La Cumbre de Mar del Plata marcó un punto de inflexión importantísimo porque el No al ALCA trascendió el “no” a un acuerdo de apertura indiscriminada de las economías latinoamericanas y caribeñas.

En esa Cumbre se rechazó un acuerdo cuyo objetivo era liberalizar los flujos de comercio entre los países del hemisferio sin contemplar ni el grado de desarrollo ni las asimetrías existentes entre los 34 países. El No al ALCA fue el “no” a un proyecto de inserción internacional que implicaba la subordinación a la gran potencia hegemónica en materia económica y militar de la región.

La IV Cumbre de la Américas, más conocida como la Cumbre del No al Alca, se produjo en el marco de un proceso excepcional en la región por el surgimiento de nuevos liderazgos que intentaban superar los déficits de la transición democrática que habíamos vivido en nuestros países, en especial, los problemas heredados del neoliberalismo o de la mal llamada “modernización económica”.

Los líderes, como Néstor, Lula o Chávez, comprendieron y compartieron la necesidad de dejar atrás el modelo neoliberal basado en la apertura indiscriminada, la desregulación, la privatización y el endeudamiento y recuperar un rol activo para el Estado.

Coincidían, en definitiva, en la importancia de trabajar por una democracia más participativa, más justa y equitativa, poniendo el acento en la recuperación del trabajo, como factor fundamental para el desarrollo y la estabilidad de nuestros países. Para todo ello, veían imprescindible avanzar en la integración regional.

Argentina, como país anfitrión de la Cumbre, propuso que el lema de la misma fuera “Crear trabajo para enfrentar la pobreza y fortalecer la gobernabilidad democrática”, argumentando que los países latinoamericanos percibían la necesidad de un cambio de paradigma económico y social. En la mejor tradición peronista, queríamos poner al trabajo en el centro del escenario político y social, lugar del que había “desaparecido” durante los 90, años de desempleo y precarización laboral.

También sostuvimos que el gran desafío que debíamos afrontar en la región era quebrar la tendencia que venía sometiendo a nuestras democracias: el crecimiento de la brecha entre ricos y pobres. Las recurrentes crisis institucionales en la región, como las de nuestro país, Ecuador o Bolivia, nos daban elementos de sobra para pensar que trabajo, pobreza y gobernabilidad democrática eran tres conceptos que estaban estrechamente vinculados.

Resulta paradójico que hasta ese momento, primeros años del nuevo siglo, la única propuesta de integración para el continente fuera la liderada por Estados Unidos.

El proyecto del ALCA no se limitaba a un acuerdo de libre comercio, sino que implicaba una propuesta de inserción internacional basada en un mundo posguerra fría, con su pretensión de convertir el territorio que va desde Alaska hasta Tierra del Fuego en un solo mercado.

Esta propuesta hubiera significado la vuelta a un modelo económico que en la Argentina se derrumbó en el año 2001, dado que una apertura indiscriminada e ingenua del comercio como la que se aplicó en la década del 90, necesariamente supone la destrucción de miles de empresas y de puestos de trabajo, un alto endeudamiento y la imposibilidad de aplicar políticas activas que nos permitan alcanzar un desarrollo sustentable como país.

La propuesta de Estados Unidos buscaba un modelo de inserción política, económica, social y cultural en el mundo, donde los países de la región jugaran un rol subordinado y funcional a los intereses de la gran potencia.

Si miramos aquel proceso con diez años de perspectiva, queda claro que el ALCA hubiera frustrado la creación de la Unasur y de la Celac como proyectos de unificación de representación política y como vocación de integración latinoamericana. Asimismo, el Mercosur hubiera visto aún más dificultosa su ampliación y consolidación.

El rechazo a la propuesta del ALCA fue una decisión correcta a favor de la integración y el desarrollo entre iguales, que vislumbró los cambios que se desarrollaban en el escenario internacional, donde un mundo dominado por una sola potencia económica comenzaba a dejar paso a una multipolaridad creciente en lo económico y en lo político.

Para concluir, el No ALCA fue una decisión estratégica a favor de un proyecto de integración regional entre países en desarrollo que buscaban fortalecer la propia autonomía y la defensa de la soberanía nacional, así como apostar al fortalecimiento de los vínculos y la cooperación Sur-Sur.

Esos debates entre modelos de integración que se dieron hace más de diez años, hoy vuelven con fuerza y se reformulan con nuevos conceptos.

El rol del Estado, el modelo de inserción internacional para nuestro país, el grado de autonomía que conservamos para diseñar las políticas más convenientes para nuestras sociedades y la mejora de las condiciones de vida de nuestros pueblos es parte de lo que estamos debatiendo por estos días nuevamente.

Porque hay “cambios” que se proclaman y no son otra cosa que aquellos modelos de exclusión y subordinación a intereses ajenos a nuestros pueblos. Las negociaciones que encabezamos en los meses previos a la Cumbre de Mar del Plata y en aquellas largas deliberaciones que lideraron Néstor, Lula y Chávez conservan su vigencia a la luz de lo que estamos debatiendo de cara al próximo ballottage del 22 de noviembre.


(*Ex canciller argentino. Parlamentario del Mercosur)