El informe “Fin a la violencia en América Latina: una mirada a la prevención desde la infancia hasta la edad adulta”, señala que la violencia sigue siendo un reto importante para ALC, a pesar de los importantes logros económicos y sociales experimentados por la región durante la última década.

"Los altos niveles de crimen y violencia tienen un alto costo en vidas humanas y lastiman el desarrollo", dijo Jorge Familiar, vicepresidente del BM para América Latina y Caribe. "Para tener éxito, la región necesita construir un tejido social más inclusivo y con mayor igualdad de oportunidades, así como implementar políticas de prevención que hayan funcionado en disminuir la violencia, tales como la reducción de las tasas de deserción escolar y el aumento de empleo juvenil de calidad".

Según el informe, la inseguridad es el resultado de muchos factores, entre ellos: el tráfico de drogas y el crimen organizado; los débiles sistemas judiciales y de cumplimiento de la ley que fomentan la impunidad; la falta de oportunidades y apoyo para jóvenes que viven en comunidades desfavorecidas.

Asimismo, señala que el crimen y la violencia están altamente concentrados en zonas geográficas específicas de barrios y ciudades, por lo que no todos los países, ciudades o comunidades de la región sufren los mismos niveles de violencia.

El informe subraya que no hay "fórmula mágica o política única" para solucionar el problema y enfatiza que basarse sólo en una mayor acción policial o una mayor encarcelación no es suficiente.

Una combinación bien enfocada de iniciativas puede desempeñar un papel importante en la prevención de actos violentos y conductas delictivas, es el criterio de los expertos que realizaron el estudio del BM.

Una conclusión central del estudio es que nunca es demasiado temprano ni demasiado tarde para que la prevención funcione.

Si bien los enfoques a largo plazo de la prevención pueden comenzar antes del nacimiento y brindar beneficios en la adolescencia y en la edad adulta, programas de política eficaces con horizontes a más corto plazo también están disponibles más adelante en la vida de las personas.

Estos incluyen inversiones en programas de educación, programas de comportamiento y destrezas sociales, y esfuerzos de reducción de la pobreza bien enfocados, entre otros.

El estudio destaca cómo una serie de políticas no específicamente diseñadas para prevenir la delincuencia tienen beneficios sustanciales de prevención del crimen (por ejemplo, programas de desarrollo de la primera infancia, educativos y de reducción de la pobreza). Por lo tanto, la prevención, a un costo eficiente, puede lograrse rediseñando y repensando políticas existentes a través de un lente de prevención del crimen.

Algunos ejemplos de programas que funcionan bien incluyen visitas de enfermeras a domicilio e iniciativas para el desarrollo de la primera infancia, las cuales han demostrado reducir la probabilidad de que los niños huyan de casa, sean arrestados o condenados por un crimen.

La mayoría de las reducciones considerables y persistentes, tanto en delitos violentos como en delitos contra la propiedad, también se han vinculado a políticas que desalientan a los jóvenes a abandonar la escuela secundaria.

El informe encuentra que incluso las políticas de salud deben ser consideradas para prevenir y "tratar" la delincuencia, la violencia y la agresión. Tanto una mejor nutrición como tratamientos de salud mental pueden ofrecer resultados prometedores.

También reconoce que la eficacia de muchas de estas políticas preventivas depende en gran medida de la capacidad institucional para implementarlas. La prevención del delito puede ser claramente más exitosa en un contexto en el que la población confía en instituciones como la policía o el sistema judicial, son parte de las revelaciones del nuevo Informe del BM, Fin a la violencia en América Latina: una mirada a la prevención desde la infancia hasta la edad adulta.

Resumen del Informe

El prólogo realizado por Jorge Familiar, vicepresidente del BM para América Latina y Caribe, sintetiza los principales hallazgos del estudio, por lo que presentamos un extracto del mismo. “Por mucho tiempo, la lógica parecía irrefutable: el crimen y la violencia históricamente se creían síntomas de las fases iniciales del desarrollo de un país que se podían “curar” con crecimiento económico y reducciones de la pobreza, desempleo y desigualdad.

Más recientemente, sin embargo, nuestra comprensión cambió. Los estudios ahora muestran que el desarrollo económico no necesariamente brinda mayor seguridad en las calles. Los acontecimientos que tienen lugar en América Latina y el Caribe ejemplifican este punto.

Entre 2003 y 2011, el crecimiento regional anual promedio en América Latina y el Caribe, excluyendo la crisis mundial de 2009, alcanzó casi 5 por ciento. Más aún, la tasa de crecimiento entre el 40 por ciento más pobre de la población eclipsó a la del mismo grupo en todas las demás regiones del mundo.

Durante esa misma década, la región experimentó avances económicos y sociales sin precedentes: la pobreza extrema se redujo a menos de la mitad, llegando a 11,5 por ciento; la desigualdad en el ingreso se redujo más de 7 por ciento en el índice de Gini; y, por primera vez en la historia, la región contó con más personas de clase media que viviendo en la pobreza.

A pesar de todos estos avances, la región mantuvo la indeseable distinción de ser la más violenta del mundo, con 23,9 homicidios por cada 100.000 habitantes. La tasa de homicidios de hecho se aceleró durante la segunda mitad de la década. El problema sigue siendo abrumador y obstinadamente persistente.

Cada 15 minutos, al menos cuatro personas son víctimas de homicidio en América Latina y el Caribe. En 2013, de las 50 ciudades más violentas del mundo, 42 se encontraban en la región. Entre 2005 y 2012 la tasa de crecimiento anual de los homicidios fue tres veces más elevada que la de crecimiento poblacional.

No es de extrañar que el número de latinoamericanos que mencionan al delito como su mayor preocupación se haya triplicado en estos años. La violencia hace que las personas se retraigan, se oculten detrás de sus puertas y eviten los espacios públicos, debilitando los lazos interpersonales y sociales que nos unen como comunidad.

La inseguridad es el resultado de una combinación de múltiples factores, desde el tráfico de drogas y el crimen organizado, pasando por sistemas judiciales y policiales débiles, hasta la falta de oportunidades y apoyo para aquellos jóvenes que viven en comunidades desfavorecidas.

La juventud corre un riesgo desproporcionado de cometer y ser víctima de actos violentos, con consecuencias significativas en sus trayectorias de vida y en la sociedad en su conjunto.

La complejidad del asunto (y multiplicidad de causas) es una de sus características determinantes y es la principal explicación de por qué no existe una solución mágica o una única política que termine con la violencia en nuestra región.

No resolveremos el problema únicamente con base en un mayor trabajo policial o una mayor tasa de encarcelamiento, o a través de más educación y empleo. Tenemos que hacer todo esto y hacerlo de manera deliberada, con base en datos fidedignos y enfoques comprobados, mientras intentamos cerrar las actuales brechas de conocimiento e información para mejorar el diseño de políticas.

En este sentido, Fin a la violencia en América Latina: una mirada a la prevención desde la infancia a la edad adulta, es una contribución significativa.

(Informe completo: https://openknowledge.worldbank.org/bitstream/handle/10986/25920/210664ovSP.pdf)