En 1962, una novela latinoamericana ganó el premio Biblioteca Breve de España. Publicada en 1963, recibió, un año después, el Premio de la Crítica, también de España. Como escritor, el autor era poco conocido en su país, Perú, y casi nada en el exterior. Solo había publicado una colección de cuentos, Los jefes, en 1959, que había recibido el galardón español Leopoldo Alas.  La obra, c, tuvo un rápido reconocimiento internacional: fue traducida a más de una docena de idiomas en los meses siguientes. En inglés con el título The time of the hero.

Publicada por la editorial Seix Barral, la novela logró sortear la censura de la dictadura franquista, con la eliminación apenas de algunos términos sensibles a la moral del régimen. En esa ocasión, uno de los jurados de Biblioteca Breve, José María Valverde, consideró que “es la mejor novela de lengua española desde Don Segundo Sombra” (1926), del argentino Ricardo Güiraldes.

Con esta obra de Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) y su rápido reconocimiento internacional, se inaugura lo que luego se llamaría el boom de la literatura latinoamericana, un fenómeno cultural y editorial de amplias repercusiones planetarias que vino a renovar las letras en el mundo hispano.

Pedro Páramo  (1953), Juan Rulfo, y La región más transparente, (1958), de Carlos Fuentes, ambos mexicanos, y el aporte del argentino Jorge Luis Borges con sus novedosos relatos que se mueven entre la narrativa y la metafísica, se pueden considerar precursores del boom.

La novela de Vargas Llosa relata la vida de los estudiantes y la oficialidad en el Colegio Militar Leoncio Prado, en Lima, donde el autor cursó dos años, de los tres que le correspondían, luego de dejar el Colegio La Salle, una institución de clase media regida por religiosos. En un prólogo tardío  (1997), Vargas Llosa,  recuerda el origen de la novela, las influencias literarias y cómo está presente en algunos de los personajes, estudiantes, igual que él, en el colegio militar.

“Comencé a escribir La ciudad y los perros en el otoño de 1958, en Madrid, en una tasca de Menéndez Pelayo llamada Jute, que miraba al parque del Retiro, y la terminé en el invierno de 1961, en una buhardilla en París. Para inventar su historia, debí primero ser, de niño, algo de Alberto y del Jaguar, del serrano Cava y del Esclavo, cadete del Colegio Militar Leoncio Prado, maraflorino del Barrio Alegre y vecino de La Perla, en el Callao; y, de adolescente, haber leído muchos libros de aventuras, creído en la tesis de Sartre sobre la literatura comprometida, devorado las novelas de Malraux, y admirado sin límites a los novelistas norteamericanos de la generación perdida, a todos, pero, más que a todos, a Faulkner. Con esas cosas está amasado el barro de mi primera novela, más algo de fantasía, ilusiones juveniles y disciplina flaubertiana”.   

En su libro autobiográfico El pez en el agua (1993), Vargas Llosa afirma: “La mayor parte de los personajes de mi novela La ciudad y los perros, escrita a partir de recuerdos de mis años leonciopradinos, son versiones muy libres y deformadas de modelos reales y otros totalmente inventados”. 

Pese a esta opinión, muchos que querido encontrar como mayor referente del autor en el cadete Alberto Fernández, un joven proveniente de una familia acomodada, afincada en el barrio de Miraflores, apodado El Poeta y uno de los protagonistas de la obra. Este escribe novelitas eróticas y cartas de amor para las novias de sus compañeros, a cambio de cigarrillos.    

La novela bien puede ser una metáfora de la vida de Lima o del mismo Perú, o de cualquier otro país latinoamericano: las jerarquías muy bien definidas, los mandos militares incontestables, las diferencias étnicas y las profundas divisiones sociales. “El Leoncio Prado era una de las pocas instituciones –acaso la única- que reproducía en pequeño la diversidad étnica y regional peruana”, dice el autor. 

El Colegio Militar era, según la obra, el recurso que tenían los padres para tratar de enderezar a sus hijos problemáticos como no podrían hacerlo en sus hogares. Que los militares hicieran un trabajo que se suponía les correspondía a ellos.   

Como dice un personaje de la obra: “A la mitad los mandan sus padres para que no sean bandoleros –dijo Gamboa-. Y, a la otra mitad, para que no sean maricas”. También en una conversación uno de los estudiantes le confirma a una joven: “Mi papá decía que yo podría burlarme de los curas pero no de los militares”. 

Y el mismo autor lo reafirma en El pez en el agua: “Que yo entrara al Colegio Militar Leoncio Prado daba vueltas a mi padre desde que me llevó a vivir con él. Me lo anunciaba cuando me reñía y cuando lamentaba que los Llosa me hubieran criado como un niño engreído. No sé si estaba bien enterado de cómo funcionaba el Leoncio Prado. Me figuro que no, pues no se habría hecho tantas ilusiones. Su idea era la de muchos papás de clase media con hijos díscolos, rebeles, inhibidos o sospechosos de mariconería: que un colegio militar, con instructores que eran oficiales de carrera, haría de ellos hombrecitos disciplinados, corajudos, respetuosos de la autoridad y con los huevos bien puestos”. 

Marcos Martos, poeta y director de la Academia Peruana de la Lengua, ha dicho que La ciudad y los perros “impactó de inmediato a los lectores iniciales y las sucesivas reimpresiones y nuevas ediciones a los largo de cincuenta años no han hecho otra cosa que convertir en clásico un libro deslumbrante”.  La novela abrió “un camino a la perfección” tanto en la obra del peruano como de las letras hispanoamericanas, “enriquecidas, a partir de este momento de un modo inédito”.

“Lo que resulta sorprendente, cuando leemos una y otra vez la primera novela de Mario Vargas Llosa, es que debajo de su rara belleza verbal, de sus estructuras percibidas con inteligencia por los críticos, no ha envejecido, conserva su encanto, su atracción absoluta para nuevos lectores. Leerla es la manera más eficaz de iniciarse en el conocimiento de la obra narrativa de Vargas Llosa”, dice Martos en La ciudad y los perros: áspera belleza que sirve de presentación a la edición de 2012. 

El primer título que tenía la obra era Los impostores, por el dual comportamiento de sus personajes, dependiendo de donde se encontraran: en el Colegio bajo la mirada de los oficiales o en la ciudad en plena libertad. El siguiente título fue La morada del héroe, en alusión a Leoncio Prado, jefe militar peruano fusilado por las tropas chilenas en 1879, durante la  Guerra del Pacífico y que le da el nombre a la institución educativa.  

Tras leer la obra, su amigo, el crítico literario José Miguel Oviedo, le sugirió La ciudad y la niebla y su variante: la ciudad y los perros, título este último que de inmediato escogió el autor. La ciudad de Lima está muy presente en la obra, con sus barrios, sus plazas, sus calles, sus bares y sus prostíbulos y sus ritos de iniciación sexual. Perros se les llamaba a los recién ingresados al Colegio, víctimas de los abusos y chantajes de los cadetes de grados superiores y de la oficialidad regente del Leoncio Prado.  

La novela fue adaptada al cine (1985), con el mismo nombre, bajo la dirección y producción de Francisco José Lombardi y guion de José Watanabe y el propio Vargas Llosa. Ese mismo año ganó el premio de mejor director del Festival de San Sebastián (España).  La obra consta de dos partes, de ocho capítulos cada una, y un epílogo, que en el que se revelan voces cuyo narrador es ambiguo y sustituye al principal, en algunos tramos del relato.

Pocos narradores latinoamericanos pueden mostrar una vastísima producción novelística como Vargas Llosa, con, al menos, media docena de obras maestras como La casa verde (1966), Conversación en la catedral (1969), La tía Julia y el escribidor (1977), La guerra del fin del mundo (1981) y  La fiesta del chivo (2000). Se suma a esta lista, dentro de cerca de una veintena de novelas, La ciudad y los perros.

Como tenaz observador de la realidad política internacional, muchas veces con posiciones polémicas, la obra de Vargas Llosa tiene como uno de sus temas centrales el poder y, particularmente, el dictador. Este personaje está presente en obras como Conversación en la catedral y La fiesta del chivo.  

Así lo apreció la Academia Sueca al otorgarle el Premio Nobel de Literatura 2010. En su fallo argumentó que el galardón lo obtendría “por  su cartografía de las estructuras del poder y sus afiladas imágenes de la resistencia, rebelión y la derrota del individuo”, presentes en su narrativa.

 Junto a su extensa producción ficcional, Vargas Llosa ha publicado agudos estudios sobre Los Miserables, de Víctor Hugo, Madame Bovary, de Gustavo Flaubert y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, entre otros, y libros de ensayos como La verdad de las mentiras  (2002) y La cultura del espectáculo (2012), un punzante –y discutible- estudio sobre la banalización de la cultura en nuestro tiempo.    

Con el peruano, suman seis los latinoamericanos en recibir el premio nobel de literatura. Le antecedieron la chilena Gabriela Mistral (1945, su verdadero nombre era Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga), el guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1967),  Pablo Neruda (1971, Ricardo Neftalí Reyes Basoalto, su nombre verdadero), el colombiano Gabriel García Márquez (1982) y el mexicano  Octavio Paz (1990).

La ciudad y los perros no fue sino solo una más de un buen número de ingeniosas novelas de autores  latinoamericanos,  publicadas a partir de la  década de 1950, pero sobre todo en la década de los sesenta, que vinieran a dar una notable renovación a las letras hispanas, empalidecidas, en España, por la severa censura de la dictadura de Francisco Franco.

Pareciera que la historia se repetía con lo sucedido con la lírica, que llegó a sacar del letargo a la poesía hispana, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, con el modernismo y, particularmente, con Rubén Darío, aceptada a regañadientes por la crítica española por provenir de sus ex colonias españolas del otro lado del Atlántico y por su carácter afrancesado, según lo recuerda Margarita Rojas en su libro El último baluarte del  imperio (1995). España sufría  la pérdida de sus últimas colonias: Cuba, Puerto Rico y Las Filipinas (todas en 1898), con lo que terminaba de colapsar que quedaba de su otrora vasto imperio.   

El mismo año que salió al mercado La ciudad y los Perros, vieron la luz Rayuela del argentino Julio Cortázar y El siglo de las luces del cubano Alejo Carpentier. Sobre héroes y tumbas (1961) del argentino Ernesto Sábato, La muerte de Artemio Cruz (1962) de Carlos Fuentes, Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez y Tres tristes tigres (1967) del cubano Guillermo Cabrera Infante, fueron otras obras inmortales de la narrativa latinoamericana surgidas en la década del sesenta.

Simplificadamente, algunos han querido ver en el boom editorial solo un fenómeno comercial, pero es mucho, muchísimo más que eso. Fue una época de esplendor para las letras latinoamericanas, con magníficas obras, que puso la narrativa de América Latina en el mapa mundial. Por eso se habla de pre-boom y post-boom. Es un punto de referencia inevitable para la literatura universal.