La acepción primera del vocablo IDIOTA proviene del griego (Grecia la cuna de la Polis y la democracia) y calificaba a todo aquel que no se interesaba por lo público -por el bien público, por el bien de todos los ciudadanos-, tanto como hoy muchos costarricenses que prefieren ver los toros desde lejos, y, en caso de participar, lo hacen con el cálculo de favorecerse ellos mismos -oportunistas, corruptos, falsos, y lamesuelas- antes, durante y después de todo.

Los otros IDIOTAS pertenecen al calificativo que proviene del latín y refiere a la falta de buena testa, de algo menos que cuatro dedos en la frente, de la incapacidad para distinguir y diferenciar entre el reguetón y Vivaldi, para entender que un premio Nobel no es sinónimo de bien nacido y que, además del futbol, pueden existir otros quehaceres humanos que valgan la pena. No solo de bola y patadas está hecho el mundo, apague el TV y abra su puerta: el mundo hiede y se nos puede ir de las manos como las aguas que corren desbordadas por nuestras calles. En éstas otras personas su condición es redimible, no es asunto cromosómico, también es una postración inducida por la explotación. De los IDIOTAS en griego tengo dudas, su codicia les ha cerrado el corazón y la razón.

Basta echar una mirada a la prensa y a las redes sociales: ayer un empresario turístico de la zona norte distinguía entre “malos” y “buenos” ticos de acuerdo a la cantidad de odio que usted albergue en su corazón contra sindicatos, el Presidente y todo aquella persona que difiera de los sacrosantos postulados del dinero y el egoísmo. Llaman a derrocar al Ejecutivo y a dejar que mueran de hambre 300 mil compatriotas burócratas. Falta poco para invocar el linchamiento y la quema de la Constitución y toda otra ley que ordene la sana convivencia. Emulan los tiempos del mono Ulate con su: “no le hable, no le venda, no le compre” que instigó el desborde sangriento de 1948.

Estos falsos IDIOTAS le acaban de otorgar un emolumento del 0,67% a los empleados privados -llamados por la prensa a odiar a los asalariados públicos- y calladitos porque en el sector privado no hay sindicatos, no porque la ley no lo permita, sino porque la cultura empresarial los aplasta. La Ley es letra muerta.

En el cálculo de nuestro empresario de marras hay una presunción idiota: aun cuando lograran quemar y asesinar a sindicalistas y rebajar los sueldos públicos a ras de suelo perderían una capacidad de consumo que sus empresas todos los días reclaman. Empobrecer a los asalariados, tanto públicos como privados, constituye un cuchillo para su propio pescuezo -la baja inflación y el sostenimiento artificial del tipo de cambio son mitos que al final no rinden los frutos de rentabilidad esperados- porque si no hay plata en los bolsillos de la gente no hay la capacidad de compra que haga crecer sus negocios. Vaya contradicción: si no hay reparto su riqueza se estanca.

Son unos IDIOTAS los instigadores del odio -pero en su segunda acepción- que no han visto que la crisis generalizada del capitalismo corre veloz a la deflación, a los intereses negativos y a la implosión de una burbuja especulativa que nos tiene al borde de una guerra nuclear.