Porque tan válidas como mis emociones son las de aquellas y aquellos afrodescendientes que expresan sentirse afectados o violentados por contenidos de la obra. Así que no se trata hoy de que reproduzcamos patrones de dominación y les demos un “tapabocas” a estas personas que viven el texto desde esa otra subjetividad, menos aun con la clase de epítetos y groserías que he visto divulgadas bajo el amparo de esa ficción de impunidad en que algunos han convertido las llamadas "redes sociales" . Por esa ruta minamos nuestra capacidad de debatir.

Urge, eso sí, precisar el meollo de la discusión. Y es que el acto de retirar fondos a un evento artístico basado en la obra nos enredó el debate. Considero que esa es una decisión errada que requiere rectificación. Pero en esto no se resuelve la cuestión de fondo sobre el libro.

Tampoco se trata de volver a invocar leyendas sobre fantasmas de censura inminentes; no es el caso. El libro Cocorí es de edición, circulación y lectura libre, si una persona quiere proceder a ello para sí o para otros. Que esté o no en una lista de textos escolares no puede considerarse per se una censura, porque en tal caso toda la literatura que no cabe en esas listas restringidas estaría censurada, ya que alguien tomó en algún momento la decisión de incluir y de excluir textos, sin siquiera darnos cuenta ni poder defender alguna opción. Las listas de libros para lectura escolar no son necesariamente un “índex expurgatorio” de la Inquisición.

¿Debe Cocorí permanecer como lectura para el nivel de primaria? ¿Por qué sí o por qué no? ¿Debe leerse más bien en secundaria? ¿Y desde qué materia leerlo: Literatura o “Estudios Sociales”... o ambas? No me parece que hacerse estas preguntas sea “sacrílego”, por más que yo quiera a Cocorí.

Si lo miro con otros ojos, que no son exactamente los mismos de aquellos años escolares, mi opinión es que, en efecto (y lo digo con dolor, por las emociones ya expresadas), el libro tiene contenidos racistas, vehicula visiones de mundo, representaciones de las personas y de sus características étnicas, cualifica ambientes y mundos sociales desde categorías racistas. ¿Conlleva esto la acusación de un talante ofensivo y alevosamente racista por parte del gran Joaquín Gutiérrez? No me parece que haya fundamento para afirmarlo… pero bien sabemos que la intención no siempre redime la consecuencia. ¿Anulan estos resabios racistas la riqueza literaria y los contenidos inspiradores, tiernos y aleccionadores de la obra? Tampoco. Es una paradoja, pero de este tipo de paradojas se nutre buena parte de la literatura.

Considero que resulta casi imposible para la gran mayoría de obras literarias ser eximidas de algún señalamiento de racismo, etnocentrismo, machismo, misoginia, homofobia, adultocentrismo, menosprecio a discapacidades físicas o mentales, entre otros. Las sensibilidades cambian, por buena obra humana, muchas veces gracias a las luchas sociales y a nuestra capacidad de reconceptualizar el mundo, de construirlo y “deconstruirlo”, con lo cual hoy podemos mirar lo que hace años simplemente ni siquiera se notaba; pero esto no excluye que generaciones futuras descubran en nuestras más preciadas y “correctas” obras culturales, alguna agresión a dimensiones humanas que todavía hoy no tenemos suficientemente reconocidas.

¿Cuál es la solución? Me tienta la pregunta, pero la premura no puede clausurar el hecho de que ese es el punto de llegada al que debe conducir la actual discusión. Un cierre que no será fácil y quizá tampoco será plenamente satisfactorio. ¡Cuánto en la vida tiene este cariz decisional!

Mi opinión es que si se opta por mantener el libro en las listas de textos de lectura, las preguntas de mediación no son menos importantes: ¿para ser estudiado y enseñado por quiénes? ¿cómo va a ser estudiado? ¿cómo se conjugarán las cuestiones literarias, con las cuestiones étnicas y sociales que el texto lleva implicadas? ¿desde qué conceptualizaciones, desde qué sensibilidades? Y, por sobre todas las cosas, ¿qué hacemos con el dolor expresado por quienes se sienten afectados por las representaciones racistas que, en su velada traducción de la época, el libro transpiró? Esta última es la más ineludible de las preguntas que cabría responder.

La solución probablemente no va a ser sencilla, pero nos va a obligar a crecer, si el debate se lleva por el cauce de la razón y del respeto a la pluralidad. A la larga esto nos conducirá a una apreciación más profunda, crítica e ilustrada de éste y de todos los textos, no solo desde los objetos literarios sino de los sujetos que los leen, sin los cuales aquellos yacerían inertes.

En tal tesitura, Cocorí podrá seguir siendo por siempre el niño candoroso, tierno e inocente que muchos amamos con un amor casi atávico; pero a nosotros, en cuanto sociedad, nos toca crecer, nos toca madurar. Solo así lograremos que al leer la obra todas nuestras niñas, todos nuestros niños (y no solo algunos), sean Cocorí, mas no por su color de piel ni por una desdibujada representación de su etnicidad, sino porque en ellos somos capaces de cultivar un retoño de alegría y de autoafirmación sin marchitar.

Pero si esto no fuera así, entonces lo más conveniente es que ninguna niña, ningún niño, sea Cocorí.