Roger Bootle, el director ejecutivo de Capital Economics, dice que la proliferación de instrumentos financieros complejos -como la "opción bursátil de la volatilidad de los duendes"- no ha sido beneficiosa para el sistema económico.

Hace 25 años, el llamado "Big Bang" del sector financiero de Londres marcó el comienzo de una nueva era en las finanzas y desechó muchas de las viejas restricciones, incluyendo las distinciones entre los corredores de bolsa y los intermediarios de valores, que impedía que un corredor que asesorara y llevara a cabo transacciones para clientes aceptara un puesto en valores.

Algo similar había pasado años antes en Estados Unidos. Supuestamente, estos cambios harían que las finanzas pudieran ser más competitivas y dinámicas.

En un nivel, estas esperanzas estaban justificadas. El sector financiero de Londres (conocido como The City) prosperó como nunca antes. Los bancos mercantiles y corredores de vieja data fueron absorbidos, a medida que Londres se convertía en el hogar de bancos de inversión inmensos, tanto europeos como estadounidenses.

Especialmente en Estados Unidos, pero también en Europa en cierta medida, los bancos en particular y las finanzas en general prosperaron. La proporción de los ingresos nacionales provenientes de actividades financieras creció bruscamente -así como el dinero que ganaban quienes trabajaban en negocios financieros.

Pero esas restricciones en las actividades financieras habían sido impuestas con razón. En Estados Unidos había una visión generalizada que la Gran Depresión fue intensificada, si no causada, por las payasadas del capitalismo de altas finanzas.

Tras esa experiencia de depresión absoluta, que involucró a millones de desempleados, fue ampliamente admitido que había que controlar al mundo de las finanzas.

   Lecciones del pasado

En el Reino Unido, la experiencia de los años '30 y la consiguiente reacción intelectual y política no fueron tan crudas, pero veían a los mercados en general y a las finanzas en particular con suspicacia. Y el legado intelectual del gran economista británico, John Maynard Keynes, fue que el mundo de las finanzas era diferente... y especialmente peligroso.

El Reino Unido, argumentaba, había regresado al patrón oro en 1925 para aplacar los intereses financieros de la City. Fue la industria la que terminó pagando el precio con una caída de competitividad que empeoró el desempleo e intensificó el malestar social e industrial.

En los años después de la guerra, mientras las economías de Occidente prosperaban, y sin mayores crisis financieras de alto impacto, estas actitudes hacia la restricción de las finanzas empezaron a parecer más y más anticuadas.

Entonces, los cambios legales y regulatorios de los que hizo parte el Big Bang representó el derrocamiento del conocimiento popular que llevaba desgastándose por años. La llegada de una nueva era apenas causó revuelo.

De manera similar, en Estados Unidos, cuando la ley Glass-Steagall de 1993, que separó los bancos de inversión de los comerciales, fue rechazada en 1999, casi nadie protestó.

Ahora la rueda ha vuelto a girar. Como resultado de la crisis financiera de 2007/2008, cuyas consecuencias se sienten en todas partes, aprendimos que los bancos tienen un poder único y que son excepcionalmente peligrosos.

La idea de que cómodamente podemos dejar su comportamiento a los directores, y que las fuerzas del mercado limitarán sus acciones de manera que su búsqueda de beneficio privado coincida con el interés público, ahora parece singularmente ingenua.

Así que esto ha traído consigo un incremento forzoso en el capital de los bancos y las propuestas para separar el banco de inversión del banco al detal.

¿De qué sirven las finanzas?

Pero hay otro asunto que todavía debe resolverse: ¿Qué bien le hace la actividad financiera a la sociedad?

No hay duda de que ciertos tipos de actividad financiera son vitales para el funcionamiento correcto de una economía moderna.

De hecho, una de las características que definen una economía pobremente desarrollada es la ausencia de mucha actividad financiera.

Las finanzas le permiten a la gente vivir en casas que les pertenecen antes de que termine de pagarlas, y vivir en su vejez del fruto del trabajo de otros. Le permite a las compañías invertir el dinero de otras personas en empresas rentables, y le permite a los individuos y a las compañías reunir y descargar riesgos que de otro modo dificultarían e inhibirían sus actividades.

Pero actividad financiera pueden crecer demasiado y llegar demasiado lejos.

Cuando se trata de las "opciones bursátiles de la volatilidad de los duendes", uno sabe que ha llegado a ese punto.

La proliferación de instrumentos financieros complejos en los últimos 30 años apenas ha traído beneficios al sistema económico, pero sí ha generado considerables costos extras.

El expresidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Paul Volcker, dijo que la única innovación financiera reciente que trajo beneficios reales es el cajero automático.

¿Cómo puede ser que un sistema de mercado competitivo soporte tantas actividades tan improductivas, pero al mismo tiempo tan excesivamente remuneradas?

Posibles soluciones

En primer lugar, esto es así porque esta parte de la economía no es muy competitiva. En el sector de ventas al público, aunque hay muchos proveedores de servicios financieros, a sus clientes les parece casi imposible descifrar estructuras complejas de cobro y cambiar fácilmente entre proveedores.

A nivel corporativo hay relativamente pocos proveedores, ya sea que se trata de asesoría para fusiones y adquisiciones o de arreglos para suscribir temas accionarios. Además, como los compradores no están pagando con su propio dinero, son poco sensibles a los cargos excesivos que se imponen. El resultado es un sistema financiero que es excesivamente grande y excesivamente remunerado.

Los pagos no son sólo asuntos emocionales, como argumentan los defensores del statu quo; también son un índice de eficiencia.

No hay ninguna razón para que los profesionales de las finanzas ganen múltiplos de lo que ganan los mejores doctores, abogados o contadores. Sólo cuando ganen cantidades comparativas sabremos que el tamaño del sector financiero ha sido reorganizado a su medida.

La segunda razón para el tamaño del sector financiero es más preocupante: buena parte de la actividad financiera es distributiva por naturaleza, es decir que lo que un actor gana lo pierde otro, con un gran pedazo de los ingresos que queda en manos de los profesionales de las finanzas que hacen de intermediarios.

“Lejos de aplaudir cuando el tamaño del sector financiero crece, debería ser parte de las políticas públicas reducir su tamaño e importancia de acuerdo con su contribución real al bienestar de la sociedad."

La idea del llamado impuesto Tobin, por el que todas las transacciones financieras deberían ser gravadas con un pequeño impuesto podría, potencialmente, hacer la diferencia. Si se implementa globalmente, el resultado sería una gran reducción en el volumen de movimientos comerciales.

Yo también estaría a favor de cambios en las reglas que rigen los derechos a los dividendos, que favorecieron inversiones a largo plazo más que movimientos comerciales a corto plazo. Podría también haber restricciones a las actividades relacionadas con las fusiones y las adquisiciones.

Resulta interesante que si bien no hay consenso todavía en relación con las medidas precisas que deben ser adoptadas, ya hay un consenso en la necesidad de que haya algún tipo de acción radical.

Muy pocas personas creen ahora que el sector financiero puede y debe dejarse a su aire. Da lástima que haya tenido que llegar casi una catástrofe financiera para que llegáramos de nuevo a la posición que ya parecía demasiado obvia después de las travesuras de los años '30.

* Roger Bootle es el director ejecutivo de Capital Economics. Es el autor de "El problema con los mercados".

Como es posible que soporte tantas actividades tan improductivas y excesivamente remuneradas