Entre sus muchos galardones, tiene un doctorado honoris causa de la UNAM de México y varios premios nacionales Aquileo Echeverría. Su obra es abundante: 27 libros entre narrativa y ensayo.

Entre ellos destacan La isla de los hombres solos (1971), un dramático relato, que ya lleva más de 150 ediciones, inspirado en su experiencia, en condiciones infrahumanas, como presidiario en la isla de San Lucas por más de dos décadas, y Tenochtitlán. La última batalla de los aztecas (1984), con unas 60 ediciones, traducidas ambas a varios idiomas. Esta última es una obra épica en la que narra, desde el punto de vista de los vencidos, el enfrentamiento entre españoles y aztecas que dejó diezmada la población indígena y en escombros la majestuosa ciudad de Tenochtitlán.

Sigue leyendo y es escribiendo. Bajo el título de Macorina, está por publicar una novela inspirada en la cantante de origen costarricense Chavela Vargas (1919-2012), su amiga entrañable, y trabaja en una investigación sobre la cultura precolombina en Talamanca que, según dice, va a cambiar la forma de estudiar la historia en Costa Rica.

En su vasta biblioteca, en la que acumula libros, reconocimientos y recuerdos como los primeros manuscritos, en sacos de cemento, de La isla de los hombres solos, repasa las fuentes que han alimentado su creación literaria y sus lecturas y, con una memoria excepcional, cita obras, fechas y autores que mantiene frescos en su memoria.

¿Cuál es la obra suya que más le ha dejado satisfecho?

La última, la de Chavela Vargas. ¿Por qué estoy tan satisfecho? Yo creo que de todas estas cosas que me ha salvado Dios, haber conocido y haber amado a Chavela Vargas es algo que me llena el alma. Por eso creo que mi mejor libro es este que acabo de terminar que se llama Macorina. Claro, siempre tendré un enorme agradecimiento con Tenochtitlán. Porque soy indígena huetar, de Cucaracho de Río Cuarto (Grecia, Costa Rica). En Chavela Vargas he querido rescatar ese símbolo de la mujer. Creo que he logrado hacer arte. A mí me impresionan muchísimo mujeres como Chavela Vargas. Algunas terminaron como mi hermana o como mi madre, que yo no conocí, como prostitutas. Nunca supe quien era mi padre y mi madre tampoco lo supo. Todos los hijos que tuvo mi madre (doce, once mujeres y un hombre, José León) tienen padres diferentes.

A propósito, en Tenochtitlán, dos capitanes de Hernán Cortés (Machuca y Gutiérrez) llegan hasta Cucaracho de Río Cuarto, tierra de indios huetares, en busca de oro, donde son tomados prisioneros. Usted nació en ese lugar. ¿Tiene algún significado particular para usted esa acción contra los conquistadores, en ese lugar?

Hay una historia impresionante sobre Costa Rica. Es el momento en que el conquistador español  trata de decirle a un tlatoani (gobernador en lengua náhuatl) de Nicoya que ese libro que tiene en sus manos se llama La Biblia y que allí está todo el conocimiento y entonces él le pregunta: “¿Por qué hay día, por qué hay noche, por qué se mueve la tierra?” Está haciendo esta pregunta muchos años antes de que naciera Galileo Galilei. Y termina preguntándole, “¿Hacia dónde nos llevan las estrellas?” En la Universidad de la Paz (Bolivia), por ejemplo, eso está como si fuera mexicano. No, eso sucedió en Costa Rica. El otro caso es Cocorí y Kamakiri (dos líderes indígenas costarricenses, personajes de su novela). Como aquí no se ha escrito sobre eso, quise ponerlo en mi novela como si fueran parte del asunto mexicano.

Ahora hemos encontrado un libro donde descubrimos que los chibchas, en Talamanca, por ejemplo, conocían el cero y sabían leer y escribir primero que los españoles. Es más, los chibchas de Talamanca le llevaban dos mil años a la famosa cultura de Tenochtitlán. No era el pueblo que dicen los sacerdotes, que comían carne humana, que las mujeres eran putas a partir de los ocho años y que no sabían leer ni escribir.

Ahora que hablaba de la mujer y siguiendo con Tenochtitlán: en esta obra hay dos mujeres fundamentales en la trama: Malintzin (doña Marina para Cortés o la Malinche para los mexicanos) y Matla. Una aliada y traductora de Cortés y la obra heroica guerrera azteca que tiene un fin trágico. ¿Tiene algún simbolismo incluir, en un lugar destacado, la presencia de la mujer en su obra?

La Malintzin es la mujer más ofendida de la historia, la más insultada. Es más, entró al lenguaje como la traidora. Ella no era azteca, era chichimeca. Pertenecía a un pueblo invadido por los aztecas. Había sido vendida como esclava. Hablaba maya y náhuatl. Jerónimo de Aguilar (un náufrago español rescatado por Cortés en Cozumel) hablaba maya y castellano. De Aguilar  hablaba maya con Malintzin y ella náhuatl con los aztecas. Ella le traducía del náhuatl al maya a Jerónimo de Aguilar y este del maya al castellano a Cortés. Ella no era la traductora de Cortés. Su pueblo era enemigo de los aztecas, un pueblo (los aztecas) que llegó a tener tanto poder como no lo tuvo nunca Roma. Llegó a construir la ciudad más hermosa en la historia de la humanidad, con la arquitectura más inconcebible.

En mi novela el héroe no es un hombre, es Matla. Y por eso fui creando aquel momento que me han alabado tantísimo, cuando ya no hay nada que hacer, cuando ya han destruido esa obra de hidráulica portentosa de (Acolmiztli) Nezahualcóyotl (1402-1472), de haber separado el agua del lago para convertirla en agua dulce. Una obra de ingeniería única en la historia de la humanidad. Llega un momento en que ya no hay nada. Entonces aparece Matla en una situación épica para salvarlos. Ella siempre quiso capturar a Cortés para ofrecerlos a los dioses, pero cuando se da cuenta de que es un múltiple asesino, un criminal, pretende capturarlo para venderlo en el mercado.

Termina destruida y subastada en un mercado de esclavos, en una situación muy dolorosa para una guerrera tan heroica…

No la maté porque así son las mujeres americanas hoy en día. Todavía están luchando. Fíjese que la única mujer libre que está en la Biblia se llama Jezabel (reina del antiguo Israel, según Libro de Reyes) y no hay otra. Y, ¿cómo termina? Era una mujer que no estaba de acuerdo con que una burra o una arroba de miel valiese más que una mujer. Por eso Isaías la manda a matar y que la devoren los perros. La única mujer libre en la Biblia. Yo les he preguntado a mis estudiantes en la universidad, ¿en qué lugar la Biblia habla bien de la mujer? En la Biblia la mujer es igual a un excremento. Yo quería  rescatar la mujer como símbolo.

Si tuviera que citar a algún autor nacional, solo uno, ¿quién sería? ¿Cuál lo ha influenciado?

Dos artistas me han impresionado tremendamente en Cosa Rica. Los dos son inigualables y los dos hasta el día de hoy son insuperables: Fausto Pacheco en la pintura y nuestro único gran escritor,  Carlos Luis Fallas. Decía Neruda que el libro que más le había impresionado era Mamita Yunai. No hemos llegado a superar la belleza lexicográfica de Mamita Yunai, Gentes y gentecillas o Marcos Ramírez. Sus personajes vibran. Escritores como Fabián Dobles y Joaquín Gutiérrez son muy buenos, pero sus libros siempre terminaron pensando en el Partido Comunista. Y Calufa no cae en eso. Puedo decir que Carlos Luis Fallas es quien más me ha inspirado. Aunque cuando estaba en la cárcel mandé una carta pidiendo ingresar a la Asociación de Autores Costarricense y no me aceptaron por el voto en contra de Carlos Luis Fallas.

¿Usted tiene influencia de algún escritor extranjero?

Juan Rulfo. Con Juan Rulfo aprendí lo que es un personaje, entendí que el escritor tiene que liberarse total y absolutamente del personaje y tiene que pensar que lo que está escribiendo es una mentira. Eso me enseñó Juan Rulfo. He compartido mi vida con toda clase de artistas, no solo escritores, dramaturgos, pintores y siempre me digo, ¡qué bueno que en un momento dado apareciera Juan Rulfo en mi vida, que bueno que me diera la mano! Con Juan Rulfo, por ejemplo, yo entendí lo que es una novela, lo que es un cuento. Antes de eso, me enamoraba de los escritores del Siglo de Oro y de la generación del 98 español y sobre todo me enloquecían los escritores norteamericanos, como Ernest Heminguay, Truman Capote, John Steinbeck. Ese grupo de personas que escribieron cuentos y novelas extraordinarias y que nos enseñaron qué es un cuento y qué es una novela antes de que llegara Juan Rulfo. Juan Rulfo, nos dice en Luvina, que cada personaje, incluso una piedra, tiene su símbolo. En la literatura castellana, yo creo que Luvina es la obra más extraordinaria que ha creado la mente humana. Lo mismo se puede decir de Diles que no me maten (ambos cuentos de Rulfo). Esas mujeres de Luvina son verdaderamente extraordinarias.

¿Cuáles han sido sus lecturas?

Aquí (en su biblioteca) pueden haber 10 000 libros. Tome cualquier libro y pruébeme. He dedicado mi vida a leer. Para el libro que estoy escribiendo, de historia, y que se llama Los nudos del diablo he tenido que dominar tal vez unos 200 libros que están aquí (señala un estante).

¿De qué trata Los nudos del diablo?

Doña Aisa Vega (su asistente en filología) descubrió que existió un libro de historia precolombina en Talamanca. Algo que yo no creía porque soy muy pedante y creía saberlo todo de la literatura Mesoamericana, porque conozco los libros náhuatl precolombinos costarricense pero jamás de Talamanca. Con el descubrimiento de doña Aisa y lo que yo estoy haciendo cambia la historia de Costa Rica.

Usted ganó, en 1963, el premio Juegos Florales con el cuento El poeta, el niño y el río. ¿Qué significó ese premio en su futura carrera de escritor?

Fue el primer premio que gané. Por cierto que cuando abrieron las plicas, el presidente del jurado, Antonio Macaya, dijo que un asesino como José León Sánchez jamás podía escribir un cuento tan bello y tan dulce como ese.  El segundo premio lo había ganado Constantino Lácariz (1923-1978, filósofo español radicado en Costa Rica), que era una institución. Se negaron a darme el premio, pero el día de la entrega don Constantino dijo que si no me daban el primer premio a mí el no recibiría el segundo. Me lo dieron: 2 000 colones. Era toda la plata del mundo. Yo tenía ya trece años de estar preso (en San Lucas) y no había llegado a tener un dólar en todo ese tiempo.

¿Fue un aliciente para comenzar su carrera de escritor, supongo?

Un aliciente, pero inmediatamente gané los Juegos Florales de Guatemala con Cuando canta el caracol. Después Jorge Debravo publicó los cinco únicos poemas que he publicado, Cinco poemas para ti. Luego don Alberto Cañas comenzó a publicar mis cuentos en La República. Unos de esos cuentos, La niña que vino de la luna, lo publicó hace poco la Unicef en 125 idiomas.

¿Lo han tratado de marginar o de ignorar en Costa Rica como escritor?

No, no. Los costarricenses no tienen nada que ver en ese lío (el asalto a la Basílica de Los Ángeles en 1950, del que fue acusado y enviado a la cárcel). Cuando fui acusado de un crimen que no cometí en Costa Rica había 500 000 habitantes. Tal vez un 80 por ciento, fíjese qué tremendo, ya están muertos. Solamente el 20 por ciento o menos estamos vivos, porque tengo 84 años (los cumple el 19 de abril).

En concreto se podría hablar de La luna de la hierba Roja (1984), en la que hace casi una parodia, una caricatura, de Costa Rica. Algunos han visto en esa obra una sacada de clavo, una  denuncia revanchista. Casi treinta años después, qué piensa de esta novela.

Esa novela fue prohibida. Quise escribir sobre algo que pasó: ¡cómo envenenaron al pueblo con la Aflatoxina (una sustancia cancerígena)! Un maíz importado que estaba contaminado con aflatoxina. El maíz venía para Nicaragua, pero Nicaragua lo rechazó. Pero como el café estaba carísimo, como a 400 dólares el saco (46 kilos, en la década del 70), el Consejo Nacional de la Producción lo aceptó  (el maíz) para  mezclarlo con el café para el consumo costarricense y poder vender el café de primera calidad fuera del país. Eso sucedió. En esa novela también la heroína es una mujer.

Es muy despectiva con Costa Rica esa obra…

Si. Decía Mark Twain que el escritor es la parte oscura de una sociedad. Eso fue terrible. Fue un crimen contra el pueblo de Costa Rica. Lo que Nicaragua no quiso lo trajeron aquí y alimentaron también las granjas avícolas. Fue un crimen espantoso. No se ha vuelto a dar en ningún país un crimen tan horroroso como ese.  Por ese libro me destituyeron de cónsul de Costa Rica en Estados Unidos.

Pero igualmente, Campanas para llamar al viento es escasamente conocida en Costa Rica a pesar de ser una historia muy interesante sobre la misión que se propone Fray Junípero Serra de conquistar el territorio de California, en la segunda mitad del siglo XVIII, para el imperio de Carlos III de España. ¿Cuál es su impresión?

Es una novela religiosa. Me decía un obispo de México: “José León, siendo usted acusado por un crimen contra iglesia, ¿por qué tanta belleza en ese libro? ¿Es usted muy religioso?” Me sorprendió la pregunta. No, yo no. Es religioso el personaje, fray Junípero Serra. Yo no tengo nada que ver con el personaje. Claro, fue un trabajo enorme porque (Junípero Serra) nunca escribió en castellano, sino en latín. Tuve que contar con la ayuda de una filóloga que me tradujo unas 3 000 cartas. Algo muy importante: los franciscanos son sacerdotes muy inteligentes y a ninguno de ellos se les ocurrió escribir un libro sobre Junípero Serra. Y es precisamente el libro de la parte norte mexicana.

¿A qué atribuye que ese libro sea escasamente conocido en Costa Rica?

Porque en Costa Rica la gente no me lee. Al ministerio de Educación no le interesan mis libros. Sigue creyendo que soy un asesino, un degenerado y un monstruo.

¿Se considera un rebelde?

Mire, todos los artistas somos rebeldes. Nos apropiamos de la obra de Dios. Creamos seres, paisajes, palabras, tonterías, locuras que solamente a Dios se le pueden ocurrir. Entonces el artista es un rebelde. Yo soy un rebelde.

¿Es usted creyente, cree en Dios?

No existe en una persona que no crea en Dios. Lo que pasa es que las escuelas religiosas lo enseñan a usted a creer en dioses basura, que no es Dios. Si usted lee, por ejemplo el libro  El genoma humano: el principio de la vida, encontrará el principio de un dios maravilloso, que no es el dios basura de las religiones.

¿Las religiones han prostituido el concepto de Dios?

No solo lo han prostituido, sino que por eso han prostituido el corazón del hombre. Leyendo a Hitler me doy cuenta que era católico, creía en la Biblia católica, no en la judía, y creía que el judío era la maldición del hombre. Y usted no puede entender una psicopatía tan extrema como la que ese hombre tuvo en su pensamiento, que contagió a toda una nación. Matar seis millones de personas porque la Iglesia Católica enseñó que el judío había matado a un profeta. Y por matarlo han muerto millones y millones de seres humanos.

En las últimas décadas han surgido una serie de escritores notables, con obras de buena calidad. Hay un auge en la narrativa nacional, pero siempre se mantiene una sensación de que la literatura costarricense tiene dificultades para traspasar las fronteras, para trascender más allá del territorio nacional. ¿Cómo ve este fenómeno y a qué lo atribuye?

Eunice Odio lo hizo. Y en el pasado el comunismo hizo muchísimo para que los escritores traspasaran la frontera. Desgraciadamente, Jorge Debravo había renunciado al Partido Comunista y entonces no logró que su obra fuera traducida como la de los escritores comunistas. Ningún artista tiene dificultades. El artista siempre sale adelante. No necesita ni editores ni padrinos ni dinero ni nada. Vea Kafka, no creía en su obra. Tenemos el maestro de todos los maestros que ha tenido el arte, Vicent Van Gogh. Su mamá colocaba sus pinturas para que pusieran las gallinas. Solamente vendió un cuadro, que compró una poeta belga. Eso demuestra que al artista no lo detiene nada. No necesita editoriales ni millonarios ni dinero. Siempre va a salir adelante. El artista solo necesita ser artista.

Pero uno siente, con sus excepciones, que los escritores costarricenses tienden a quedarse  dentro de sus fronteras, a diferencia de lo que sucede con otros países centroamericanos, por ejemplo.

Es que no hemos producido la obra. No hemos aportado el primer verso. Cuando lo aportemos, las editoriales lo toman y lo publican.  Tenemos que hacerlo. En Costa Rica no hemos tenido todavía la gran prostituta, el gran filósofo, el gran novelista, el gran pintor, el gran dramaturgo. La poeta creo que es Eunice Odio. Paco Zúñiga (Francisco Zúñiga, 1912-1998, escultor costarricense radicado en México gran parte de su vida) decía que el único arte que hay en Costa Rica es el precolombino. Hay que ver las colecciones de cerámica en la Gran Nicoya: León, Managua, Masaya, Granada, Rivas y parte de Guanacaste. No hemos llegado al arte costarricense pero sí tenemos el arte precolombino.

¿Se siente satisfecho, realizado, con su obra?

No. Yo espero y quisiera poder llegar al arte. En este momento, me considero un buen escribidor. No he llegado a esa excelsitud, por ejemplo, de Carlos Luis Fallas. No he escrito Mamita Yunai ni Gentes y Gentecillas. Han trascendido (sus libros), pero también ha trascendido la obra de Michael Jackson, que no sirve para nada. Tengo cuatro años de trabajar en Chavela Vargas. Dos años de investigar el mundo de Talamanca para ver si sale un libro de historia. Creo que Macorina es una obra bien lograda. Por todos los medios traté de entender a Chavela Vargas. Como dice Sabina, de llorar como ella llora, de sufrir como ella sufre. Va a ser un libro que va a tener una muy buena distribución comercial, no me cabe duda. De allí a que haya llegado a ser arte, no sé.

¿Va a desaparecer el libro impreso?

Quedarán algunas pocas bibliotecas, pero el libro impreso como lo conocemos hoy ya es insignificante. En una tableta usted puede meter cuatro enciclopedias británicas con dibujos a colores. Con su computadora puede ingresar a la colección más grande del mundo, 350 millones de libros, la Biblioteca del Congreso o entrar a cualquiera de los museos.  En una tableta puede tener 600 clásicos o el doble, y el libro no pesa. Le pone la caligrafía que usted quiera. Eso nosotros no lo podemos entender, pero el libro, como lo conocemos y como lo amamos, murió. No hay nada que hacer.