Para mis hijos, Julia y Bruno

Corre la película hacia el momento trágico e inevitable. Intentamos detenerla, dejarla en suspenso, como si, haciéndolo, evitáramos lo inevitable, lo ya ocurrido, como si pudiéramos parar la historia, dejarla en suspenso, volver a escribirla justo un segundo antes de que voláramos por los aires y se trastocara toda lógica –la que nos impide volar– y, en la oscuridad, solo un relumbrón recorriera el salón modesto, a orillas del río y, transformado en fuego, nos recordara, en medio del caos y del dolor, que algo había pasado, sin que supiéramos bien qué y, desorientados, buscáramos refugio sin saber dónde porque tampoco sabíamos de dónde venía aquél fuego que nos quemaba, ni había luz para mirarse, ni para verse, antes de comenzar el retorno por las aguas barrosas del río quizás crecido (ya me falla la memoria), hace treinta años, en aquel mes de mayo cuando ya la aguas bajaban abundantes y hacían crecer el caudal de aquél río que nos traía de vuelta, sin que supiéramos hacia donde, en un extraño viaje originario, en el que el destino empezaba de nuevo para cada uno de los que hacían el camino de vuelta, un largo recorrido que ahora, treinta años después, aun nos conmueve, mientras la película corre hacia el momento trágico e inevitable que intentamos detener como si pudiéramos evitar lo inevitable, si pudiéramos rehacer todo el camino desde aquella mañana en la que nos convocaron a un desayuno donde todo comenzó, hace ya treinta años, cuando, de nuevo, subía la adrenalina de los que marchaban hacia la guerra, para hacerla o para contarla, sin saber que no había diferencias, que todo se iba a mezclar en aquél acto miserable, de tragedia o de comedia, cuyos personajes no eran entonces lo que ya son hoy y que se refleja en una toma memorable en la que Peter Torbiörnsson encara a Tomás Borge y le enrostra el crimen perpetrado y Borge lo echa, destemplado, de su casa, último acto de una obra que había comenzado mucho antes, quizás cuando Adolfo Díaz condecoraba a los marines que acababan de matar a unos doscientos (¿habrá sido Díaz, habrán sido doscientos?, ya la memoria me falla) ocotaleños en una guerra con mucho sentido, como lo sería esta otra, desatada mucho después, para acabar con toda esperanza, para volvernos al pasado, para enseñarnos que la guerra sí tenía sentido, para arrastrarnos al conflicto, para hacernos cómplices de la tragedia, para alimentar el cinismo y la desvergüenza en aquellos años en los que nada era lo que parecía, en los que la República, desgobernada, sí tenía rumbo y que hoy, treinta años después, nos preguntamos cuál era, sin que podamos dejar de reconocer el rumbo triste impuesto por la sumisión y guerra que nos llevó, aquella tarde, a navegar por el río San Juan, rumbo al destino de cada cual, que nadie sabía ni podía adivinar, salvo aquél que llevaba la bomba en la caja de su cámara y que sí sabía lo que iba a pasar, el mismo que después, horas más tarde, volvería conmigo, en la misma panga, hacia San Carlos, de donde se marchó para que, nunca más, volviéramos a saber de él (los que saben no han querido hablar), hasta que, él también, murió sin nunca hablar, pero que no pudo salir de aquí sin que los que lo protegían lo llevaran hasta la frontera, sea esta lo que sea y que, después, todos los intereses mezclados, confundidos, hicieran del caso un silencio que, treinta años más tarde, nos ensordece y nos recuerda que la guerra sí tenía sentido y era parte de la desvergüenza con que los dueños del mundo trataban de dibujarlo a su manera, cuando aun resuena en los oídos aquella frase vergonzosa: I’m a “contra” too, de quien, actor fracasado, no encontró más trabajo que la presidencia de le república, hasta involucrarnos en una guerra que nos volaría por los aires aquella tarde, casi noche, cuando nos alistábamos (¿para qué?) y aquél estallido nos levantó por los aires y cercenó piernas y llenó de esquirlas los cuerpos mientras volaban sin más destino que la muerte o la zozobra, en aquella noche (¿tibia?, ya me falla la memoria) pero lodosa, en la orilla del río, donde caminaba sin saber, mientras le piel quemada se estiraba, sin que supiera, todavía, que estaba quemada, y me daba vueltas sin saber, temeroso de preguntar, y miraba el escenario que solo volvería a fijar en las fotos de aquél día, en que todo carecía de sentido, en que, allí también, nada era lo que parecía, y la imagen que rodaba en la cámara se oscureció de repente, sin dejar de rodar, para grabar solo el sonido (que no necesita luz para mostrarse) y revelaba la dimensión de la tragedia que acababa de pasar y que trato de reconstruir mientras escribo estas palabras cuando comienza (de nuevo) a caer una lluvia de mayo, solo que treinta años después de que, en pocas horas más, estallara aquella bomba que nos ha enseñado las consecuencias de la tragedia, la desvergüenza de los responsables e iluminara la cara de los personajes, fijara con tanta precisión las escenas de la sala (a la que no he vuelto) de cuidados intensivos del hospital, a aquél dedo gangrenado, a la sed desesperante del que no puede tomar agua, del que yace perforado centenares de veces sin que, por allí, terminara de escapársele la vida, del que ha tenido su pierna cercenada, o de los que no están, porque se quedaron allá, sin la vida, tan necesaria y que se les ha perdido, extraviada, en aquella vorágine que hace treinta años nos lanzó por los aires y que hoy nos recuerda a los que, desde entonces, no han parado de hacer la guerra, la más trágica y estúpida locura humana, como si Eisenhower fuera solo un lobo ladrando hacia la luna.

(* gclopes@racsa.co.cr)