Primero anunció que el doctor Rodolfo Hernández depondría su postulación por el Partido Unidad Socialcristiana (PUSC). Luego, advirtió el crecimiento exponencial de Luis Guillermo Solís en el mes de enero.

La primera de estas predicciones la hizo cuando Hernández aparecía segundo en las encuestas -solo superado por Araya- y aún no había estallado la gresca horripilante que acabó con el retiro en repetición del ilustre médico.

La segunda la formuló cuando Solís aún era un desconocido total al que mencionaban los sondeos de intención de voto sólo porque superaba levemente el margen de error.

Vaya uno a saber cómo lo hace Retana, pero la verdad sea dicha con franqueza: el astrólogo, que no cobró un centavo, logró lo que las empresas encuestadoras, que cobraron sumas millonarias por sus estudios, no consiguieron.

Desconozco si Retana ha formulado sus cábalas en anteriores procesos electorales –seguramente que sí- y si ha sido tan acertado como en esta ocasión. De lo que sí estoy convencido es que las encuestas no pegan una desde que yo recuerdo.

Por ejemplo, a mediados de enero de 2006, cuando faltaban muy pocos días para las elecciones, la empresa Unimer le daba a Oscar Arias un 50% y a Ottón Solís un 25%. Con base en esa encuesta, el diario La Nación tituló el 16 de enero: “El apoyo electoral de Arias duplica el de Ottón Solís”.

Resultado final de las elecciones presidenciales del 2006: Oscar Arias obtuvo el 40,9% de los votos contra el 39,8% de Ottón Solís. Una diferencia de apenas el 1,1% y, por cierto, en esa ocasión el Tribunal Supremo de Elecciones no aceptó realizar un recuento manual aunque la diferencia fue menor al 2% y se había presentado numerosas denuncias de irregularidades. Ahora sí lo hace y no sabemos por qué.

Otro ejemplo: en enero de 2010, la misma encuestadora pronosticaba el posible triunfo de Laura Chinchilla con un 40%, pero daba a Otto Guevara un apoyo del 30% y a Ottón Solís apenas un 13%.

Resultado final de las elecciones presidenciales del 2010: Laura Chinchilla obtuvo un 45,9%; Ottón Solís un 24,5% y Otto Guevara un 20%.

Desde luego, la más espectacular de las pifias se da en las últimas elecciones: Todavía en enero, Luis Guillermo Solís aparecía sumergido en el sótano de las encuestas, que no llegaban a darle más de un 15% una semana antes de las elecciones, y acaba primero con más de un 30% de los votos.

“Es que las encuestas son la fotografía de un momento y no deben tomarse como un vaticinio”, nos repiten los encuestadores para justificar la casi total falta de correspondencia entre los sondeos y los resultados finales en los procesos eleccionarios.

¡Pura vida! Entonces, la pregunta obligada es: ¿para qué sirven las encuestas? Porque -otra vez en honor a la verdad- la generalidad de las personas, desde el pedestre ciudadano cuya participación política se restringe a votar una vez cada cuatro años, hasta los mismísimos candidatos a la Presidencia, todos recurrimos a las encuestas con una devoción de oráculo.

Las encuestas responden a la necesidad psicológica primaria del ser humano de vencer la incertidumbre. Queremos, exigimos, que nos revelen lo que va a ocurrir porque somos esclavos del futuro.

La adicción actual a las encuestas es esencialmente la misma que la humanidad ha desarrollado durante milenios a los poseedores de bolas de cristal, en sus distintas modalidades, aunque nos mientan y nos saquen el dinero del bolsillo sin misericordia.

Creemos y seguiremos creyendo en las encuestas aunque nos hundan en equivocaciones abismales, como ocurrió a los estrategas de Johnny Araya. Fueron las encuestas las que guiaron a estos señores a librar una batalla sin cuartel frente a José María Villalta con la peregrina idea de que, arrancándole unos cuantos votos, el PLN alcanzaría el 40% y conjurarían el fantasma de una segunda vuelta.

Montaron una gigantesca campaña de miedo al más depurado estilo de la Guerra Fría para desinflar al candidato que posiblemente hubieran podido vencer en la segunda ronda. Sí, desinflaron a Villalta. ¡Victoria pírrica! Pero no se percataron, porque las encuestas encubrían la realidad, de que con ello desbrozaban el camino a su más peligroso adversario, al que -como todo sugiere- será su sepulturero el próximo 6 de abril.

La lógica dicta que, para los próximos procesos electorales, los partidos deberían comprar telescopios de buen alcance y observar las estrellas, en aras de contar con mejores instrumentos de predicción. Sin embargo, la experiencia nos sugiere que eso no ocurrirá, sino que –lamentablemente- se volverán a derrochar millones en encuestas y que volveremos a creer en ellas.