Imagen: Foto:AFP. La gente se reúne en Cataluña durante una manifestación contra las medidas de restricción contra el coronavirus.

Vamos rápidamente hacia los 50 millones de casos. Ya superamos los 1,2 millones de muertos desde el inicio de la pandemia, hace unos ocho meses. Solos tres países –Estados Unidos, India y Brasil– con unos 23 millones, representan la mitad de casos en todo el mundo. Los tres suman más de 520 mil muertos.

Perú, Brasil, Bolivia, Chile, Ecuador, México y Argentina, en ese orden, están entre los doce países con más muertos por millón de habitantes. Estados Unidos también, entre los diez primeros.

Tres días antes de las elecciones, Estados Unidos superó el mayor número de casos en un solo día en la historia de la pandemia, con poco más de cien mil, el sábado pasado. Trump va a llegar a las elecciones con casi diez millones de casos en su país.

LAS CIUDADES DESIERTAS

En Europa se dispararon los casos la semana pasada: casi 50 mil en un solo día en Francia. Italia, España, Inglaterra, Bélgica, Polonia, Alemania, todos entre los diez países con más casos diarios.

El presidente francés, Emmanuel Macron, decretó nuevo confinamiento. Hasta el primero de diciembre. Como a principios de primavera. El viernes de la semana pasada cerraron los comercios no esenciales, se limitaron los movimientos. No se podrá salir de casa sin un certificado. Se podrá salir a “tomar aire” por los alrededores. No más allá de un kilómetro de la casa. Se cierran las fronteras para los ciudadanos no comunitarios. Estamos desbordados, se perdió el control, afirmó.

Se teme que otras 400 mil personas mueran si no se toman medidas estrictas de control. No habría camas suficientes para atender a los enfermos de la pandemia.

“Antes incluso de que Macron hablara los líderes empresariales mostraron su enorme inquietud por las consecuencias de las severas restricciones”, dijo Eusebio Val, corresponsal del diario catalán La Vanguardia en París.

Geoffroy Roux de Bézieux, presidente de la principal patronal (Medef), advirtió sobre el peligro de derrumbe de la economía francesa. “La Confederación de Pequeñas y Medianas Empresas (CPME) llamó la atención sobre el hecho de que las empresas son mucho más frágiles ahora que en la primera ola de la pandemia y será problemático asumir mayor endeudamiento para sobrevivir”.

DECIDIR QUIEN DEBE MORIR

Con matices, la pandemia vuelve a crecer en toda Europa. Las muertes por Covid-19 aumentaron casi un 40% en Europa la semana pasada, en comparación con la semana anterior, según la Organización Mundial de Salud (OMS). Las unidades de cuidados intensivos de los hospitales están comenzando a llenarse, dijo la vocera de la organización, Margaret Harris.

Hay que ver el mapa de la pandemia en Europa, los tonos más oscuros de Bélgica y República Checa; seguidas de Francia, Holanda, Eslovenia.

Los casos crecen en Rusia, en Italia, en Inglaterra. Boris Johnson decretó el sábado cierre total en el país durante cuatro semanas. En Bélgica los hospitales piden a sus médicos seguir trabajando, incluso si están infectados sin que muestren síntomas, porque el sistema de salud corre el riesgo de colapsar.

Con casi 550 mil casos y más de diez mil muertes, Alemania, a la que le ha ido relativamente bien en Europa, tampoco escapa a los desafíos de la pandemia. Como en Francia, si las infecciones continúan a este ritmo, el sistema sanitario va a alcanzar pronto sus límites. El gobierno ha perdido la capacidad de rastrear los contagios. “No sabemos el origen del 75% de los contagios”, dijo Merkel.

Casi 20 mil casos confirmados en 24 horas dispararon las alarmas. El miércoles de la semana pasada la canciller alemana, Angela Merkel, adelantó nuevas medidas de cierre de la vida pública. “Nos encontramos en una fase de crecimiento exponencial de las infecciones, y debemos actuar para evitar una grave emergencia sanitaria nacional”. “Son medidas duras y para todo el país”, dijo la canciller. Desde este lunes, 2 de noviembre, cierran bares y restaurants; se limitan los hospedajes en hoteles a casos justificados. Nada de turismo.

Cada uno solo podrá salir a la calle en compañía de personas con las que convive; o solo con una persona de algún otro hogar. De nuevo, las ciudades, desiertas, se encogen, intentando evitar la propagación de la pandemia.

Como España, o Italia. En Cataluña se preguntan cómo pasaron de poco más de mil casos diarios a los cinco mil actuales. Con un sistema sanitario capaz de atender con cierta normalidad un escenario de 1.800 casos diarios, a ese ritmo, pese al aumento de camas disponibles, en dos semanas no habría como atender ninguna otra patología distinta de la Covid.

Crece la ocupación en las UCIs, la posibilidad real de colapso ha vuelto; una tragedia en la que la “autonomía del paciente” debe ceder lugar al “beneficio social y colectivo”, criterio con el que se decidiría quien recibe atención y quien debe morir.

“A partir de 400 camas de UCI ocupadas por la Covid hay que empezar a desprogramar cirugías que permitan demora. A partir de 600, que puede ser la semana que viene, se suspende todo y sólo quedan reservas para lo inaplazable. Cifras aterradoras, que vuelven a retrotraer a lo ocurrido en marzo y abril pasado, recordó Adrià Comella, director del sistema sanitario público de Cataluña (Catsalut).

Con un registro oficial de desempleo en España de 16,3%, la tasa podría acercarse a 20% si se toman en cuenta los trabajadores sometidos al llamado Expediente de Regulación de Empleo Temporal (ERTE), que permite a las empresas adoptar medidas de emergencia para enfrentar la crisis. Entre los menores de 25 años el paro se disparó: 40%. 1,1 millones de hogares tienen todos sus miembros desempleados.

El gobierno presentó el presupuesto al congreso la semana pasada, con un aumento del gasto público sin precedentes del 20%, alimentado por los fondos europeos de recuperación y por aumentos impositivos que afectan, sobre todo, a los de mayores ingresos y a las sociedades.

UNA SITUACIÓN LÍMITE

Después de años de reducción de la inversión en salud pública, la pandemia dejó en evidencia la necesidad de revertir esas políticas.

Oliver Roethig y Adrian Durtschi, representantes sindicales del sector de servicios y de salud en Europa, escribieron sobre las dramáticas condiciones de los hogares de ancianos en la región. En situación cada vez más precaria, la crisis los llevó a una situación límite. Entre 30% y 60% de los muertos por Covid-19 en Europa fueron ancianos en esas residencias, “asombrosamente mal preparadas para atender la crisis”, con reducción de personal, personal poco preparado y sin suficientes equipos. Se han recortado gastos para ahorrar plata en vez de priorizar el salvar vidas. El resultado solo podía ser un desastre, aseguran. La parálisis se adueñó de las residencias de ancianos durante la pandemia.

Hubo un tiempo en el que los trabajadores del sector decían algo sobre sus condiciones de trabajo. Entonces les iba mejor a ellos y a los ancianos. Pero eso es cosa del pasado. Se acabaron las negociaciones colectivas y las condiciones de trabajo se deterioraron.

“Invertir en cuido implica mejorar el nivel del personal, de modo que los pacientes reciban la atención digna que merecen”, afirman Roethig y Durtschi.

El problema no es la falta de recursos. El dinero está, pero se distribuye hacia arriba. Los inversores privados acechan en busca de “oportunidades atractivas”. Especulan con la propiedad, cargan la empresa de deudas e hipotecas. Recompran acciones, pagan la deuda y distribuyen dividendos a los inversionistas, a lo que se suman otras formas de extracción de riqueza. Mientras retiran sus ganancias, la empresa va a la quiebra. “Pero esos predadores saben que los gobiernos tendrán que intervenir, pues no podrán dejan a los ancianos en la calle”.

EL FIN DE LA PAX AMERICANA

–Estoy de acuerdo, respondió Josep Borrell, alto representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la Unión Europea.

El evento más importante de nuestra época es el final de los cien años de la Pax Americana, le dijo el profesor J.H.H. Weiler, coeditor jefe del European Journal of International Law. Estados Unidos sigue siendo una potencia formidable, pero su capacidad de liderazgo, económico, político y moral ha disminuido considerablemente, agregó.

“Es la primera vez que en una crisis mundial no ha habido un liderazgo de Estados Unidos para afrontar la pandemia de la Covid-19”, recordó Borrell.

Biden ha explicado por qué, en su opinión, los Estados Unidos debe asumir nuevamente el liderazgo internacional que han perdido. En un artículo publicado en la revista Foreign Affairs, en su edición de marzo/abril, Biden dice que Estados Unidos debe endurecer su posición hacia China, construir un frente unido con sus aliados para confrontarla.

Habla como si la rueda de la historia pudiera girar para tras.

Usted dice –y con razón, dijo Borrell– “que asistimos a una intensificación de las tensiones entre Estados Unidos y China. Independientemente de quién gane las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos, esta rivalidad entre los dos países será probablemente el principal vector de la política mundial”.

Con China está en disputa la presencia de los Estados Unidos en los temas multilaterales –como los de la Covid-19 o del calentamiento global–; la competencia económica y el desarrollo tecnológico; y la rivalidad en los escenarios geopolíticos. Desde lo relacionado directamente con la soberanía china –como Taiwán, Hong Kong, o el mar del sur de China–, hasta una red de alianzas regionales con las que Washington pretende limitar el crecimiento chino. En esa red están Australia, Japón, Corea del Sur, India, mientras Washington trata de recomponer sus relaciones con Viet Nam y consolidarla con otros países de la región.

Para Robert Kaplan, titular de la cátedra Robert Strausz-Hupé de geopolítica en el Foreign Policy Research Institut, los Estados Unidos necesitan urgentemente revisar su debate sobre las relaciones con China. “El nivel actual de tensión entre Washington y Beijing no puede simplemente seguir sin que ocurra un incidente que los dos lados luego lamentarían”, afirmó. No se trata de buena voluntad, sino de establecer urgentemente reglas para manejar el conflicto y evitar que estallen accidentalmente hostilidades militares o ciberconflictos que pongan en peligro la paz y la estabilidad globales.

Raja Mohan, director del Instituto de Estudios de Asia del Sur, de la Universidad Nacional de Singapur, sugiere al próximo gobernante de Estados Unidos que, si quiere una estrategia sostenible –que cueste poco, capaz de entusiasmar a sus aliados–, debe empoderar a los nacionalistas asiáticos. Al contrario de lo que ocurre en Occidente, donde los movimientos nacionalistas no son populares, en Asia ocurre lo contrario, dice Mohan.

EL PATIO TRASERO

América Latina casi no está presente en estos análisis. Siempre que la región vuelve a ser tratada como “patio trasero” de Estados Unidos se presta poca atención a su papel en el escenario internacional. Al inicio del mandato de Trump, en América Latina predominaban gobiernos alineados con Washington: el de Colombia, su principal aliado; el de Macri, en Argentina; el Chile de Piñera; luego el de Bolsonaro, en Brasil; el de Bolivia, desde el golpe; o el de Ecuador, desde que su presidente dio un giro de 180 grados a la política de su antecesor. Luego se sumó Lacalle, en Uruguay; junto con el tradicional alineamiento de Centroamérica con Estados Unidos (salvo el caso de Nicaragua).

Pero las cosas empezaron a moverse de nuevo. Vinieron cambios en Argentina y Bolivia, hay elecciones en febrero en Ecuador, el desempeño de Bolsonaro en Brasil lo ha debilitado. Tampoco el actual gobierno de México tiene las mismas relaciones con Washington que los anteriores.

En Brasil, predijo José Dirceu –jefe del Gabinete Civil de la presidencia durante el gobierno de Lula–, se avecina una tempestad, “combinación de una crisis social, económica e institucional que pondrá a todos a prueba”.

En Chile el triunfo abrumador (poco más del 78%) del voto favorable a la revisión de la constitución de 1980, con una razonable participación electoral (similar a la primera vuelta de la elección presidencial del 2013, en la que votó la mitad del padrón electoral), es otro elemento a considerar en el escenario político latinoamericano.

El expresidente socialista Ricardo Lagos (2002-2006) gustaba decir que, en Chile, las instituciones funcionaban. En su período se introdujeron importantes reformas a la constitución de Pinochet. Pero la crisis actual dejó en evidencia que, si funcionaban, funcionaban mal. En abril se elegirá la Asamblea Constituyente, lo que abrirá, probablemente, un escenario de nuevas luchas políticas en el país.

Durante su primer período, el principal objetivo de Trump en América Latina fue derrocar el gobierno de Nicolás Maduro. Para eso movilizó a todos sus aliados, principalmente Colombia y Brasil, países con una amplia frontera con Venezuela. La cancillería brasileña acaba de declarar secretos los cables diplomáticos intercambiados en torno a la visita del Secretario de Estado, Mike Pompeo, a Boa Vista, en la frontera con Venezuela, el 18 de septiembre pasado.

Sin embargo, después de tres años, los resultados de las políticas de la Casa Blanca en Venezuela “son bastante mediocres”, estimó la Oficina de Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA), un think tank con sede en la capital norteamericana.

Cuidadoso para evitar que se piense que está de parte del gobierno de Maduro, el informe de WOLA, de 53 páginas –“Impacto de las sanciones financieras y petroleras sobre la economía venezolana”, publicado el mes pasado y firmado por Luis Oliveros– no puede ocultar que las sanciones de Washington agravaron la pobreza y deterioraron el nivel de vida de la población.

Como ocurrió en la época de los “contras”, financiados por el gobierno de Ronald Reagan en su lucha contra el gobierno sandinista de Nicaragua en los años 80’s, las sanciones agravaron las condiciones de vida de la población y crearon extremas tensiones sobre los gobiernos afectados. Luego vienen las demandas de elecciones “libres”, con la oposición financiada por Washington y el gobierno desprestigiado por las graves consecuencias que las sanciones tiene sobre la vida de la población.

“No nos importa quien gane en Estados Unidos”, dijo el sábado pasado el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Gane quien gane, “los ataques no cesarán contra Venezuela”.

Un triunfo de Trump podría dar un nuevo impulso a sus planes contra Venezuela, Cuba y Nicaragua. En cambio, la política hacia Cuba podría variar, dependiendo de quien sea el ganador de las elecciones.

Biden posiblemente retomaría las políticas de Obama, que restableció relaciones diplomáticas con el gobierno cubano, sin que eso significara el fin del bloqueo, algo que exigiría cambios en la legislación. 

(* Historiador, Periodista, Escritor. gclopes1948@gmail.com)