La vergüenza y la desvergüenza, la pobreza de planteamientos, el cinismo, la ridiculez y el déjà vu del tradicionalismo político, tuvieron su noche de estrellas.

Para empezar, cuatro de los cinco aspirantes a la candidatura presidencial iniciaron sus participaciones rasgándose las vestiduras por los pecados del PLN, su alejamiento de los problemas y necesidades del pueblo y la clase media (que fue en los orígenes su gran clientela electoral) y la luna de miel que vive desde hace algunas décadas con los intereses del gran empresariado.

Reconocieron el fardo de bochornosos episodios de corrupción que arrastra el partido y los errores cometidos por sus anteriores gobiernos en materia económica y social.

Nos dicen que han decidido postularse por el PLN porque poseen la fórmula (cada uno la suya) para transformar esa triste realidad y llevarnos a la Tierra de Jauja. ¡Varitas mágicas veredes, amigo Sancho

El único que se saltó la trampa fue José María Figueres quien optó por reivindicar el desarrollo económico y social que el país experimentó durante los primeros mandatos liberacionistas del siglo anterior y se presentó ante los electores como el hombre capaz de rescatar ese pasado y llevarnos a nuevos estadios de desarrollo.

“No miren hacia atrás, sino hacia el futuro”, proclamó con desfachatez, para acallar las alusiones de los otros contendientes a su involucramiento en el escándalo de sobornos de la empresa Alcatel, así como el cierre de los ferrocarriles y del Banco Anglo durante el gobierno que presidió entre 1994 y 1998.

Rolando Araya, por su parte, reclamó constantemente que el debate no se centrara en los grandes temas nacionales como el desempleo y el estancamiento económico, pero cuando tuvo ocasión de abordar dichos temas solo habló de colocar bonos por 20.000 millones de dólares con respaldado en “las enormes riquezas minerales” que tenemos”.

Eso fue todo. La visión de futuro de Rolando Araya es abrir las entrañas del país para que las empresas mineras transnacionales arrasen con todo. Un desvío escalofriante del modelo de desarrollo sostenible que Costa Rica -no un gobierno, sino la nación en su conjunto- ha venido construyendo durante décadas.

Más allá de eso, solo se puede mencionar su insistencia en que se debe estudiar el uso del dióxido de cloro como tratamiento contra la Covid-19.

El hombre que dejó el PLN hace 13 años, acusándolo de haber entregado sus principios y claudicado en su ética, alegó que su regreso se debe a que “el país enfrenta la peor crisis de su historia”, como si un partido sin principios ni ética tuviera posibilidad alguna de solventar una crisis de tales proporciones.

De Claudio Alpízar poco puede comentarse porque poco dijo. Su estrategia consistió en demostrar que él está capacitado para gobernar porque tiene 59 años de estar observando los errores de los demás.

Admitió que experiencia directa en funciones públicas no tiene, pero adujo que su condición de analista político le confiere una vasta experiencia para conducir los asuntos del país.

Los otros dos, Roberto Thompson y Carlos Ricardo Benavides, diputados en la actual legislatura, tuvieron una participación más bien desteñida. Su postura más fuerte fue la defensa del proyecto de Ley de Empleo Público, actualmente en discusión en la Asamblea Legislativa. Puntos menos para ambos entre los burócratas, que seguramente tendrán mucho peso en las votaciones.

El domingo 6 de junio, los liberacionistas acudirán (los que acudan) a una convención realizada en el peor momento de la pandemia del Covid-19, para elegir entre cinco precandidatos que son el reflejo de un partido “sin ética ni principios”, como dijo Araya. Y, encima de todo, sin liderazgo.