Tumbas en Villa Formosa. Foto: AFP

En cambio, se despiertan otras sensibilidades. No es posible leer (y ver), día tras día, como se apilan los cadáveres en cajones abandonados en las calles de Guayaquil o en camiones frigoríficos de Nueva York, sin que se mueva el alma.

¿Qué hace, ante esta realidad, un periodista? ¿Cómo lo cuenta, si semana tras semana la historia es siempre la misma? Aunque sea cada día más trágica. ¿Solo repetirse? ¿Cambiar el escenario para contar, otra vez, la misma historia?

No son solo las imágenes, son las historias de los aún vivos. Hay que ser cuidadosos con las fuentes. Siempre. Hasta que, de repente, pierden toda importancia ante el peso de un dramatismo que sabemos cierto.

Como este texto, puesto en Facebook con el nombre de Cristián Avecillas, ”músico, poeta, cantautor y trabajador de la salud”, que dice vivir en Guayaquil (reproduzco solo una parte).

Cito: —Adentro, en los hogares, la calamidad es hecatombe; por ejemplo Juan, mi querido amigo Juan, poeta, ciego, líder, tiene “en el cuarto de atrás» el cuerpo de su madre, Angery, desde hace tres días, cubierta de hielo y con dos ventiladores a toda potencia para intentar paliar la putrefacción, esperando, esperando; hoy me dijo: «nicho ya tenemos y por fin conseguimos todos los documentos, pero ya no hay ataúdes, ya no hay ataúdes—».

¡Ya no hay ataúdes! ¿Cómo puedo describirlo mejor? ¿De qué escribo, entonces? Me parece útil hablarlo en público. Consultarlo aquí. Porque esta profesión tiene sus propios dilemas.

Igual escribo, como es evidente. Pero hay que pensarlo, tratar de ver, a pesar del lente que nos separa del mundo habitual. Es lo que hago, una vez más, en la serie que comencé hace un mes, para la que no encontré mejor título que el de Las ciudades desiertas. Esta será la IV. Pero me cuesta, me cuesta cada vez más.

Es que ¡ya no hay ataúdes!