(Imagen: Pintura propiedad del Museo Histórico Juan Santamaría. Alajuela. URL corto: https://bit.ly/2XKw2UF)

Vivían juntos en una casita de adobes en Alajuela, como a 500 metros de la iglesia. Desde que Juancito vino al mundo, ella le prodigó cariño y educación. Ya lo decía el cura que se educaba con amor y con rigor, al mismo tiempo.

De pequeño, junto a sus vecinos y vecinas de la misma edad, pasaba entretenido jugando bolinchas y cargando carretas pequeñitas con granos de  café, frijoles, maíz y caña de azúcar para llevarlas al puerto de Puntarenas.

También jugaba de casita. A él le tocaba siempre traer la leña para el fogón que, “de  mentirillas”, encendían para cocinar sus comidas. En ocasiones, doña Manuela contribuía y les hacía sopas de  leche con tortillas, melcochas y aguadulce, simulando que era la fiesta patronal de San Juan Bautista, porque, en su honor,  le había puesto ese nombre a su  querido hijo.

Juancito vivía feliz en medio de la  pobreza generalizada de aquellos años. Nunca conoció a su padre, pero de su madre recibió todo el cariño y el apoyo que necesitó.

Le llamaban en el barrio “el Erizo”, porque su pelo negro ensortijado y su piel morena dejaban entrever que en sus antepasados hubo alguien de la  etnia negroide.

El maestro, Don José María Castillo, visitó a doña Manuela para decirle que ya Juan tenía edad para ponerse serio e ir a la escuela. Ella  exclamó sorprendida:

-¡Parece que fue ayer que lo llevé a bautizar!

Y muy contenta le dijo que haría hasta lo imposible para que Juan recibiera una buena educación escolar, porque la formación en valores cristianos se la estaba dando en el hogar.

Entonces la vida cambió para Juan porque ahora tenía que trabajar duro para comprarse sus cuadernos y su bulto. En marzo de 1838, Juancito enfiló hacia la escuela con algunos amiguitos de su barriada.

Llegó temeroso, pero se hacía el valiente. Días atrás su madre lo venía preparando para que asumiera con responsabilidad esa nueva etapa. Sonó la campana y a las 700 a.m. los reunieron en un pequeño patio para recibir los saludos del director, de los otros maestros y realizar ejercicios matinales.

Luego, lo llevaron al aula y ahí comenzó el proceso de “acomodarse” a los nuevos horarios. Con ayuda del lápiz comenzó a dibujar unas rueditas grandes y pequeñas, como las de las carretas y un humito del tren, pero ¿cómo era un tren? – pensó. Él solamente conocía las carretas.

Con la creatividad, la magia y la inventiva que caracteriza a los insignes pedagogos, don José María dibujó en la pizarra un tren sobre rieles con una potente locomotora. Con mucha gracia, imitó el sonido del tren y le agregó el humo que dejaba a su paso… Luego, los puso en fila para hacer un simulacro de cómo se abordaba y se viajaba en tren.

Acomodó los bancos como si fuera un vagón y se convirtió en maquinista. Comenzó a narrarles las bellezas que podrían observar a través de los ventanales “ficticios” del vagón, y les dio libertad para que aportaran, de su propia imaginación, cosas que veían desde sus asientos.

Pedro dijo que veía muchas vacas descansando bajo la sombra de un gran árbol, una de  ellas daba de comer a un pequeño ternerito; Mariquita describió un río celeste con muchos peces; Marcos visualizó a su madre moliendo unas ricas  tortillas; Juancito vio un turno con ricas comidas y un señores tocando una música muy alegre; Francisca dijo  que le parecía ver un trapiche con bueyes y carretas y en la montaña un pueblito de casas blancas y techos de teja roja. Es así como los doce integrantes del grupo se reían y disfrutaron tanto este paseo que cuando el maestro dijo: ¡Pummmmm, pummmm, pummmmm ya llegamos a nuestro destino final, nadie se quería bajar!

Luego, siguió el recreo y Juancito jugó bolinchas, trompos, escondidas, al ratón y al gato, y rápidamente se comió dos empanadas de chiverre y un fresco de limón que le había puesto su mamá dentro del bulto. En su primer día, escolar había llenado dos páginas del cuaderno con humitos del tren, bolitas y palitos. Su mano se movía con mayor facilidad al terminar los ejercicios previos a la escritura

Sonaron las campanas y salieron dando saltos de felicidad ¡Cuánto habían aprendido y cómo se había reído! De ahí en adelante, Juancito era  el primero en llegar a hacer las tareas y muy temprano en las mañanas se bañaba con agua muy fría en una pila alta que tenían en la casa y se alistaba con el uniforme que su madre le preparaba todos los  días.

Esta ilusión de aprender nunca se borró de su mente.

El maestro estaba muy satisfecho con  el rendimiento de este grupo. Cuando hacía la entrega de notas llegaban los padres y le escuchaban decir muchos elogios. Doña Manuela se sentía como un pavo real, porque Juan tenía las mejores notas y era muy querido.

Un día el maestro les dijo que una banda iba a tocar después de la misa de 10 de la mañana y que le gustaría que fueran a escucharla.  Como Juan vivía cerca del parque, le pidió permiso a su madre y se fue con sus amiguitos. ¡Qué  emoción sintió Juan cuando escuchó los himnos y valses que interpretó esta banda! Muy impresionado, se quedó después de la presentación para ayudar a  guardar los instrumentos y aprovechó para preguntarle  al músico que tocaba el tambor, si era fácil hacerlo. Le respondió que todo lo que se propusiera en la vida lo podría lograr si lo realizaba con entusiasmo y perseverancia.

Juancito salió corriendo para su casa y volvió loca a su madre con el cuento de que él quería aprender a tocar el tambor en la banda. Doña Manuela, quien a duras penas conseguía pagar  el alquiler y darle de comer a su hijo, le contestó que tal vez, más adelante, le ayudaría a hacer realidad este sueño. Juan comprendió la desesperanza reflejada en el rostro cansado de su hermosa mamá y se fue calladito a llorar su desilusión donde ella no lo viera.

Pero un día Juancito contó a su maestro su ilusión frustrada y este conversó de inmediato con el director de la banda del cuartel. Sin pensarlo dos veces, lo integró a los ensayos. En un mes, ya Juancito sonriente y muy realizado daba sus primeros toques al tambor. A Juan en el cuartel lo llamaron “El Tamborcillo” porque era muy hábil tocando este instrumento. Posiblemente, en sus venas corría el gusto por el sabor y la alegría que proporcionan los tambores en los ancestrales ritmos africanos.

También, Juan ayudaba como sacristán en la iglesia y acompañaba al padrecito a llevar la comunión a los más viejitos del barrio. Ahí conoció la dignidad con que llevaban la pobreza algunos vecinos, porque el padre les preparaba bolsas con ropita y alimentos para que llevaran a sus casas. Este era un secreto compartido entre él y el cura.

El tiempo pasó. Juan con 24 años trabajaba como jornalero y albañil. Su ilusión, además de tocar  el tambor en la banda, era la de proporcionarle a su madre una mejor casita y que no tuviera que lavar ropa ajena. Manuela Santamaría contemplaba con ternura y mucha satisfacción a su muchacho. Era un joven bueno, trabajador, honrado y amoroso. ¡Nada más podía pedirle a la Divina Providencia!

Eran tiempos de paz y de progreso. El cultivo del café llevaba oportunidades de trabajo para mucha gente, pero esta tranquilidad se verá amenazada por la llegada a Nicaragua de un grupo de soldados  llamados filibusteros, al mando de un aventurero llamado William Walker. Este pretendía establecer la esclavitud en estos territorios.

El Presidente Juan R. Mora, don Juanito como le llamaba el pueblo con mucho cariño, visualizó el peligro y preparó al ejército. Entonces un amigo invitó a Juan para enlistarse en el ejército porque defenderían a sus familias, a la patria y les iban a pagar un salario atractivo.

Juan, en varias ocasiones, había observado a su amiga Francisca pasear con una joven muy hermosa, trigueña de ojos verdes que lo traía trastornado. Frente al espejo cerró sus ojos y se visualizó vestido con el uniforme militar, cargado de condecoraciones. Mínimo quería llegar a ser un Coronel… bueno se conformaría con ser un sargento. A su lado, aparecía, vestida de novia, aquella hermosa chica de ojos verdes. De pronto, se preguntaba, cómo podría hacer realidad ese sueño.

Salió de manera apresurada donde su  amigo y le dijo que estaba dispuesto a formar parte del ejército. Ambos se abrazaron sonrientes y partieron a reclutarse.

Doña Manuela supo de la decisión que había tomado su hijo porque una vecina se lo contó y casi se desmaya. Esperó a que Juan regresara de una finca de café donde trabajaba como peón, y le preguntó muy seria que por qué había tomado esa decisión.

Juan, muy respetuoso, le contestó que era la  única oportunidad que tenía para mejorar su vida y dejar de ser tan pobres.

Ella le recordó que en las guerras morían muchos inocentes pero que en esta ocasión el destino  de Costa Rica estaba en peligro. Juan respondió que si era necesario ofrendaría su vida para darle a ella todo lo bueno que merecía y devolverle a su patria la paz  y la libertad amenazadas.

Sollozando en su hombro, doña Manuela sintió que este era el abrazo de despedida de su amado Juancito. En cambio, él visualizó una linda casa donde su madre viviría como una reina, y él cuidando una prole de güilitas, junto a la chica de sus sueños.

El momento esperado llegó. Juan recibió la orden de que partirían a enfrentar al enemigo en Nicaragua y esa tarde en el parque se topó de frente con su amiga Francisca que venía acompañada con su adorada morena de ojos verdes. Se quedó mudó y palideció. Ellas risueñas notaron su angustia y Francisca procedió a presentarle a Rosaura, quien vivía en Heredia, pero que, de vez en cuando, sus padres la traían a pasear a su casa.

Juan se fue serenando y en cuestión de media hora los tres compartían tan alegres como si se conocieran de toda una vida. Se sentaron en un “pollito” del parque bajo la sombra de unos palos, cargados de mangos pintones y maduros. Recogieron algunos y Francisca ofreció lavarlos en la fuente del parque, pero lo que realmente intentaba era dejarlos solos. Juan aprovechó el momento para tomarle la mano a Rosaura y confesarle que por años ella había sido la causa de sus desvelos. Con un intercambio de miradas cargadas de ternura, iniciaron un romance tan sincero y profundo que nunca más lograrían olvidar.

Juan lamentaba que la tratara personalmente la víspera de irse con el ejército, pero le prometió que volvería a su lado y que juntos disfrutarían de mejores momentos.

Se despidió triste y apesarado. Era el amor de su vida. No tenía nada que ofrecerle pero le juró que, a su regreso, victorioso y lleno de medallas ganadas por sus actos de heroísmo, la haría sentirse muy feliz. Ambos se abrazaron y bajo un frondoso árbol de mango, con un discreto beso en la mejilla, sellaron su compromiso.

Juancito y sus compañeros reciben en la Catedral la bendición del obispo y el 3 de marzo de 1856 enrumban hacia Nicaragua. No era un ejército conformado por humildes jornaleros descalzos con picos y sachos. Era un contingente de patriotas bien preparados y equipados con armas de moderna tecnología. La organización de mando del ejército estaba a la altura de los ejércitos europeos y al frente, marchaba don Juanito, estadista visionario y valiente que logró levantar el espíritu cívico patriótico del pueblo a niveles sublimes.

Todos al unísono respondieron con altiva gallardía al llamado de su Presidente en su II Proclama al pueblo:

Compatriotas:

“¡A las armas! Ha llegado el momento que os anuncié. Marchemos a Nicaragua a destruir esa falange impía que la ha reducido a la más aprobiosa esclavitud. Marchemos a combatir por la libertad de nuestros hermanos...

¡Paz, justicia y libertad para todos! ¡Guerra sólo a los filibusteros!”

Y así este grupo de ciudadanos costarricenses, con edades entre 15 y 50 años caminando por la Ruta de los Héroes, llegaron a Liberia y de ahí siguieron otra dura jornada hasta a la hacienda Santa Rosa. El 20 de marzo en una batalla que duró apenas 14 minutos nuestro ejército venció, de manera incuestionable y muy rápida a más de 300 filibusteros, apostados dentro de la casona de esta hacienda.

Esta victoria le dice a William Walker que Costa Rica y su pueblo nunca permitirían que nos privaran de la paz y la libertad que disfrutábamos y que con la ayuda de los países centroamericanos los expulsaríamos para siempre de estos territorios.

El ejército costarricense continúa con la persecución de los filibusteros que huyeron en estampida hacia Nicaragua. El 11 de abril en Rivas, los costarricenses necesitan desalojar a los filibusteros que se refugiaban en un mesón o casa para atender huéspedes de un señor de apellido Guerra. Por eso le llamaban el mesón de Guerra y era necesario sacarlos de este estratégico lugar.

El presidente Mora estaba con ellos. El alto mando sugirió que se prendiera fuego a este mesón y dos valientes soldados trataron de hacerlo pero resultó infructuoso el esfuerzo. Uno murió en el intento y el otro quedó mal herido.

Rodeados de un ambiente de mucha incertidumbre, bajo una lluvia de balas, el humilde tamborcito se ofreció para realizar tan peligrosa misión. Todos perplejos se volvieron a ver. Admiraron su valentía y su desprendimiento por la vida, pero lo que impulsaba a Juan a realizar este acto de heroísmo fueron sus tres grandes amores: su patria, su madre y Rosaura, su morena de ojos verdes. Eso sí, aceptaba el reto bajo una condición: que sí moría, velarán por su madre.

Juancito, el chiquillo humilde del barrio de los mangos, el erizo buen hijo y amigo, el tamborcillo enamorado, henchido de amor y fiel a su compromiso como soldado, toma la ardiente tea, se despide de sus compañeros, invoca a Dios y a su madre y sale corriendo hacia el mesón. Logra prenderle fuego pero cae abatido por las balas enemigas.

Treinta y cinco años después se inaugura la estatua en el parque de Alajuela que lleva su nombre. Y por eso, los 11 de abril en Alajuela, la ciudad de los mangos, se festeja esta histórica hazaña. Juan Santamaría es el héroe del pueblo, el símbolo de este pueblo valiente y soñador, que no permitió ser esclavizado.

ACTIVIDADES PARA REALIZAR EN CASA  

1.            Lean el cuento de forma individual o en familia. Un miembro de la familia buscará en el diccionario las palabras desconocidas.

2.            Localicen en un mapa de Costa Rica la provincia de Alajuela y la ciudad de Liberia, y en un mapa de Nicaragua localicen la ciudad de Rivas.

3.            Comenten en el núcleo familiar las impresiones de su primer día de clases.

4.            Investiguen los juegos y diversiones que protagonizaba la niñez costarricense en 1850.

5.            ¿Es importante recibir formación en el hogar y en la escuela? Comenten en familia porqué ambas formaciones son complementarias.

6.            ¿Consideran que José Ma. Castillo fue un maestro inspirador para Juan Santamaría? Justifiquen su respuesta.

7.            Citen tres valores que identifican a doña Manuela Santamaría y a su hijo Juan Santamaría.

8.            ¿Cuál fue la lección que dio el tamborillero de la banda a Juan Santamaría? Comenten en familia.

9.            ¿Consideran que los tres amores de Juan justifican el sacrificio de su vida?

10.          ¿Es Juan un héroe querido por el pueblo costarricense?

Justifiquen su comentario con base en sus experiencias en la escuela y en el colegio.

11.          Elaboraren en familia un mapa con la Ruta de los Héroes, consultando Internet.

(* Escritora, miembro de la Academia Morista de Costa Rica)

Libro Cuentos infantiles sobre la Campaña Nacional de 1856.