PILAR BONET

Moscú. El presidente electo ruso, Vladímir Putin, ha admitido que hubo irregularidades en los comicios presidenciales celebrados el domingo. Putin ha prometido reiteradamente que éstas serán investigadas concienzudamente. Sus palabras, sin embargo, no impresionan a los observadores independientes ni son suficientes para crear un clima de confianza sobre el proceso electoral. Las dudas sobre las presidenciales no se centran en la victoria de Putin, reconocida por observadores tan críticos como los de la organización Golos, sino en la forma abusiva de lograrla y en el porcentaje final.

La existencia de irregularidades ha sido reconocida en estas elecciones y en las legislativas de diciembre por las autoridades rusas, incluido el jefe de la Comisión Electoral Central (CEC), pero eso no ha influido en la valoración cualitativa de conjunto de los comicios. No hay ningún indicio para creer que ahora va a ser diferente.

El jefe de la CEC, Vladímir Chúrov, ha manifestado que unas elecciones tan “abiertas, transparentes y honradas” como las presidenciales del domingo se dan “sólo en Rusia”. Según fuentes próximas a la misión observadora de la OSCE/ODHIR, los dirigentes de la CEC son capaces de negar evidencias. Así por ejemplo, tras las elecciones parlamentarias de diciembre han rechazado vídeos de los fraudes en los colegios calificándolos de “representaciones teatrales”, han ignorado quejas y han desactivado denuncias pasándolas a la categoría de simples “observaciones” o “comunicaciones” sin consecuencias legales.

Los enfrentamientos entre las fuerzas antidisturbios y los manifestantes que protestaban contra el sistema forjado por Vladímir Putin el lunes por la noche en Moscú indican que ni el Kremlin ni la oposición están aún maduros para dialogar de forma constructiva sobre la reforma política reclamada por un amplio sector de la población rusa.

Cerca de 250 detenidos y varios heridos en Moscú y 300 arrestados en San Petersburgo revelan que se ha disipado el ambiente de fiesta dominante hasta ahora en las multitudinarias manifestaciones contra los fraudes en las legislativas del pasado diciembre. La victoria de Vladímir Putin en las elecciones presidenciales del domingo, obtenida con ayuda de un abusivo empleo de los recursos administrativos a su servicio, abre una nueva etapa, teóricamente de seis años, que plantea serios retos tanto a unos como a otros. Para el Kremlin, el dilema está entre reprimir o liberalizar. Para la oposición, los problemas son de unidad de sus líderes, responsabilidad de sus acciones y capacidad de demostrar que son una alternativa práctica real al régimen vigente.

En vez de la atmósfera lúdica y creativa de las grandes concentraciones “por unas elecciones limpias” de los últimos meses, en la plaza Pushkin de Moscú reinaba el lunes por la noche un ambiente de frustración y de zozobra, como aseguran distintos asistentes al acto. Entre 14.000 personas, según estimaciones de la policía, y 30.000, según los organizadores, se concentraron en aquella plaza. Al acabar el mitin autorizado, una parte de la multitud se negó a dispersarse, siguiendo así el ejemplo de Serguéi Udaltsov, el líder del partido Frente de Izquierdas (no legalizado), quien dijo que no iba a moverse hasta que cayera el régimen de Vladímir Putin.

Las fuerzas antidisturbios disolvieron con brutalidad y contundencia a los que se empeñaban en resistir y comenzó a detener a los activistas, entre ellos el mismo Udaltsov, el bloguero Alexéi Navalni y la ecologista Yevguenia Chírikova. Todos ellos fueron puestos en libertad posteriormente con la obligación de presentarse a un juicio administrativo, que puede acabar con multas para algunos (por no haber cumplido las condiciones de organización del mitin) y con arrestos administrativos de 15 días para otros (por no haber obedecido las órdenes de la autoridad).

Los enfrentamientos no son una sorpresa, habida cuenta que, ya antes de las elecciones, el bloguero Navalni había exhortado a sus conciudadanos marchar en dirección al centro transgrediendo así lo autorizado por la alcaldía, que solo había dado permiso para reunirse en la plaza Pushkin. En ese lugar, el lunes Navalni comparó a los dirigentes rusos con “personas gravemente enfermas de bulimia”, que sienten un “hambre insaciable” y se tragan el petróleo, el gas y todas las riquezas del país sin poderse contener. “¿Quien parará a esa gente?”, preguntó de forma retórica. “Nosotros somos aquí el poder”, afirmó. Tras anunciar que se proponía crear una maquina de “propaganda universal” al “servicio de la verdad”, el bloguero afirmó que “conseguiremos lo que queremos más tarde o más temprano” y exhortó a la desobediencia civil. “Tomaremos las calles de Moscú y no nos iremos”, sentenció.

Por su parte, Vladímir Rizhkov, líder de un partido que las autoridades rusas mantienen ilegalizado pese a un fallo del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, afirmó que las elecciones “no fueron ni libres ni limpias” e insistió en la reivindicación de elecciones parlamentarias y presidenciales anticipadas. La oposición ha convocado un nuevo mitin para el 10 de marzo, pero ha renunciado a dos concentraciones de protesta que quería realizar antes de esa fecha.

En esta situación, una posición importante como mediador o árbitro puede tener el magnate Mijaíl Prójorov, que ha conseguido quedar en tercer lugar en las presidenciales del domingo, con 7,98% de los votos, por detrás de Putin (63,6%) y el comunista Guennadi Ziugánov (17,18%). Prójorov, que el lunes por la mañana se reunió con Putin, acudió al mitin por la tarde y, por la noche, se dedicó a recorrer las comisarías a interesarse por la suerte de los detenidos. “Yo represento una vía alternativa de desarrollo”, dijo el magnate antes de dirigirse al mitin de Pushkin en compañía de su hermana Irina. Después de las refriegas y las detenciones, Prójorov se declaró “escandalizado por el uso de la fuerza contra gente que salió a expresar su posición cívica”. “Los acontecimientos hoy en la plaza de Pushkin han roto la tradición de los mítines pacíficos de oposición que se han realizado en el país en los últimos tiempos”, afirmó. El multimillonario insistió en que debe esclarecerse el curso de los acontecimientos en la plaza Pushkin en una sesión judicial abierta