Para asegurarse de que no había engaño, el rey mandó a dos de sus hombres de confianza a ver el traje antes de probárselo y éstos –temerosos de aparecer como incapaces o deshonestos- regresaron deshechos en halagos para la preciosa prenda inexistente.

Finalmente, el supuesto traje le fue llevado al rey quien tampoco se animó a admitir que le resultaba invisible, pues un rey jamás podría reconocer incapacidad o falta de honestidad ante sus súbditos. De manera que los falsos sastres simularon vestirlo, hicieron como que le hacían los ajustes del caso y toda la corte celebró la elegancia del soberano.

Así, el rey salió a las calles como vino al mundo y el pueblo le aplaudió e hizo notables comentarios sobre su hermoso atuendo, hasta que un niño gritó: “pero si va desnudo” y ya sabemos el resto de la historia.

El cuento lo trajo a mi memoria la orgía de comentarios desatada en redes sociales por las chancletas de Ligia Fallas, legisladora por el Frente Amplio, en la “solemne” sesión del primero de mayo.

De hecho, ha sido el tema más suculento relativo a esa sesión parlamentaria. No fue la alianza de la oposición para quitarle el control del Congreso al partido de gobierno. Ni los compromisos negociados bajo la mesa para poner de acuerdo a tan disímiles actores. Ni siquiera los inútiles esfuerzos de Ottón Solís por obtener el voto de sus compañeros prometiéndoles que les quitaría las galletas.

Un montaje fotográfico colgado por alguien en su muro muestra los pies de la controvertida legisladora con sus sencillas chancletas, junto a otra que muestra las elegantes zapatillas de tacones número 7 (al menos) de la diputada liberacionista Sandra Pizk. La primera lleva el título “Fantoche”, la segunda “Diputada”.

Con muchos de los comentarios al pie se podría hacer una antología de la banalidad, cuando no del odio, la intolerancia, el irrespeto y el clasismo. “Vieja corriente”, expresa uno de los más delicados; “la limosnera del año”; “qué falta de glamour, qué horror”; “tiene juanetes y yuyos”; “qué clase de ejemplo el de esta vieja; una dama ni al mercado va en esa facha”. Y así, por el estilo, cientos de insolentes frases dirigidas a una persona humilde pero que, nos guste o no, es integrante de uno de los poderes del Estado.

Algunos de esos comentarios fueron colocados por un ex alto funcionario público, de habitual saco y corbata, que estuvo preso durante algunos meses y luego en régimen de libertad bajo palabra, cumpliendo una condena de 4 años por el delito de concusión.

Como el rey en el cuento de Andersen, muchos políticos de este país andan por la vida creyendo que un traje de casimir, unos zapatos de Calderón y un discurso bien elaborado les protegen de las miradas indiscretas del público. Por eso son fanáticos de las formas.

Hace pocos años, una alianza similar a la que ahora gobierna la Asamblea Legislativa eligió como presidente del llamado primer poder de la República a un diputado que en su hoja de vida contaba con una condena por estafa contra un banco estatal.

Todos los diputados integrantes de esa alianza conocían su pasado, pero este señor vestía elegante y sabía hablar en el tono que las convenciones demandan, lo que le hacía un miembro aceptable de la clase política. Al fin y al cabo, una buena vestimenta oculta los pecados, se dijeron. Y le dieron su voto.

Nadie ha dicho si Ligia Fallas es buena o mala diputada, si ha presentado proyectos importantes, si se gana el sueldo con el sudor de la frente. Lo único que importa es que llega al plenario legislativo con chancletas. Y esa sí es una afrenta imperdonable.