Foto: Google. Tony Blair ex Primer Ministro de Inglaterra, lanzó una fuerte crítica contra decisión de EEUU de abandonar Afganistán.

Veinte años después vuelve el Talibán, el mismo grupo que los Estados Unidos echó del poder en 2001, con el apoyo de Inglaterra, de la que Blair era entonces primer ministro.

Como también lo era cuando decidió sumarse a la invasión de Irak, en busca de las armas de destrucción masiva que tanto él, como el presidente norteamericano, George W. Bush y el jefe del gobierno español, el conservador José María Aznar, aseguraban que existían. –Créanme, ¡hay armas de destrucción masiva en Irak!, decía Aznar en vísperas del ataque a aquel país.

El gobierno de Inglaterra había publicado, el 24 de septiembre de 2002, siete meses antes de la invasión de Irak, su propio informe sobre esas armas. En la introducción, Blair aseguraba que Sadam Husein continuaba produciendo armas de destrucción masiva, "más allá de toda duda".

Hoy el laborista inglés se lamenta del retorno del Talibán al poder en Afganistán “en una forma que parece diseñada para hacer evidente nuestra humillación”.

–¿Perdió Occidente su visión estratégica; puede aprender de esta experiencia; pensar estratégicamente? ¿Es el largo plazo un concepto que todavía somos capaces de comprender?

El presidente Joe Biden, en su ya famoso discurso del lunes 16 de agosto, reafirmó las razones de su decisión de retirarse de Afganistán. Dijo que los objetivos de la intervención habían sido dos: liquidar a Osama bin Laden –el organizador del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York– e impedir que Afganistán siguiera siendo base de operación de grupos terroristas. No estaba incluido, entre esos objetivos, la idea de reconstruir un Estado, aseguró. Consideraba, por lo tanto, que la misión que se habían propuesto estaba cumplida. Que era hora de traer a sus soldados de vuelta a casa.

 

-- Una consigna política imbécil --

Pero Blair opina otra cosa. Nuestro compromiso era “transformar Afganistán, de un Estado terrorista fallido, en una democracia funcional”, asegura en su artículo. Hoy parece que vemos el esfuerzo por imponer la democracia en un país “como una ilusión utópica” y “toda intervención, de cualquier tipo, como una tontería”.

Y entonces vienen las que son ciertamente las palabras más duras, refiriéndose a la decisión de Biden de retirar sus tropas de Afganistán: “No era necesario hacerlo. Decidimos hacerlo. Lo hicimos obedeciendo a una consigna política imbécil de terminar con ‘las guerras sin fin’”.

Lo hicimos porque la política parecía exigirlo, no por razones estratégicas, asegura. Rusia, China e Irán lo ven y sacarán provecho. Puso como ejemplo el caso de Libia. Una intervención que provocó el caos, una guerra civil y el aumento de refugiados buscando asilo en Europa. Recordó que habían sido ellos los que habían puesto fin al gobierno de Muamar Gadafi, pero eran los rusos quienes se estaban haciendo cargo del futuro del país.

Ahora, ante la crisis de Afganistán, todos se preguntan: –¿Representa esta retirada de Occidente un cambio de época? No lo creo, pero tendremos que demostrarlo, contesta Blair.

Su propuesta es cercar a los talibanes. Tendrán que enfrentar decisiones difíciles, que los dividirán. Sus finanzas, su sector público, dependen fundamentalmente de la ayuda norteamericana, de Japón, del Reino Unido y de otros países del G7. Junto con otras naciones deberían crear un Grupo de Contacto para coordinar iniciativas con el pueblo afgano, vigilar al régimen Talibán, crear una lista de incentivos y sanciones. ¡Que sepan que los estamos vigilando!

El G7, reunido de forma virtual y urgente el pasado martes 24 de agosto, convocado por la presidencia británica, aprobó una resolución advirtiendo a los talibanes de que serán responsables de evitar acciones terroristas desde su territorio y de garantizar los derechos humanos, en particular de mujeres, niñas y minorías étnicas. De eso dependerá –afirman en su declaración– la “legitimidad de cualquier futuro gobierno”.

En conferencia de prensa, el primer ministro Boris Johnson señaló que la primera exigencia del G7 fue extender, por el tiempo necesario, las garantías para que quienes quieran abandonar el país lo puedan hacer.

Pero, pese a la presión europea, no hubo acuerdo con Washington para extender la presencia de tropas norteamericanas en Kabul y asegurar la evacuación de quienes quieran abandonar el país.

“Algunos nos dirán que no, pero espero que otros lo vean en sentido positivo, porque el G7 tiene una muy considerable influencia económica, diplomática y política” en Afganistán, incluyendo el control de un considerable monto de fondos afganos, depositados principalmente en Estados Unidos.

 

-- Blair, peligrosa arma de destrucción masiva --

Para Blair, los talibanes son parte de un escenario político más amplio, de una preocupación estratégica. De lo que califica, “a falta de mejor definición”, de una “ideología islámica radical” que, en su criterio, alimenta un vasto proceso de desestabilización en el Sahel, al norte del África subsahariana.

Aunque algunos países islamistas se opongan a la violencia, “todos comparten las mismas características ideológicas”, como Pakistán, que felicitó a los talibanes por su triunfo.

El enemigo, –para Blair– es el islamismo: el desafío estructural, a largo plazo, de una ideología que considera “inconsistente con las sociedades modernas’.

Si eso es así, si ese es un desafío estratégico, nunca debimos tomar la decisión de salir de Afganistán. Durante 70 años reconocimos el comunismo revolucionario como una amenaza de naturaleza estratégica y a nadie se le ocurrió decir que deberíamos abandonar esa lucha. Eso es lo que debemos decidir sobre el Islamismo Radical: ¿es una amenaza estratégica?

Blair sugiere mantener diversas formas de intervención. Si Occidente quiere un siglo XXI a su medida, de acuerdo a sus valores e intereses, deberá asumir compromisos, exigió Blair, dejando de lado cualquier necesidad de comprobar si sus enemigos tienen o no armas de destrucción masiva.

Hemos aprendido los riesgos que presentan intervenciones como las de Afganistán, Irak o Libia. La intervención requiere compromisos que respondan a nuestros objetivos, no limitaciones de tiempo impuestas por la agenda política.

Queda en evidencia así de que, si hay armas de destrucción masiva en este mundo, una de las más peligrosas ¡es el mismo Tony Blair!

Sus ideas no entusiasman a todos, ni siquiera en Inglaterra. “Blair condena la retirada de Afganistán, pero sería mejor que demostrara un poco de remordimiento”, dijo Simon Jenkins, columnista del Guardian, en artículo publicado el pasado 23 de agosto.

“Él fue un ardiente defensor de la invasión de Afganistán por George W. Bush, seguida por la de Irak. Eso fue imbécil, trágico, peligroso e innecesario. Fue Blair quien impulsó la reluctante OTAN a prestar legitimidad a esa aventura vanidosa de los líderes de Estados Unidos y Gran Bretaña. Él fue un perro faldero que, trotando tras los talones de Estados Unidos, dejó Gran Bretaña fuera lo que, con ironía, llamó ‘la primera división’” política mundial.

 

-- “No culpen a los afganos” --

“¿Por qué los Estados Unidos, posiblemente la sociedad más exitosa en el mundo, pierde tanta sangre y recursos en aventuras en el extranjero –de Cambodia y Vietnam a Afganistán e Irak– y fracasa de modo tan espectacular?”, se pregunta el diplomático y académico singapurense Kishore Mahbubani. Debe haber razones estructurales muy profundas para eso, asegura, que –para él– pueden ser explicadas por las tres “c”: control, cultura y compromiso.

Hace tres años Mahbubani publicó su libro “Has the West lost it?” Un título al que le agregó: “una provocación”. Más recientemente, en marzo del año pasado, publicó “Has China won? The chinese challenge to American primacy” (¿Ha ganado china? El desafío chino a la primacía norteamericana). Además de libros, escribe con frecuencia sobre temas de actualidad, confrontando la idea de Occidente con la visión asiática del mundo, un conflicto que se expresa bien en el título de esos libros.

Los Estados Unidos fueron a Afganistán a construir y alimentar la democracia. Pero no podrían haber actuado de manera más antidemocrática que asumiendo por 20 años el control del país, afirma.

Incapaces de asumir los valores culturales del país, los norteamericanos estimaban democrático el gobierno del presidente Ashraf Ghani. ¿Es cierto?, se pregunta Mahbubani y nos recuerda que solo 1,8 millones de afganos votaron, en un colegio electoral conformado por 9,7 millones de electores, en un país de 32 millones de personas.

Sin considerar que –como explican analistas que conocen el país–, Afganistán “no existe” como un Estado-nación. El país está conformado, más bien, por grupos locales, dice en entrevista a la alemana DW el periodista brasileño Lourival Sant’Anna, quien estuvo tres veces en Afganistán, en los años de la ocupación norteamericana, preparando reportajes.

Los afganos son muy inclinados a hacer acuerdos, asegura. No tienen interés en provocar problemas con otros países. “Es lo que están tratando de hacer de nuevo ahora. Ellos solo quieren arreglar su país, un emirato islámico, y tener buenas relaciones con el resto del mundo”, afirma.

La entrevista ilustra bien lo que Mahbubani define como realidades culturales que ayudan a entender por qué Estados Unidos termina derrotado al invadir esos países. Fracasa al imponer las suyas propias, en vez de tratar de comprender las locales.

La tercera “c” citada por el académico singapurense se refiere a “compromiso”. Mahbubani ilustra su idea señalando que Afganistán es una antigua sociedad con un vecino aún más antiguo: Irán.

“Después de milenios de vivir juntos, en la historia y la cultura de Irán debe haber mucho conocimiento sobre como convivir con Afganistán”. Independientemente de todas las diferencias, un acercamiento entre Washington y Teherán sobre este tema podría haber sido útil para ambos. “Pero la sola idea de un compromiso con Irán parece impensable para los Estados Unidos” afirma. No hay muchas señales de que Estados Unidos esté dispuesto a revisar su comportamiento”.

Por el contrario, “mucha gente en Washington culpa a Afganistán por este fallo catastrófico, señalando, en particular, la corrupción. Pero la corrupción –concluye– requiere tanto la oferta como la demanda. “Si Estados Unidos no hubiese ahogado Afganistán en un tsunami de dólares casi sin control la corrupción podría no haber ocurrido”.

 

-- Los mismos vendedores poco confiables --

Nesrine Malik, columnista del Guardian, también se pregunta por qué Occidente no saca lección alguna de lo ocurrido en Afganistán. Son los mismos vendedores, que nos ofrecieron una falsa guerra hace décadas, los que están nuevamente aquí, tratando de vendernos los repuestos para mantener el carro caminando, afirma Malik.

Nos recuerda el caso del ataque de Al Qaeda contra las embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania, en agosto de 1998.  

El entonces presidente Bill Clinton ordenó, como represalia, un ataque con misiles contra la mayor fábrica de medicinas en Sudan, un país sometido a sanciones, donde estas escaseaban. La acusaron de estar produciendo, secretamente, agentes nerviosos para Al Qaeda.

La fábrica quedó destruida. Un hombre murió y otros 11 quedaron heridos. Pero, poco después, funcionarios de la administración norteamericana admitieron que la “evidencia” del caso no era tan sólida como parecía. Como las bombas de Saddam Hussein.

No hubo nunca la admisión de un error, ninguna disculpa, ninguna indemnización para los afectados. Nadie se responsabilizó por el error.

Durante más de dos décadas, “esta ha sido la lógica de la guerra contra el terror: dirigentes norteamericanos e ingleses toman las valientes y difíciles decisiones morales y luego alguien se hace cargo de las consecuencias”.

El caos en Kabul, destacó Malik, “es solo el último evento en un largo drama, cuyos protagonistas no cambian nunca”.

Guerras sin fin, sin responsables por los crímenes cometidos.