Carla Pravisani, escritora argentina radicada en Costa Rica desde el 2003, participó del III Festival Internacional de Poesía Los Confines en Honduras. (Foto: Facebook)

Pravisani recibió el Premio Nacional Aquileo Echeverría dos veces: en el 2012 por su libro de cuentos La piel no miente y en el 2018-en forma compartida con Catalina Murillo-por su novela Mierda, (ambas de Ed. Uruk).

Mierda transcurre en Nicaragua en el 2006 durante la campaña electoral de Herty Lewites, candidato del Movimiento Renovador Sandinista y entonces contrincante del actual presidente Daniel Ortega. La misma ha sido censurada en ese país. Tiene varios libros de poemas en su haber y Murillo ha dicho de su novela: “…es un libro deliciosamente narrado. (…) está lleno de humor, picardía e inteligencia, (…) Y metáforas puestas en su sitio exacto, metáforas que pasan como cerdos volando”. En su otra vida es directora de arte y consultora en creatividad y una exitosa profesional en el ambiente publicitario.

Carla me recibe en un hotel de San José de Costa Rica en el break de unas conferencias sobre género y diversidad a las que está asistiendo. Es cálida, de risa fresca y su mirada focaliza en algún lugar difuso cuando busca las palabras para respondernos. Con fluidez construye sus respuestas sin tenerlas prefiguradas.

¿Cúando empezaste a escribir?

Tuve varios acercamientos a la escritura fallidos, porque no era tan contundente mi interés. Leía muchas novelas de thriller médico cuando era chica, alrededor de los 12 años. Había un autor que se llamaba Robin Cook que me gustaba. Leí “Coma” y me entró ganas de escribir un bestseller. Me senté a la máquina de escribir y entró mi hermano a mi cuarto sin avisar, me interrumpió. Sentí que había roto la magia, el impulso, y que ya no iba a poder escribir mi bestseller, y ahí quedó en una página y media. Después escribí de manera automática mucho tiempo. A la poesía le entré por el automatismo. Nunca entendí que estaba escribiendo poesía. Luego, ya entré a la universidad y dije:” Ok, yo sí puedo escribir”. Tenía como una idea disociada de que no podía escribir si no me pasaban grandes dramas para poder hacerlo. Un día me di cuenta de que ese paradigma no era el verdadero; que yo podía escribir cosas más simples para mí, y empecé a escribir cuentos. Ahí arrancó de una manera más sólida mi vínculo con la escritura, también ya empecé a leer de manera más sostenida.

¿Cómo es tu mapa de ruta para leer algo?

Lo mío es muy intuitivo. En mi casa había una biblioteca, que era de mis padres. Mi madre era farmacéutica, mi padre ingeniero. Mi madre tuvo alguna vinculación con la literatura porque compraba una colección de fascículos de literatura. Mi padre leía mucha historia y había alguna que otra novela en casa y uno va agarrando libros. A mí siempre me generó mucha atracción la idea de andar con libros. No sé si era por pueblerina, que una se marca un status de intelectual porque andás con libros. Había algo en la publicista que habita en mí.

Después empecé a leer libros de Anagrama, los compraba de manera “random” (aleatoria). Así conocí a Bukowski, a Raymond Carver, autores que me llevaron a otros autores y luego uno va haciendo su propio rizoma. Un autor que te gusta te lleva a otro y así uno va amplificando a partir de un lugar de erotismo.

Me metí a un taller literario en Buenos Aires y ya era una brújula. Me hizo mucho bien, ahí empecé a entender cómo corregir, a entender estas capas literarias que tienen que ver con la escritura y la corrección de una manera un poquito más ordenada.

¿Quiénes dirías que fueron tus primeros lectores, esos de carne y hueso?

Yo hice cosas muy estúpidas. Por ejemplo: escribía un cuento y me iba a una fiesta con amigos y me lo llevaba para leer en la fiesta y lo andaba repartiendo, como “mírenme, léanme”. Y nadie leía nada. Tuve un momento de mucho hacia el afuera y después me pasó lo inverso: durante mucho tiempo no tenía lectores. Al principio, se lo mostraba a mi papá y siempre tenía algún comentario inapropiado y desestimulante y ya descarté a la familia, descarté a los amigos, y ya dije: “no, este proceso me lo llevo yo, empiezo a hacer algo más íntimo”. Pasé de la necesidad de mostrar a la de no mostrar.

Ahora, pocas veces muestro lo que estoy haciendo. En el caso de la novela no, tenía ciertas dudas con la misma y necesitaba lecturas para ver cómo encararlo, como tiene mucho de autobiográfico necesitaba ver dónde estaba la fuerza porque no la podía ver. Duré mucho hasta que la logré.

¿Cuándo escribís pensás en un lector posible, o en realidad escribís hasta que vos quedes satisfecha y que después aparezca el lector?

Más lo segundo. No pienso lo que la gente va a leer. Pienso dónde estoy tocando algo que me importa. Si no me lee nadie, no me importa. Hay algo de despojo en el tema de la lectura y la gente. Pasé de la idea del bestseller de los 15 años- a que el libro se venda en toneladas- a que en este momento, si el libro se publica, a mí ya no me importa si lo leen 10, 15 o nadie. Solté esa expectativa, lo que es muy liberador. Porque te va alegrando la gente que conecta, sucede al revés. La falta de expectativa hace que esas cosas que van sucediendo se vuelvan pequeñas alegrías del proceso de recepción del libro.

¿Cúal es el género en el que te sentís más cómoda: cuento, poesía o novela?
Mi género principal es el cuento. Ahí es donde yo me siento más cómoda, no sólo por la escritura sino por la lectura. Soy una lectora de cuentos. Me encanta la intensidad, lo que el cuento genera. La poesía vino después del cuento. Yo arranqué a escribir poesía de forma automática. Nunca la consideré poesía, y durante mucho tiempo sí escribí cuento. Recién a los 33 escribí un libro de poesía.

En tus cuentos se nota que sos poeta

Pero yo me dí cuenta tardíamente que tengo una prosa un poco poética. Me sucede en el cuento, que se nuclean esas características. En la novela me costaba. Tengo amigos que son novelistas y tienen la capacidad de escribir 400, 500 páginas. Yo escribí 150 y quedé derrotada. Me costaba mucho la extensión, tiendo a lo sintético, a sacar. Ese fue mi desafío en la novela, lograr expandir. Es una novela a la que le saqué cien páginas.

¿Cúales dirías que son tus poetas favoritos y por qué?

Me gusta mucho Jaime Sabines, el argentino Hugo Mujica que tiene esa cosa trascendental. De Centroamérica, me gusta Gioconda Belli, tiene una poesía de aire íntimo. También, durante una época, leía la poesía de Charles Bukowski, de Raymond Carver, de Anne Sexton, Fernando Pessoa, del costarricense Luis Chaves. Tiendo a los poetas viscerales, por un lado; a los observadores, por el otro, a los que están tratando de entender lo que sucede en el contorno, y también a los existencialistas.

¿Pensás que la poesía capta más lectores con el uso de las redes sociales como un modo de publicar y compartir?

Creo que hay una cercanía mayor con la poesía con las redes sociales, sí lo creo. Porque yo tengo muchos amigos escritores en mi FB y llego a poetas, a partir de que ellos lo comparten. Sí, siento que hay un mayor trasiego de poesía. Hay una difusión de la poesía que se da por medio de las redes sociales, que funciona.

¿Funcionaría como un lugar de distribución nuevo?

Tengo más poesía que cuento o que otra cosa publicada en web. Porque cada vez que hay un nuevo festival de poesía, te piden poemas. Entonces, a la vez, te escucho un poema que escuchaste y lo querés compartir. Eso ya le gusta a otro y se va generando estas redes de interés y de afinidades que funcionan súper bien en poesía.

¿Algo de eso ocurre en el festival Los Confines?

Sí, ahí se presentan 40 poetas internacionales y hay muchas lecturas en diferentes lugares, y normalmente, sucede que la misma complicidad de los poetas permite que, de repente, te traduzcan poesías a otro lado; o que de repente vos conozcas gente que quizás de otra manera no tendrías acceso. Eso es un poco el tipo de cosas que suceden en los festivales. Por lo menos, en el festival de Granada me sucedió así. Vino un día un maltés al que le gustó algo mío y me pidió de traducirlo. Por eso, tengo poesía traducida al maltés, al ucraniano, porque pasa eso, alguien escucha tu poesía, le gusta, la traduce y llega a otro lugar lejano.

¿Cómo se lleva un escritor que escribe en la soledad de su casa, con el voyeurismo cada vez mayor que vivimos, en el que todo el mundo mira y se muestra todo el tiempo?

Hay una parte que tiene que ver con la cantidad de distracción que tenemos. Esa distinción entre el afuera y el adentro, antes era más sólida. Había un espacio íntimo y un espacio social completamente definidos. En este momento, son bastantes frágiles esas fronteras, entonces hay mucha distracción y esa distracción lleva a la ruptura de ese espacio personal. Cada vez cuesta más lidiar con la soledad que es necesaria para dejar que el magma literario empiece a tomar forma. Me pasó con el proceso de la novela. A veces esa soledad, esa incomodidad, ese dar vueltas sin entender qué hace uno, hace que en algún momento la cosa levante. Cuando estás: “Ay, no sé qué hacer. Bueno, entro en FB”. Cortás. Son autointerrupciones, tu misma mente no sabe cómo lidiar con el vacío.

Estamos acostumbrados a ser interrumpidos y a autointerrumpirnos. Eso, me parece que es un problema para la autoconexión que uno ocupa para empezar a desarrollar una historia y que la historia misma tome camino. Porque necesito ese espacio, es muy necesario ese espacio de autista para escribir.

Cuando doy talleres siempre les digo, tengan un diario íntimo porque siento que eso es un lugar sagrado. El lugar donde vos escribís sin ser mirado. Porque es muy diferente: escribir sin ser mirado a escribir siendo mirado. Para mí, son dos paradigmas totalmente diferentes. Cuando uno escribe siendo mirado hay una expectativa de uno mismo sobre eso. En cambio, cuando vos escribís sin ser mirado no hay expectativa, estás simplemente elaborando.

Antes los escritores se morían y publicaban sus diarios. Ahora el escritor está vivo y todo el tiempo: “Ay, estos fueron mis últimos diarios”. Ya esa lógica del diario íntimo ha perdido su rigor. Antes era para la posteridad. Ahora hay algo de “estoy haciendo esto que es íntimo, pero también podría no serlo”. Ese doble juego es llamativo.

¿Hay algo de la nostalgia en la selección de los cuentos reunidos en “La piel no miente”? Todos ocurren en tu pueblo natal, El Dorado, en Misiones.

Creo que sí, si bien más que una nostalgia, hay unas ganas de recrear ese pueblo que cuando era chica me parecía tan “flat” (chato). Cuando vivía en el pueblo yo sentía que “acá no pasa nada”, “me quiero ir a la ciudad”, pero cuando uno se aleja ve: “pucha, mi pueblo era lo más cosmopolita del mundo”. Había mucha migración alemana y me crié inserta en una cultura donde estaba confluyendo muchas maneras de entender el mundo y eso no lo entendí hasta que me alejé. Estos conflictos raciales, estos conflictos del entorno sólo me fue posible verlos cuando me salí.

Con la novela Mierda abordaste un hecho real y lo ficcionalizaste. Vos fuiste parte de la campaña electoral de Herty Lewites, el candidato del Movimiento Renovador Sandinista que le peleó la presidencia al actual presidente Daniel Ortega. Además, todo esto ocurre mientras un matrimonio también tiene su crónica de fracaso anunciado como la campaña electoral. ¿Esperabas que la novela fuera a ser censurada en Nicaragua?

No. Fue coyuntural. Esta novela me costó como diez años de trabajo, hasta que, finalmente, sentí que la había logrado concretar. Hubo una noción de oportunidad del editor. Porque la novela estuvo como un año navegando en las aguas del olvido. Había algo de “sí, va a salir, pero no hay apuro”, hasta que, de repente fue: “saquémosla este año”. Sentí que había muchas cosas que podía mejorarle, pero recién ahí fue que terminé de cerrarla. Nunca lo terminaba de hacer, seguía como en un estado a la deriva, y de repente se aceleraron, a partir también de sentir que iba a ser relevante publicarla. Creo que la campaña, como se dijo en la presentación del libro, es como un presagio del pasado. El desencadenante real en Nicaragua ya estaba germinando en ese momento, ya estaban todas las fichas echadas, y tuvo que pasar un montón de tiempo hasta que Nicaragua estalló.

¿Pensás que la novela tiene algo de strip tease invertido como dice Vargas Llosa? Según él, el escritor empieza desnudo y cuando empieza  a escribir se crea un vestido de ficción construido de sus propias percepciones.

Qué linda imagen, no la conocía, pero sí. En esa novela lo que más me costó fue cohesionar, porque tenía un miedo con la historia en mayúsculas que no sabía cómo trabajar. Esa novela la escribí desde un montón de puntos de vista porque no sabía desde qué lugar tenía derecho.

Quedó desde el punto de vista de Victoria.

Sí, pero antes estaba desde el punto de vista omnisciente. Luego quedó equisciente, porque me daba esa doble fisura de poder hablar desde la tercera persona como primera. Fue todo un tema para mí, hasta que logré sentirme cómoda con el traje, y entonces lo trabajé desde ese lugar. Pero la historia, la idea de que había sucedido un hecho real, y que, de repente, yo lo estaba jugando como si fuera una plastilina… me costó entender desde qué lugar asumirlo. Tampoco quería hacer crónica.

Está basado en un hecho real, pero es absurdo todo lo que ocurre. Como cuando dicen que la realidad supera la ficción.

Mi interés era contar esto y poner cosas que a la gente la sacara de registro. Hay un link donde podés meterte y ver el comercial y entonces uno dice: “ah, sí, fue así”. Genera eso, esa cosa transmedia que quería que tuviera. También por eso incluí los extractos de los periódicos. Esa mezcla de registros que también me interesaba abordar y que la gente tuviera estas preguntas sobre si es realidad o ficción, me gustaba.

Volviendo a la poesía, como decía Fogwill, se necesitan más poetas entre la gente común.

En los recitales de poesía pasa eso. Se va creando como una atmósfera y en Nicaragua- recomiendo mucho que vayan al festival de Granada- es bien bello cómo ellos miran a los poetas. Salían los chavalos de la secundaria y le pedían a los poetas que firmen sus cuadernos, había como un prestigio. De repente, uno está comiendo con otros poetas y viene el mozo y saca su poesía y la muestra. Es particular, cómo ellos, los nicaragüenses ven la poesía y se ven en la poesía. Me parece que es muy bello, porque finalmente no hay nada más inútil que la poesía. Inútil en el sentido de practicidad, y útil en el sentido de trascendencia. Sentir que ahí, de alguna manera, se está jugando el “todo” de nuestra existencia. De repente, en la poesía es donde nos salimos de cualquier tipo de “caja”. Donde realmente las cosas empiezan a tener un sentido.