Desde chico me gustaban las películas de gángsters. Me imaginaba siendo hijo de Don Corleone, amigo de Luciano y hasta yerno de algún otro mafioso (posibilidad esta que no dejaba de inquietarme).

Luego me di cuenta de que, más que lo que hacían, lo que me seducía era el poder que tenían esos sujetos. El más poderoso de los poderes: el poder oculto, el que muy pocos veían y ni siquiera sentían, pero es el que al final decidía las cosas. Me apasionaba ver cómo Don Pasquale controlaba a la policía, cuyos jerarcas obedecían a sus indicaciones y le adeudaban buena parte de su bienestar. Cómo ponía y quitaba jueces (en ocasiones los “quitaba” de la faz de la Tierra). Es más, cómo resolvía desde su escritorio, ubicado en su apacible casa familiar ubicada en las afueras de Nueva York, en el barrio de Saint Francis, las cosas más complicadas, desde las leyes que debía aprobar la legislatura del estado hasta los acuerdos de de la Alcadía y, por su puesto, los pleitos judiciales. Ya fueran estos un asunto de tránsito que involucraba a un protegido suyo, una violación o la instalación de un botadero de basura al norte de la ciudad, el Don decidía.

En fin, Don Pasquale, al igual que Don Vito, Capone, Luciano o muchos otros individuos, en mayor o menor medida, decidían las cosas. Ahí no había tal tu tía, ni democracia ni Estado de Derecho que valiera.

Es más, los jueces que supuestamente los tenían que juzgar, con frecuencia participaban de sus planillas y también a menudo de sus celebraciones. Al juez que les era remiso o rejego, simplemente lo sustituían, lo mandaban a administrar su justicia al quinto infierno, o (mejor aun) le montaban un escándalo que acabara con su carrera. Si les resultaba un hueso más duro, lo eliminaban.

En otras ocasiones, manipulaban las cosas dentro del despacho del juez o el fiscal, haciendo que, si estos no se les sometían, les fuera imposible resolver en su contra o del todo intervenir en el caso. Para ello, compraban funcionarios, manoseaban pruebas, corrompían testigos o los amenazaban y hasta incursionaban de noche en las oficinas. ¡Aquello era un contento de impunidad! Claro, el asunto era más profesional entre mayores fueran los intereses en disputa.

Me acuerdo del capítulo del botadero de basura en la comunidad de Saint Charles, para el que los primos canadienses pretendían talar bosque, contaminar aguas y otras coqueterías, con el fin de hacerse con algunos billetes verdes. El único verde que les interesaba, el de los dólares.

Apadrinados por Don Pasquale Cafiero, procedieron a mover sus fichas. En el tribunal que les resolvía todas sus causas (SU tribunal, pues ya se sabía que, cuando se trataba de los Dones, ese era siempre el tribunal competente, independientemente de qué tipo de asunto fuera), les fue bien. En el otro no. Entonces, la emprendieron contra los jueces que habían osado no acatar sus dictados ni sacrosantos intereses (el lucro), sino que inadmisiblemente habían optado por cumplir su juramento de acatar las leyes y la Constitución.

Por cierto, las leyes y la Constitución eran solamente una herramienta para los Dones. Cuando los favorecían, se mostraban respetuosos. Cuando no, simplemente se las pasaban por la entrepierna, justo al lado de las cuestiones.

Bien, volviendo al tema del botadero de basura, los ahijados de Don Pasquale, diciendo que ya SU tribunal había decidido sobre sus derechos, para todo efecto y por la consumación de sus siglos, acudieron ante una instancia superior. Y allí nuevamente empezó la trama que conté arriba; es decir, nuevamente tocarle el hombro a gente allí adentro (aunque algunos se ofrecieron solitos), manoseo de pruebas y hasta de la posible sentencia que venía. Lo peor, y para que quedara patente el poder de la mafia, fue que antes de que se dictara esa sentencia, en plena confesión de su crimen, ya habían acudido nuevamente ante aquel tribunal que los había favorecido (el de ellos), denunciando al otro por desobediente (aunque no sé desobediente a quién, supongo que a la “familia”).

No hay duda. Me siguen gustando las historias y sagas de gángsters. Ahí no hay democracia que valga, ni Estado de Derecho, ni independencia del juez. Y esa cosa que la Constitución llama “República” es sólo un dato romántico. Lo que vale es el poder siniestro, la mano peluda de los Dones y sus familias.