaba más.

Estábamos en el mes de abril de 1857. Las noticias que se recibían decían que nos iba bien y que estábamos  ganando. Yo rezaba todas las noches con la ilusión de que mi padre regresara con vida. Nada me importaba más que eso. Y un día, como un milagro que me hacía el Niño Dios, la maestra nos dijo muy feliz que la guerra había terminado y que habíamos obligado al enemigo a rendirse el 1° de mayo de ese año.

Yo no pude esperar más y salí corriendo de la escuela a contarle a mi madre y a mi hermanita la gran noticia ¡Papá volvería! Ese fue el día más feliz de mi vida.

Mi madre muy afanosa y radiante de felicidad nos puso a recoger todo lo que estaba mal puesto en la casa.

Recuerdo que barría tres veces al día el patio por si papá llegaba en cualquier momento que todo lo encontrara tan bien como él lo había dejado. Lo peor es que yo no paraba de barrer porque las matas de chayote estaban muy secas por el verano y las hojas eran abundantes en su caída. A pesar de tanto trabajo, estaba muy contento y ansioso por la llegada de los soldados victoriosos y sobre todo de mi papá.

Una vecina avisó a mi madre que el 13 de mayo, de ese inolvidable año de 1857, muy tempranito estarían llegando las tropas a San José y que había que salir a recibirlos. Mi madre me volvió a ver y me dijo rebosante: Chepito ahora sí, a ponernos guapos para recibir a tu tata.

Jamás olvidaré la fiesta que vivimos ese día. Mamá se puso hermosa y a nosotros nos bañó muy bien y nos dio pedazos de tejas para que raspáramos nuestros pies descalzos. Quedaron rosados de tanto que los restregamos.

Yo me puse unos pantalones cortos y una camisa blanca, mi hermanita se puso un vestido de flores rosado y mi madre se quitó el luto. Se veía muy feliz y con una mirada alegre y llena de esperanza. Se recogió su pelo largo y frondoso en un moño y se pasó un poco de color en sus labios y en sus mejillas, estaba radiante.

Nos fuimos junto a un grupo de vecinos que iban a caballo y en carretas. Ese día yo hubiera caminado hasta Nicaragua si hubiera sido necesario para encontrarme con mi papá. Nos ubicamos cerca de la Plaza Mayor.

Había mucha gente. Nos dijeron que al paso de los soldados les lanzáramos flores y los aplaudiéramos.

Pasaban y pasaban y nosotros a todos los festejábamos pero mi padre no aparecía por ningún lado. Carretas engalanadas, caballos bien montados, soldados con sus uniformes limpios y los altos militares con sus condecoraciones que lanzaban destellos al sol. Nuestra bandera danzaba movida por el viento del verano.

Fue un recibimiento lleno de alegría y sentimientos encontrados: llantos y sonrisas a la vez. Muchos no esperaban a nadie porque la guerra se los llevó. Familias como la nuestra se notaban muy ansiosas porque aparecieran sus seres amados entre el pelotón.

Ahí, por primera vez experimenté lo que significa el amor a la patria. De pronto unas lágrimas se escaparon de mis ojos y rápidamente con la mano las sequé. No quería que mi padre viera que su hijo lloraba pero es que también cuando se siente que el corazón va a explotar de felicidad, el llanto aflora y nos ahoga.

Vivas y cantos patrióticos entonados por todo el pueblo se escuchaban con fuerza. Veía el Pabellón ondear frente a mí y me sentí muy feliz al estar de la mano de mi mamá y de mi hermana. Pensé: lo que siento es el amor por la patria que nos explica mi maestra en la clase y que nunca entendí.

Este sentimiento compartido por la labor cumplida y con honores me hacía sentir dueño del mundo. Nunca había sentido nada igual. Amaba a mi país, a mi gente, a los soldados, a mi familia, al Presidente Mora y al curita del pueblo. Estaba feliz porque se había defendido nuestra paz y nuestra libertad. Ya no seríamos esclavos. Hasta sentía que de nuevo respiraba.

De pronto divisamos varias carretas que traían a los soldados heridos. Y ahí, por un sombrero viejo y descolorido reconocí a mi papá. No pude más, solté la mano de mi madre y corrí hacia él. Subí a la carreta y lo abracé. Mi papá me pegó a su pecho y nos fundimos en un profundo abrazo, bañados con lágrimas de gozo. Pasamos frente a mi hermana y a mi madre. Mi padre las miró extasiado. Él no le falló a la patria...y nosotros tampoco.

 

                                                                                       FIN

 

ACTIVIDADES PARA REALIZAR EN CASA

1. Lean el cuento de manera individual o familiar.

2. La persona con mayor edad organiza a los presentes para que realicen entre todos un resumen del cuento.

3. Cada quien dibujará el personaje que le resultó más agradable y lo identificará con una palabra que indique el valor que lo caracteriza.

4. Se presentan al grupo familiar y exponen las características de este personaje y por qué lo seleccionaron.

5. De manera secreta colocan en un papelito el nombre del miembro de la familia que tiene características semejantes a cada uno de los personajes seleccionados.

6. Se sientan en una ronda, a metro y medio de distancia entre cada uno, cierran los ojos y reflexionan sobre los sufrimientos familiares que se generan en épocas de guerras, epidemias, accidentes, otros.

7. Cada miembro de la familia expone cómo se deben comportar en períodos de crisis.

8. Al finalizar la ronda, aplauden para compartir el sentimiento de la solidaridad y del cariño familiar.

9. Se levantan, expresan sus emociones con ejercicios o danzas y organizan una merienda para compartirla.

Esta se debe llamar: “Juntos defenderemos todo lo que queremos”.

(* Escritora, miembro de la Academia Morista de Costa Rica)

Libro Cuentos infantiles sobre la Campaña Nacional de 1856.