Recién se ha avivado nuevamente una polémica ante la política cambiaria del Banco Central, es decir, sobre el precio correcto del colón respecto del dólar. Por una parte, los líderes de la Cámara de Exportadores y de la Cámara de Turismo están urgiendo a las autoridades monetarias a permitir que el colón se deprecie, mientras que el propio banco y algunos analistas consideran que el dólar tiene un valor correcto.

Como sabemos, en Costa Rica tenemos un régimen de flotación del tipo de cambio en el que su nivel es determinado por las fuerzas del mercado, pero que permite al Banco Central intervenir discrecionalmente con lo que éste puede afectar su valor. Si los dólares escasean y el tipo de cambio tiende a subir, el Banco puede salir a venderlos y contener el aumento, o al contrario, cuando hay un exceso de divisas y el precio del dólar tiende a bajar, el Banco las puede comprar y detener la caída.

Los exportadores de bienes y servicios generalmente buscan que el tipo de cambio aumente, esto porque sus ingresos denominados en dólares se hacen más grandes cuando son transformados a colones, mientras que sus costos en colones se ven reducidos respecto de sus ingresos. Un precio del dólar alto también beneficia a los productores que abastecen el mercado local, pues ven el precio de venta de sus competidores del extranjero subir.

Por otra parte, un tipo de cambio bajo favorece a los importadores y consumidores de bienes y servicios extranjeros, pues sus precios caen.

El caso es que en años recientes, varios países que compiten con el nuestro en el mercado internacional o son importadores de nuestros productos, han visto depreciadas sus monedas, lo que genera una ventaja para sus exportadores a costa de los nuestros. Además, implica que sus consumidores ven nuestros bienes y servicios más caros.

El parecer de los exportadores es que una depreciación del colón permitirá bajar las tasas de interés en términos reales, abaratar los bienes y servicios que producen, y con ello aumentar la producción y el empleo. Mientras que para el Banco Central, si bien concuerdan parcialmente con esta relación causa-efecto, aducen que también conlleva el riesgo de crear inflación y que esto daría al traste con el crecimiento previsto. Además, considera que el tipo de cambio no está desalineado de su valor ideal, es decir, está en equilibrio.

Vale la pena aquí hacer dos comentarios, primero, estudios recientes le dan la razón a los argumentos de los exportadores, el Informe de Perspectivas de la Economía Mundial del Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que una depreciación efectiva real de 10% en la moneda de una economía eleva las exportaciones reales netas, en promedio, 1,5% del PIB. Son datos promedio para un estudio de 30 años evaluando 60 países, por lo que las cifras podrían variar, pero diríamos que esto implica que si el precio del dólar aumentara a 594 colones la economía ganaría $750 millones en el primer año.

En segundo lugar, el Informe de Perspectivas Económicas para las Américas más reciente también elaborado por el FMI, muestra que la sensibilidad de los precios internos a las variaciones del tipo de cambio (conocida como efecto “traspaso”), se ha reducido notablemente en los últimos años como consecuencia de la caída en los precios de las materias prima y los productos básicos, así como a políticas monetarias creíbles. Con lo que deja cierto margen de maniobra, para que las autoridades monetarias permitan utilizar la política cambiaria como mecanismo de respuesta ante choques externos (como la crisis financiera internacional de 2007).

El estudio advierte eso sí, que dicha política tiene sus límites y que es menos efectiva en economías pequeñas y dolarizadas como la costarricense.

Con una inflación negativa en 2015 y una inflación negativa acumulada en lo que llevamos de 2016, no cabe duda que el asunto de la depreciación del colón no deja de tener cierto atractivo, parece que existe cierto margen, el asunto es cuánto y cómo, y esas son preguntas con difícil respuesta y que requieren estudios técnicos.

 

 

 

 

Greivin Hernández González*