Mohamed Al jabari es declarado muerto en el hospital en Hebrón durante incidentes ocurridos el 10 de marzo del año pasado. (Foto: Tatiana Gamboa).

 

Por Gilberto Lopes

¿Qué hacía en Palestina?, le pregunté, sorprendido por la historia de esta costarricense deportada de Israel a principios de abril. ¿Cuándo llegó allí?, ¿dónde estuvo?, ¿qué historias escondía esta historia? Seguramente varias, en uno de los escenarios más opacos del conflictivo escenario mundial: Palestina.

Desde que estaba en Costa Rica, me contestó, hace ya varios años: “me dediqué al activismo propalestina, en el Movimiento Costarricense de Solidaridad con Palestina, organizando manifestaciones, foros y actividades de apoyo al pueblo palestino”.

Tatiana Gamboa fue apresada en el territorio palestino de Al-Khalil, la ciudad de Hebrón para los israelíes, hoy dividida en dos áreas: una, H1, bajo control de la Autoridad Palestina; y otra, H2, bajo control del ejército israelí.

Ubicada en Cisjordania, a poco más de 60 km de la franja de Gaza, Hebrón –una de las ciudades habitadas más antiguas de Oriente Medio– resume el drama de la ocupación.

Tatiana nos cuenta:

“Yo había llegado a Israel en enero del año pasado, con el objetivo de ir a Palestina. Tenía visa israelí por tres meses. Mi plan era quedarme en Hebrón, pero quería ver Jerusalén y otras ciudades en Palestina. Vivía en H2, pero cuando faltaba un mes para que mi visa se venciera me fui para H1, el sector de la ciudad bajo control de la Autoridad Palestina.”

“Cuando llegué estuve viviendo en una comunidad beduina de Jabal al Baba. Posteriormente regresé a Al-Khalil, que los judíos llaman Hebrón. Fue entonces cuando decidí quedarme”.

Como consecuencia de la ocupación, Hebrón quedó dividida en dos zonas. Un puesto militar controla el paso de un lado a otro.

“Chekpoint 56 es uno de los lugares de control más conocidos internacionalmente. Está en una calle conocida como la Calle de los Mártires. ¿Por qué de los mártires? Es un término que usan los palestinos para referirse a quienes han sido muertos en media calle por el ejército israelí”, explica Tatiana.

“La parte de Al-Khalil bajo control palestino es un lugar donde ellos tratan de hacer una vida normal, a pesar de la ocupación. Hay mercados, está la gente vendiendo verduras… Es una ciudad con partes muy antiguas. A veces iba a comprar ahí, pero más de una vez me topé con grupos de soldados israelíes –por lo menos 30–, que iban apuntando a todo el mundo.”

“También hay partes de la ciudad donde se nota la devastación, la soledad, la tristeza. Cuando uno está en la Mezquita de Ibrahim, en H2, es como haber llegado a una ciudad fantasma”.

Tatiana cuenta sus primeros días en Hebrón, cuando estuvo en un centro para activistas internacionales del lado de H2: “eso fue mientras mi visa de tres meses para Israel estaba vigente”. Es un centro que está a la entrada de un asentamiento de colonos israelíes. “Yo quería ver cómo era la convivencia entre los colonos y los palestinos”, afirma.

No es una convivencia armoniosa. “Los colonos le tiran piedras a los palestinos, los insultan. Nunca van de a uno, o de a dos, sino en grupos. Vi colonos que tiraban piedras a casas de los palestinos, les quebraban los vidrios. Cuando los chiquitos palestinos jugaban con una bola, se la quitaban, los escupían, e inmediatamente venía el ejército. No a devolverle la bola a los chiquitos, sino a apoyar a los colonos”.

Se refiere a dos personajes cuya historia está disponible en internet. Se trata de una señora, Anat Cohen, que vive en Hebrón, del lado de H2, “muy conocida por su hostilidad a los palestinos, y otro colono, Baruch Marzel. Siempre están patrullando, acechando, y amenazando a los palestinos”.

Marzel es un hombre que la misma prensa israelí califica habitualmente como un activista de extrema derecha. Las descripciones de Tatiana sobre la vida en Hebrón no están lejanas a otras, de la misma prensa israelí. En Noviembre del 2016, en un artículo, el diario Haaretz se preguntaba: ¿“Quién está a cargo en Hebron: la seguridad israelí o los colonos”?

El checkpoint 56 que divide Al Khalil en dos partes: una palestina, otra israelí. (Foto: Tatiana Gamboa).

La vida diaria

Tatiana recuerda una ocasión en la que celebraban el cumpleaños de Ahed Tamini. Se trata de una activista palestina que tiene hoy 18 años y cuya historia se hizo conocida cuando le dio una bofetada a un soldado israelí que había disparado sobre su casa y a un primo suyo. Tamini, que vive en una aldea en las afueras de Ramallah, estuvo presa ocho meses por eso.

“Ese día hubo una incursión de soldados israelíes que lanzaron bombas de gas y de sonido contra sus casas. Ella sale a impedir que los soldados los sigan atacando, disparando contra su casa y su familia, y es cuando vemos que le da una cachetada a un militar. La arrestan y la mantienen ocho meses en la cárcel. Creo que tenía entonces como 16 años. Tengo fotos con su familia. Cuando llegué a Palestina ella ya estaba en la cárcel”.

El tránsito entre H1 y H2 es controlado. A pie se pasa por el chekpoint. “Uno pasa la primera puerta y se dirige a un cuarto donde hay una mesa de madera, un detector de metales y un vidrio que separa a la gente de los policías y militares que están al otro lado. De mala manera piden la identificación y obligan a la gente a que ponga sus pertenencias sobre la mesa.

“Ancianos, niños, mujeres, extranjeros, todos tienen que pasar por estos controles. En una ocasión me tocó ver cómo obligaban a una mujer a poner a su bebé sobre esa mesa y a desnudarlo para revisar sus pertenencias.”

“Para evitar eso hay que tomar muchos atajos. No es ilegal, pero a veces uno encuentra militares patrullando que te detienen e interrogan. Caminando, por los cerros, puede tomar como una hora pasar. Uno puede pasar también en carro, pero es un recorrido muy incómodo”.

“No siempre el tránsito de un lado a otro es fluido. Lo pueden interrumpir. Pasas de H2 a H1 y cuando quieres regresar no te lo permiten. No dan explicaciones. –¡Está cerrado!, afirman. Si pides explicaciones te dicen: –¡Cállese o va arrestado!”

Los árboles de olivo

Tatiana se quedó la mayor parte del tiempo de su estadía en Cisjordania en Hebrón. “Cuando faltaba un mes para que venciera mi visa, salgo de H2 y me establezco en H1, en la casa de una familia palestina. Seguí con mi activismo. En las mañanas me levantaba, me tomaba un té como menta (que es delicioso), comía pan pita con humus, a veces con tomate.”

“Cuando no era invierno iba a sembrar árboles de olivo. Fuimos a sembrar a Yatta, una ciudad a unos 15 minutos del centro de Hebrón. Hacía frío, pero era un día muy soleado. Había mucha gente, niños, mujeres, ancianos. Venían los camiones. Eran olivos donados por la Autoridad Palestina. Había un ambiente de mucha hermandad. Pasamos unas cuatro horas sembrado. En esa ocasión lo pudimos hacer, eran centenares de arbolitos. La gente venía a saludarme, a darme las gracias por participar con ellos en estas actividades”.

Pero las cosas pueden cambiar de un momento a otro. No tuvieron la misma suerte cuando intentaron una actividad similar en otra ocasión: “Nos estábamos bajando de los carros cuando el ejército ya nos estaba esperando. Yo venía en un bus, con periodistas, para apoyar la actividad, que era también sembrar olivos. Pero, en esa ocasión, no se pudo”

Cuando se bajaron del camión, afirma Tatiana, un amigo periodista le dijo: “Tatiana, ¡tené cuidado, porque aquí puede pasar de todo! Fue uno de mis primeros encuentros con el ejército de Israel. Se bajaron, hicieron como un muro, hablaron con los encargados de la actividad y les dijeron que no podían sembrar los árboles allí porque a una distancia muy corta había un asentamiento israelí, cercado por alambres de púas.”

 

“Los niños le decían al ejército que esa era su tierra, que era un acto muy simbólico. Los árboles de olivo son muy importantes para ellos. Pero los militares empezaron a empujar a los hombres, a patearlos, a amenazar a las personas con sus armas.”

Cortesía de Tatiana Gamboa

“Pese a todo, trataron de empezar a sembrar los olivos. Sembraron como cuatro o cinco y los militares ordenaron el fin de la actividad. –¡Se van o los arrestamos a todos!”

Enfrentamientos

El 10 de marzo del 2018, en sus primeros días en Hebrón, presenció enfrentamientos: “Fui a ver lo que pasaba. Lo que vi fueron niños y jóvenes, algunos con las caras tapadas, planeando su estrategia en una calle cercana al checkpoint. Miro y, en los edificios, veo militares israelíes apostados. Unos tomando fotos, otros apuntando sus armas. A algunos solo se les veía el casco y la cara, listos, con sus armas. Pasaron alrededor de 20 minutos, cuando el ejército comienza a disparar bombas de gas y los jóvenes les lanzan piedras. Como una hora después veo como salen militares del checkpoint persiguiendo a los muchachos. Se fueron corriendo hacia una calle más empinada.”

“Yo estaba tratando de tomar videos y fotos con mi teléfono, con Mohamed al Jabari, un amigo que me había llevado al lugar. Estábamos cerca de una pulpería. Los periodistas nos advirtieron que los militares estaban en una escuela cercana, escondidos. –Los militares están ahí, nos dijeron. Comenzaron a disparar.”

“Cuando estaba hablando conmigo, dos disparos le dieron en el corazón y Mohamed cayó muerto. Tenía 24 años. Comencé a gritar, a pedir ayuda. Inmediatamente vinieron unos palestinos y lo llevaron alzado. Lo metieron en un carro y se lo llevaron a un hospital cercano. Diez minutos después un amigo periodista me vino a informar que Mohamed había muerto. Todo fue muy rápido, y los enfrentamientos se tornaron más graves.”

Ese fue su primera confrontación cara a cara con el ejército de Israel: “Me metí a una pulpería cercana. Un soldado me siguió. Detrás de él venía otro soldado, con acento argentino, me dijo: –¡Entendí perfectamente lo que dijiste en español! Sacó una bomba de gas y le dijo al dueño de la pulpería: –¡Ciérrela, quiero a esa mujer afuera! Se le salían las lágrimas al señor.”

“Cuando íbamos saliendo mis amigos palestinos me dicen: –¡Corra! Corrimos y ya no nos siguieron. Logramos llegar, por unos atajos, al hospital. Los militares querían llevarse el cuerpo de Mohamed. Pero ya no pudieron. Había llegado mucha prensa, familiares. Los enfrentamientos se extendieron hasta las 10 de la noche.”

Ahora había que volver a H2, o sea, pasar por el checkpoint. No iba sola, recuerda Tatiana, sino que iba acompañada por periodistas amigos. En el checkpoint les dijeron que había una situación de emergencia y que no los iban a dejar pasar. “Solo me autorizaron a mí. Voy al centro para activistas Y.A.S, donde estaba alojada. A la par del portón, a la entrada de un asentamiento israelí, un militar me llama y pide mi pasaporte. ¡Ah!, me dice, Ud. estaba del lado de los árabes. Yo le pregunto por qué no dice ‘palestinos’. Él me contesta: –No existen palestinos, existen árabes. Me mira de forma hostil y me dice: –¡Puede irse!”

A la cárcel

“Me arrestan el 11 de marzo pasado. Estaba en H1 y fui a comprar cigarros a una pulpería. Estaba fumando en la calle y tomando un refresco cuando los militares llegan. Uno me pregunta: –¿Tatiana? –Sí.–¡Está arrestada!”

“Me introducen en el checkpoint y me dicen que espere ahí. Logro mandar por celular un aviso de que estoy arrestada. Los militares me llevan. Abren la puerta. Hay un periodista que comienza a tomarme fotos. Me llevan a una estación de policía cerca de la Mezquita de Ibrahin. Ahí me esposan y me llevan a un cuarto. Me tuvieron en otras dos estaciones de policía durante once horas, sin agua y sin comida. Empiezan a pegarme en los hombros, con los dedos. Hablan en hebreo y no entiendo lo que dicen. Golpean la mesa. Cuando les daba la gana me insultaban en inglés o en árabe.”

“En la última estación piden mi pasaporte. Hablaban mucho entre ellos. Me dicen que no me van a deportar. Me advierten de que pueden ponerme años en la cárcel. Me trasladan a una zona del aeropuerto en Tel Aviv. Duramos unas dos horas en ese traslado. Todo el tiempo hostigándome y pegándome con los dedos en los hombros.”

“En esa oficina un oficial que medio hablaba inglés me saca una hoja en hebreo y dice que la firme. Yo me niego, digo que quiero hablar con un abogado o con mi embajada. Pasan horas. Cuando el oficial regresa me dice que me van a mandar a la cárcel. Que hay que esperar otro carro para que me trasladen. Me dice que me van a dar cinco minutos para que me comunique con alguien e informe que estoy arrestada y voy para la cárcel. Logro comunicarme con Rafael Rivas Ducca, en Costa Rica. Me prohíben hablar en español, me exigen hablar en inglés. Me llevan a la cárcel. El traslado dura unos 20 minutos. Nunca me dieron una razón por la que me arrestaban”.

Es su primera experiencia en la cárcel. “Lo primero que hacen es ponerlo a uno en una celda pequeña. Una mujer me pregunta por mi pasaporte y si quiero permanecer en Israel. Yo no contesto. Le digo que no fui arrestada en Israel, que fui arrestada en Palestina.”

“Me toman foto y hacen un expediente. Me saca una custodia mujer, me lleva a otra sala. Me dice que me desnude y me requisa. Un médico lo revisa a uno y vamos para la celda. Me dan un vaso, cubiertos, un jabón, un paño, una piyama y la oficial me lleva a la celda, la número 2. Ahí había ya diez mujeres, algunas para ser deportadas, otras por delitos varios. Adentro estaba el baño, la letrina, la ducha, y los camarotes, creo que para doce personas.”

“Permanezco en la cárcel desde el 12 de marzo hasta que me deportan, el 8 de abril. En ese período estuve tres veces en una corte. Aunque afirman que me asignaron un abogado, nunca tuve uno. Nunca lo vi. En una de esas audiencias estuvo presente el embajador de Costa Rica, Esteban Penrod, muy amable. En otra, el cónsul Javier Rojas”.

Limpieza

Tatiana explica que las autoridades israelíes han comenzado a hacer una limpieza de observadores internacionales que acompañan al pueblo palestino en Cisjordania. Su caso –afirma– es el primero en el que una activista es arrestada en H1.

“En la corte el juez me dijo que mi visa estaba vencida, que estaba ilegal en Israel. Le dije que fui arrestada en H1 y que a la fuerza me llevaron a Israel. El juez me dice que tiene el poder de liberarme o de deportarme. Decide deportarme. Yo nunca firmé un documento aceptando la deportación, aunque me insistieron todos los días en que firmara un documento aceptándolo.

“Un día un funcionario de migración me dice que el cónsul, Javier Rojas, me quiere hablar. El cónsul me insta a firmar el documento. Me dice, alzando la voz, que Palestina no es un estado reconocido, que yo no entiendo la ley de Israel”.

Tres veces le cancelaron su deportación. El 18 de marzo fue la primera, el 21 fue la segunda. Sin explicaciones. La tercera fue el 26.

“Me sacan de la cárcel dos funcionarios de migración sumamente hostiles. Me llevan al aeropuerto. Luego me dicen que el vuelo se canceló, que iba a dormir en la cárcel del Ben Gurion y que iba a salir el día siguiente.”

“Como no me devolvieron mi cédula, ni me entregaron el documento de deportación, me negué a abordar el avión. Entonces me devuelven a la cárcel. El domingo 31 llegó el cónsul. Yo insisto en que necesito el documento de deportación y mi cédula. La cédula nunca me la devolvieron, pero me dieron el documento, sin mi firma. Pasé otros días en la cárcel hasta que vino la deportación, el 8 de abril, en un vuelo de Iberia, sin custodia, vía Madrid.

¿Qué está pasando en los territorios palestinos?

—Ya ha empezado una tercera Intifada (agitación). Todos los viernes hay enfrentamientos en Al-khalil. Hace más o menos un año empezó a emerger. Hay una resistencia popular que va creciendo, no pensamos que el Estado israelí vaya a ganar.