La novela de Manlio Argueta, Así en la tierra como en las aguas, se encuentra en librerías de San José. (Imagen: Portada UNED)

Perece ser que estos acontecimientos, más de siglo y medio después, siguen despertando el interés de escritores y no solo de historiadores.

El historiador Rafael Ángel Méndez también publicó la novela El general y el presidente (2009), enfocada en el regreso del presidente Juan Rafael Mora (1814-1860) y su hombre de confianza, el general salvadoreño José María Cañas, un año después de ser derrocado, con el fin de buscar la recuperación del poder. En algunos de sus textos, Manuel Argüello Mora (1834-1902), sobrino del ex gobernante y quien lo acompaño en el desafortunado desembarco en Puntarenas, también trata estos acontecimientos en relatos que oscilan, en algunos casos, entre la crónica periodística y la ficción.

Al igual que de las anteriores obras, la novela de Argueta, sobra decir que tiene muchas virtudes, entre ellas la de meternos nuevamente en estos acontecimientos que no debían pasar al olvido para ningún centroamericano y, menos, para ningún costarricense.

La contribución de Argueta, escritor que vivió un largo exilio en Costa Rica, no solo se adentra en aquella jornada homérica, como la califica el filósofo Arnoldo Mora Rodríguez, sino que también resalta merecidamente la figura de uno de los actores principales, Máximo Blanco. Para mí, es una de las novedades que ofrece Así en la tierra como en las aguas.

Mora Rodríguez recuerda que esta gesta se erigió en la verdadera guerra, no solo de independencia, sino de la emancipación del peligro esclavista de las cinco naciones centroamericanas, según el propósito del jefe filibustero William Walker (1824-1860). “Se convirtió en un reconocimiento de nuestra soberanía por parte de la comunidad internacional, tanto más oportuno como prodigioso, puesto que –insisto- se trataba de un país pequeño y, hasta entonces, prácticamente desconocido para el resto del mundo” (Suplemento Los libros, Semanario Universidad, mayo 2019).

En la novela del salvadoreño, la figura del sargento, luego coronel y, finalmente, general Máximo Blanco, cobra toda su dimensión como estratega y héroe indiscutible en la toma de la Vía del Tránsito. En los Agradecimientos, el autor reconoce que tuvo acceso al diario de Blanco, que también cita en su biografía: “Diario que llevó el sargento Máximo Blanco en la expedición al río San Juan por la vía de San Carlos. Años 1856-1857”.

La acción de Blanco para el control de la Vía del Tránsito desde el puesto de la Trinidad, en las cercanías de la desembocadura del río Sarapiquí en el San Juan, tiene ribetes épicos.

Blanco no solo fue héroe en ese memorable capítulo de nuestra historia, sino que, junto con su primo y mentor, el general Lorenzo Salazar, protagonista del golpe de estado contra el presidente Mora Porras en agosto de 1859, que siguió con su asesinato, junto con el general Cañas, un año después en Puntarenas, cuando había regresado de su exilio en El Salvador, y se disponía a luchar por recuperar el poder.

El hecho de que Argueta haya tenido acceso al diario del militar para la construcción de su obra, deja ver que los hechos protagonizados por Blanco –de acuerdo con el relato- se ajustan mucho a como este los vio y los vivió como jefe de aquella expedición. Mal armados y casi sin alimentos y ropa, Blanco y sus hombres, muchos militares improvisados, debieron hacer frente a un grupo más numerosos y mejor armado, los filibusteros, para cortar la vía de abastecimientos a las fuerzas de Walker, médico, abogado y periodista.

Desertores cansados que escapaban del campamento con remotas posibilidades de sobrevivencia: morían mordidos por serpientes, devorados por jaguares o, simplemente, engullidos por una selva impenetrable que le cerraría el paso hacia la “civilización”. Tampoco se debe ignorar la injerencia de las superpotencias imperiales de entonces en aquel conflicto: Estados Unidos, Francia e Inglaterra, con sus juegos de intereses políticos y económicos.

Derrotado en sus aspiraciones de apoderarse de Centroamérica para someterla a un régimen esclavista, el primero de mayo de 1857, Walker se entregó, en Rivas (Nicaragua), al capitán de fuerzas navales estadounidenses Charles Henry Davis, para ser llevado a juicio en Estados Unidos y donde luego fue dejado en libertad. Se negó a rendirse ante los ejércitos centroamericanos, que comandaba el general José Joaquín Mora Porras, por considerarlos inferiores. Se entregó pidiendo que le respetaran la dignidad de presidente legítimo de Nicaragua. Pero no se dio por vencido y continúo con su sueño de apoderarse de Centroamérica. Intentó una nueva invasión, esta vez desde Honduras.

Finalmente, el presidente Mora Porras, Héroe Nacional de Costa Rica, sería fusilado el 30 de septiembre de 1860, en Puntarenas, mientras que William Walker, el otro gran personaje de esta historia, capturado por tropas inglesas y entregado a fuerzas hondureñas, fue ejecutado el 12 de septiembre de 1860 en Trujillo (Honduras), solo doce días después de que igual suerte corriera el gobernante. Ya vencido, en lo que sería la última aventura de su vida, insistía en regresar a Nicaragua, país del que se seguía sintiendo presidente, para recuperar el poder. 

(* Escritor y periodista)