Juan Ramón Rojas, novelista y periodista costarricense, es un sobreviviente de la epidemia de poliomielitis enfermedad viral que azotó a nuestro país entre 1952 / 54.

Durante toda la década se conocieron de muchos casos más, como 1951 (53) y el 1956 (170). Antes, en 1928 (seis) y en 1944 (134), solo para mencionar algunos años.

Pero es posible que los afectados y los muertos fueron más, muchos más. Era una Costa Rica mucho más pobre, sin los medios de comunicación actuales y con muy limitados servicios médicos. Los servicios básicos de salud alcanzaban poco más de la población del Valle Central y, en ocasiones, ni eso. Los hospitales eran escasos, las clínicas, afuera de la capital, raramente existían.

Y los Ebais, que ahora se encuentran en los más lejanos rincones del país para bien de todos, apenas fueron creados a mediados de la década de 1990.

La poliomielitis es una enfermedad viral que afecta básicamente a la población infantil, incluso recién nacidos. Puede causar la muerte o parálisis parcial o total. Entra al cuerpo por la boca o la nariz por contaminación fecal. No tiene cura. Su vacuna fue desarrollada por Jonas Salk, en 1955, Estados Unidos, y al año siguiente se comenzó a aplicar en Costa Rica. Aquí se presentó el último caso en 1972. Fue el primer país latinoamericano en inmunizarse contra este mortal virus.

En ese tiempo, en nuestra zona rural, sin los servicios elementales de salud, era frecuente que los niños enfermaran y murieran, sin atención médica, de enfermedades epidémicas que ahora están controladas. Las madres, en partos caseros, también era habitual que murieran. El sistema de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) era precario y estaba concentrado sobre todo en el Valle Central y, escasamente, en cabeceras de provincia o poblaciones de mayor tamaño.

En mi caso enfermé y solo se supo la enfermedad que padecía cuando ya lo más grave había pasado y, como es de suponer, había sobrevivido. Era una zona rural del cantón de Bagaces, alejado de todo centro de población. Sin escuelas o servicios de salud cercanos. Por lo tanto, en los 1081 pacientes que aparecieron registrados en los hospitales en 1954, no se cuenta mi caso.

Es de suponer que, en zonas alejadas de la capital, muchos enfermaran y algunos murieran sin recibir atención médica. Quedarían con serias discapacidades para el resto de sus vidas, pero no entraron en las estadísticas oficiales. O serían sepultados sin conocer la enfermedad, una más, que los había afectado.

En barrios de San José surgieron brotes de intolerancia contra familias que tenían un niño enfermo por el temor a que se expandiera el contagio. Padres abandonaron a sus hijos en hospitales para evitar cargar con el estigma de tener un hijo con discapacidad (“minusválido”, se decía). Fuerte fue el contagio de la poliomielitis.

En mi caso quedé con secuelas, aunque pude hacer una vida relativamente “normal”, es posible que poniendo un esfuerzo adicional para “competir” en igualdad de condiciones en mi desempeño laboral, incluso negando mi discapacidad. Por la condición de aislamiento en que vivíamos, alejada de todo centro de población, en una familia muy numerosa (diez hermanos) y muy pobre, nunca recibí atención médica. Me enfermé y solito, en casa, me recuperé, aunque pasaron años para que pudiera volver a caminar con alguna dificultad. Desconozco cómo llegó el virus a un lugar tan apartado.

Solo a finales de los 90, ya cuando mi vida laboral empezaba a declinar, pero aún con la grata tarea de terminar de criar a mis hijos, recibí atención médica. Dos operaciones, 2001 y 2002, en el Hospital México. Me hicieron una artrodesis y seguí adelante. Desde hacía algunos años venía padeciendo secuelas, con terribles dolores a toda hora que me impedían incluso conciliar el sueño.

No dejé de laborar. Es lo que algunos especialistas llaman el síndrome pos polio. No están claros los motivos, pero se denomina así al síndrome porque supone un resurgir de la enfermedad en la edad madura en la población que la sufrió en la infancia. Tengo entendido que no a todos les sucede.

Algunos especialistas lo diagnostican como el normal deterioro causado por la edad y el esfuerzo físico realizado a través de los años. Como decía, me operaron en dos ocasiones y pude continuar laborando, como periodista, unos años más. Seguí el tratamiento en el México, por algún tiempo, hasta convencerme de que no podían hacer nada más y lo dejé.

La polio es una enfermedad que es parte del pasado y, afortunadamente, no del presente, y, por lo tanto, de escaso interés para la ciencia médica, aquí y en todos los países donde está erradicada.

Más que para médicos, es tarea para historiadores, como posiblemente lo será el Covid-19 en unas décadas. Confiemos. Quienes la sufrimos en aquella época y hemos sobrevivido, ya cargamos un buen número de años. Creo que sucede igual en el resto del mundo.

Aunque arrastrando secuelas, algunas de las víctimas estamos en regulares condiciones de vida. Otros no.

Valgan estas reflexiones cuando una pandemia mortal azota al país y al planeta. Y todos, sin que los servicios médicos nos lo recuerden, debemos cuidarnos. De la manera más simple, todos podemos colaborar para que la pandemia no se propague. Debemos respetar las indicaciones médicas.