Foto: Getty Image. Hay cientos de personas en los campamentos de desplazados en las afueras de Kabul, esperando la oportunidad de migrar. 

Fatima Bhutto es nieta del ex primer ministro y presidente paquistaní Zulfiqar Alí Bhutto. Benazir Bhutto, su tía, fue primera ministra en dos oportunidades, en los años 90 del siglo pasado. Y fue asesinada en diciembre del 2007, en la tarde de un día en el que se había encontrado, más temprano, con el presidente de Afganistán, Hamid Karzai, de visita en Pakistán.

El comandante de Al Qaeda, Mustafa Abu al-Yazid, reivindicó el atentado, afirmando que habían liquidado a una importante colaboradora de los norteamericanos que pretendía terminar con la lucha de los mujaidines, que los combatían en Afganistán. Seis años antes los norteamericanos habían invadido el país e iniciado la guerra que terminó la semana pasada.

–No nos entienden, le dijeron los talibanes, una y otra vez, a Tohid. Le recordaban la hermosa frase repetida por el Mullah Omar, líder talibán derrocado en 2001: –“Ellos tienen los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo”. Los Estados Unidos y sus socios de la OTAN tienen la tecnología y las armas, pero los talibanes están luchando por su hogar. “La derrota era inevitable”, dijo Fatima.

“La arrogancia de Occidente no ha cambiado mucho, no importa el caso. Ellos imaginan que pueden desembarcar con sus pertrechos militares en un escenario político y transformarlo para siempre”.

Pero la violencia “nunca ha servido, ni una sola vez, en todas las fracasadas aventuras norteamericanas”. Y citó los casos de Vietnam, Laos, Corea, Irak, Siria, Libia o Afganistán.

Recordó a Ho Chi Minh, el líder vietnamita que encabezó la lucha contra la invasión norteamericana: –Uds. pueden matar a diez de mis hombres por cada uno de ustedes que nosotros matemos. Pero, aun así, Uds. perderán y nosotros ganaremos. ¡Mientras persistamos, ganaremos!

–Quienes pelean por su hogar no pueden ser derrotados. No les dan alternativas, tienen que combatir; no tienen hacia donde ir, ningún lugar para retirarse, dijo Fatima Bhutto.

“Esta es una lección que los febriles colonizadores occidentales no terminan de aprender: con el concepto de hogar, no con la violencia, es como se ganan las guerras”.

“La profunda incomprensión occidental del Islam –y el orgulloso rechazo a aprender cualquier cosa sobre él, mientras desataron sus guerras sobre el mundo musulmán en las dos últimas décadas– junto con esa ignorancia, es lo que ha hecho inevitable la derrota en Afganistán”, en opinión de Fatima Bhutto.

El jueves pasado George Stephanopoulos, presentador de ABC News, le preguntó al presidente Joe Biden si creía que los talibanes habían cambiado, si un eventual gobierno suyo sería distinto al que Estados Unidos derrocó en 2001. “No”, contestó Biden. Y agregó: “Creo que ellos están atravesando una crisis existencial, pues quieren ser reconocidos por la comunidad internacional como un gobierno legítimo”.

Stephanopoulos no escapa a la visión provinciana que caracteriza a gran parte de la prensa norteamericana, incapaz de ver más allá del horizonte que se vislumbra desde el Hill, en Washington. Como sugerido por Fatima Bhutto, quizás la pregunta debería haber sido si Estados Unidos había cambiado, si había aprendido algo con el resultado de esta nueva guerra.

 

-- ¿Traición a los afganos? --

“Eran personas despiadadas”. Es la forma como Scott Fitzgerald califica a Tom e Daisy Buchanan, personajes de su notable novela “El Gran Gatsby” y que Andrew Bacevich, presidente del Quincy Institute for Responsible Statecraft, recuerda, en su artículo sobre el fracaso norteamericano en Afganistán.

Bacevich vuelve al Gatsby para ilustrar la idea: “Hacían pedazos cosas y personas y luego se retiraban hacia su riqueza y su despreocupación, dejando que otros arreglaran el desmadre que habían hecho”.

Pero Bacevich no está haciendo literatura. Está hablando de la política norteamericana en Afganistán. La referencia a la literatura es solo un recurso. “Mediante el abuso del poder militar, Estados Unidos hizo un terrible desmadre en Afganistán”, es el título de su artículo, publicado la semana pasada en el Boston Globe.

“Hace cerca de medio siglo –recuerda– después de aplastar cosas y personas en Vietnam del Sur, Estados Unidos emprendió una retirada similar. Lo hace de nuevo hoy en Afganistán”.

Pero a Stephanopoulos no le preocupaba eso. Tampoco a Stephen Wertheim, miembro senior del programa de gobierno del Carnegie Endowment for International Peace.

La caída de Kabul –afirmó, en el mismo debate organizado por The Guardian– es un hecho terrorífico, que augura nuevas tragedias. “Estados Unidos traicionó a los afganos que protegía, especialmente mujeres y niñas, a las que prometió un futuro libre de talibanes, promesa que no pudo cumplir”.

Un “hecho terrorífico”, una “catástrofe”, como dijo “claro y sin rodeos” al Parlamento Europeo, Joseph Borrel, el responsable de la política exterior de la Unión Europea.

No hizo más que expresar la consternación generalizada que sienten los políticos a lo largo del continente ante la inesperada ocupación de Kabul por los talibanes, en opinión del columnista del Washington Post, Ishaan Tharoor.

 

-- La “guerra contra el terror” --

Cinco años después de la caída de Saigón el presidente Ronald Reagan estimó que esa guerra había sido una “noble causa”, que Estados Unidos pudo haber ganado.

La derrota hizo que, durante un tiempo, Estados Unidos pensara mejor antes de intervenir militarmente en el exterior.

Luego, concluida la Guerra Fría, con el derrumbe del mundo socialista del este europeo y la disolución de la Unión Soviética, eso cambió: el activismo militar se transformó en la norma de la política exterior norteamericana, dice Bacevich. Y hace una lista: Panamá, Kuwait, Somalia, Haití, Bosnia, Kosovo, más las naciones objeto de ataques aéreos.

Aún antes de los atentados a las Torres Gemelas “la lista de lugares invadidos o atacados por Estados Unidos se hizo larga. Y una vez que se embarcó en la ‘guerra contra el terror’ se hizo más larga aún”, señala.

Si no se aprende de los errores es más probable que los volvamos a cometer. Pero los Estados Unidos no aprendieron casi nada de Vietnam, asegura Bacevich. ¿Podríamos hacerlo mejor la próxima vez?, se pregunta.

Bacevich sugiere que llegó la hora de saldar cuentas, de aprender lecciones, en artículo que podría serle útil al presentador de ABC News, George Stephanopoulos.

La primera lección es que apostar a una guerra global como respuesta al terrorismo es una tontería. La segunda es que todo intento de reorganizar un país mediante una invasión militar tiene enormes costos y raramente tiene éxito. Y la tercera –quizás la más importante, afirma– es que las amenazas a la seguridad nacional de los Estados Unidos no están en Asia Central (podríamos agregar que tampoco en América Latina, o en el Caribe), sino ahí mismo, en el territorio donde viven. Son amenazas como las derivadas del cambio climático, la inseguridad de las fronteras o los disturbios internos los que –en su opinión– constituyen la mayor amenaza.

 

-- Indiferencia y crueldad --

El foro sobre Afganistán organizado por The Guardian ofrece todavía otras aristas para el análisis.

Shadi Hamid, miembro senior de la Brookings Institution, ve, sin sorpresa, la indiferencia de Biden y de sus asesores hacia la toma de Kabul por los talibanes. “No era su lucha”, asegura.

A ese rasgo de indiferencia, Hamid agrega el de la crueldad. “Crueldad es otra cosa”, dice. Se refiere al discurso de Biden del lunes 16 de agosto, en el que defendió sus decisiones sobre Afganistán y le reprochó a sus aliados del gobierno de Kabul su cobardía, al haber entregado el país a los talibanes sin pelear.

“Nuestra misión de reducir la amenaza terrorista de Al Qaeda en Afganistán y matar a Osama bin Laden fue un éxito”, dijo Biden. “Nuestro esfuerzo de décadas para superar siglos de historia, cambiar de forma permanente y rehacer Afganistán no lo fue”.

Biden había arremetido antes contra sus antiguos aliados, los responsables del régimen que Washington había puesto en el poder.

“Nuestras tropas no pueden estar peleando y muriendo en una guerra que las fuerzas afganas no están dispuestas a pelear por ellas mismas. Hemos gastado un millón de millones de dólares, entrenado una fuerza militar de unos 300 mil hombres, increíblemente equipados. Una fuerza mayor que la de muchos de nuestros aliados de la OTAN”, dijo Biden, repitiendo lo que –hoy se sabe– no era más que una fantasía que ocultaba, entre otras cosas, la enorme corrupción extendida entre afganos y contratistas norteamericanos.

“Les dimos todas las oportunidades para determinar su futuro. Lo que no pudimos hacer fue proveerles la voluntad para pelear por ese futuro”, añadió.

La frase revela la incomprensión de lo que estaba en juego. Quizás lo que Bacevich sugería en su artículo cuando hablaba de que “había llegado la hora de saldar cuentas”.

“En su discurso, Biden mostró su característica obstinación, negándose a admitir cualquier error o responsabilidad”, dice Hamid, ante una decisión que inclusive aliados europeos consideran “un error de magnitud histórica”.

¿Por qué no logramos crear un gobierno afgano a la altura de los desafíos?, se preguntó el exembajador norteamericano en Afganistán, Michael Mckinley, en un artículo publicado en Foreign Affairs. Durante dos décadas trataron de imponer una democracia occidental en Afganistán. En 2014, durante la administración Obama, el secretario de Estado John Kerry negoció la conformación de un gobierno de unidad nacional en Afganistán, que nunca funcionó. El resultado fue que, en las siguientes elecciones, el 2019, votaron menos de dos millones de electores, muchos menos que los más de ocho millones de solo cinco años antes, recuerda Mckinley.

 

-- Los falsos positivos --

Haroun Dada, un consultor de negocios basado en Chicago, de origen afgano, introduce otro elemento al debate del Guardian. “Cuando analizamos los errores de Estados Unidos y de la administración afgana y el éxito de los talibanes es fundamental comprender la situación de víctimas de los campesinos en manos de los norteamericanos y de las fuerzas de la OTAN. Esas fuerzas mutilaron, torturaron y mataron a los campesinos afganos”. Recogían los pedazos por deporte, dice Dada. Definían a adolescentes como “combatientes enemigos para justificar sus crímenes y falsificar estadísticas” (lo mismo que hacían los militares colombianos, entrenados por los norteamericanos durante el gobierno de Álvaro Uribe, los llamados “falsos positivos”. Jóvenes reclutados por el ejército y luego asesinados por los mismos militares, presentados a la prensa como guerrilleros muertos en combate. Más de seis mil, entre 2002 y 2008. Falsas estadísticas que les permitían diversas recompensas, desde ascensos hasta dinero, o vacaciones).

Estados Unidos debería rendir cuentas, dijo Mansoor Adayfi, uno de esos jóvenes capturados en Afganistán, sometidos a torturas y mantenido durante 20 años en la base de Guantánamo, sin nunca haber sido sometido a un tribunal.

Yemenita, de 18 años, originario de un área tribal de Yemen que no contaba con electricidad ni agua corriente, realizaba una investigación académica en Afganistán cuando fue capturado por los señores de la guerra, acusado de ser un líder de Al Qaeda y entregado a la CIA.

Su historia fue publicada en el Guardian el pasado 16 de agosto.

“86% de los detenidos en Guantánamo fueron capturados después de que Estados Unidos distribuyera panfletos en Pakistán y Afganistán, ofreciendo grandes recompensas por ‘personas sospechosas’”. Los abusos en Guantánamo –afirma– sirvieron de modelo a los regímenes de Oriente Medio y en el resto del mundo.

Adayfi era considerado uno de los prisioneros más peligrosos, sobre todo por su resistencia a sus captores, por sus huelgas de hambre. Lo contó en un libro. –Si de algo debe servir ese libro es para que Estados Unidos rinda cuentas por la vida de esos hombres, por lo que les hicieron.