Foto: Mauricio Alvarez. Cerro Urán, 3660 m/snm, Un cerro para sanar. Cordillera de Talamanca.

Este cruce de unos 5 kilómetros, desde Urán a la cumbre Chirripó, genera una experiencia alterada de conciencia, de mucha meditación y reflexión interna. Algo que podría llamarse sanación para las “almas en pena” que hacen la travesía.

El origen de su nombre Urán es un enigma, pero es una “voz de origen cabécar, de significado no determinado” (Toponimia Indígena de Costa Rica; 2006). Otro investigador lo recoge como “Ulán” nombre de una sabana situada en la parte alta de la región de Ujarrás (Thiel citado por Margery 1989). Sea Urán o Ulán lo que si es claro que es un paso actual entre Caribe-Pacífico y un sitio sagrado según los usos y costumbres del pueblo Cabécar.

Gracias a las cíclicas e importantes arenas del Sahara, el clima fue atípicamente bueno y estuvimos entre dos tormentas antes y después de la visita. A mayor ascenso menos oxígeno y en esos kilómetros lo que dicen los más técnicos es que, en esta travesía, entre el esfuerzo físico y la belleza escénica uno va dejando capas de sedimentos y contaminación emocional que nos va desenvolviendo el alma. Llevábamos, además, kilos extras de miedo y preocupación por la trágica muerte días antes de una montañista, y todo el terror de la sociedad que se ha ampliado por la pandemia, que recibimos de nosotros mismos y de las preocupaciones de los seres que amamos.

La travesía al cerro, sin saberlo, me hizo una transición de corredor de décadas a caminador, fue difícil, pero sin duda ahora puedo agradecerle a esta montaña bajar mi ritmo y encontrarle el placer a la caminata. La preparación es quizás más importante que el evento en sí, es aceptar la disciplina y estar con las botas puestas en cuerpo y alma.

Esta ruta permite compenetrarse con la naturaleza, con su geología, geomorfología y la vida que se abre paso en estas condiciones de altura y bajas temperaturas. Caminar por el “paso de los indios” donde los cabécares siguen cruzando del Caribe al Pacífico, sobre las huellas frescas de felinos y dantas, reconocer plantas y aves de altura, ver las dos costas, las fronteras de la cordillera de Talamanca, es sin duda un viaje para apreciar y respetar el poder de la tierra. Subir al amanecer es volver a salir del útero, ver como emergen las cordilleras y el rio Chirripó en sus dos vertientes.

Entre más caminaba mis escudos y defensas fueron cediendo para darme paso tal como soy, me sentía más libre, más ligero, más cerca del cielo. Todo se me iba aclarando como el día y todo parecía ser más sencillo y simple. Se genera una meditación profunda y hasta espiritual, no es precisamente que levitara o estuviera en un viaje astral, se siente uno en una dimensión auténtica en escala verdadera, al mismo tiempo que siente que es parte de un ciclo más grande viendo procesos geológicos, las rocas ígneas que nacieron hace más de 10 o 5 millones de años en las profundidades de la tierra, se cristalizaron y emergieron con fuerza, como ramilletes de piedras de todos los tamaños, escupidas por el choque de placas. Para la mitología viva Bribri las piedras “son seres vivos con los cuales es posible comunicarse. Requiere mucho tiempo aprender a manejarla” (Jara y García,2003). En mi caso no me hablaron y si lo hicieron no entendí, pero si me ayudaron a exponer heridas y disponerme a curarlas. Si pude sentir sus gestos y me sirvieron de espejo o reflejo.

Más allá de que perdiéramos la facultad de entenderles, las piedras me fueron raspando capas de basura espiritual, de molestias y dolores que arrastraba, un sarro y contaminación emocional, que fue sediento en la extenuante jornada de definir sobre en que piedra piso y en cual descanso. Ellas nos iban contando esas historias de miles de años, en escalas de tiempo que no imaginamos, su parto en el Mioceno, el hielo definiendo sus formas filantes, sus alineaciones, su composición y muchos otros detalles fascinantes. También nos mostraban su belleza y sabiduría al ver seres humanos pasar por un segundo de su existencia. Solo se quedaban mirando con cierta benevolencia, cuando tropezamos parecían reír discretamente y hasta sentí que se compadecían de nuestra fragilidad, de nuestro efímero y lacónico paso por este fascínate mundo, al cual seguimos ignorando y destruyendo.

Sentirse en medio de la cordillera centroamericana, que fue levantada por la fuerza de dos placas, es participar en un pulso de peso y composición. Fascinante ver el Volcán Barú que conversa con su más próximo el Turrialba, que escupe y con señales de humo le saluda, se cuentan su pena de que sus hermanas montañas de la Talamanca no saben hablar el lenguaje del humo y el fuego, que tuvieron fuego, pero lo perdieron, pero ellas hablan el lenguaje del hielo y entienden el del viento. Esta cordillera de Talamanca es una extensión de unos 175 kilómetros donde no hay vulcanismo reciente. Estas montañas durante la noche se contraen del frío y la temperatura, por el día toman nuevas formas y dejan ver sus grietas, sus estrías y formas que hablan de su abrazo con el hielo y el frío, muestran sus hermosos cristales. Caminaron poco a poco por kilómetros desde el centro del planeta en el Mioceno y siguen su paso seguro y con la intención de nunca acabar, aunque no seamos testigos de ello.

Son testimonios vivos de la erosión de los glaciares que se forman con el poder del agua que penetra las grietas y cuando se congela expande las rocas, las poseen. Así mismo me pasó, entraron todos los elementos para que de alguna forma pudieran limpiar y darle luz a las cosas que cargaba conmigo hace más de 40 años. No sé cómo pasó, no hay mucho racional que decir, pero es el resultado de lo que he sentido y lo agradezco.

Gracias pues a la vida y al universo por darme esta experiencia y poder sentirme parte de algo mucho más grande y complejo en escalas de tiempo y espacio, porque si bien la montaña me limpió, parte del trabajo emocional fue muy doloroso, pero saqué provecho para salir más humano, feliz y satisfecho.  

(Docente  Universidad de Costa Rica y Universidad Nacional)