Un poco más allá, Mariama Kamara parece más tranquila. O resignada. Hace tres días vio entrar a su marido Tidjiane en el centro y desde entonces monta guardia en el portal de uno de los pabellones del hospital. Ya ha visto salir tres cadáveres, el último de ellos hace unos minutos envuelto en una bolsa impermeable. "Lo peor es no saber", dice. El trasiego de personas es enorme. La mayoría lleva botas de agua, pero otros no. El Gobierno ha desplegado al Ejército en las puertas de los hospitales para impedir que los pacientes huyan, según informó en un comunicado. Pero también para proteger a los centros sanitarios del miedo de la población. Equipos de Médicos sin Fronteras ya han sido atacados a pedradas en Guinea. No sería la primera vez.

Sin problemas ni preguntas, traspaso la puerta del centro de aislamiento. Instantes después me cruzo con un técnico sanitario que me advierte: "Ahora mismo estás en una zona contaminada, no se están respetando las medidas de seguridad en el tránsito entre las áreas de bajo riesgo y de alto riesgo". Se ven algunos médicos y enfermeras, no demasiados. Y este es otro de los problemas de este centro, el más grande que gestiona el Gobierno de Sierra Leona en este momento con la ayuda de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Desde que estalló la epidemia han muerto aquí 14 miembros del personal sanitario, entre ellos el conocido médico Umar Khan que se ha convertido en un héroe nacional. Muchos de sus compañeros, decenas de ellos ya no quieren venir a trabajar.

"No nos sentimos en absoluto seguros", dice la enfermera Nancy Djoko. "Hemos visto morir a nuestros compañeros, ¿tú qué pensarías?". Ante tanta muerte, el Gobierno decidió, hace cinco días, pedir ayuda a Médicos sin Fronteras, organización que tiene personal con amplia experiencia en epidemias de ébola y que gestionan centros en Guinea, Liberia y la propia Sierra Leona. Hilda de Klerk es una experta de la organización humanitaria que ahora trata de asesorar a las autoridades acerca de este hospital. "Hay grandes necesidades, sobre todo de recursos humanos. Ha muerto mucho personal y el resto tiene miedo. Y tienen razones para tenerlo, porque para trabajar con ébola debe haber personas con experiencia que puedan mantener un alto nivel de seguridad. Lo contrario es peligroso", explica.

También se encuentra en Kenema el epidemiólogo francés Philipe Barboza, enviado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). “Nos encontramos con una estructura no adaptada para la explosión de casos que hemos vivido en las últimas dos semanas. Si a esto sumamos que el personal ha desaparecido casi por completo, es un círculo vicioso. Las dos o tres enfermeras que trabajan por turno para más de 50 pacientes hacen lo que pueden, pero están agotadas”, dice. Se prevé que en los próximos días todo el centro de aislamiento se traslade a un pabellón que se está habilitando al efecto y que lleguen como refuerzo médicos y enfermeras que están recibiendo una formación específica por parte de la OMS.

El hospital está casi parado. Los enfermos de otras patologías, incluso las parturientas, intentan evitar venir a unas instalaciones donde saben que, ahí al lado, están los pacientes de ébola. “Aún estamos en la fase de pánico”, asegura Barboza. "El nivel de información que tiene la gente es muy bajo y hay una insuficiente movilización social. El miedo provoca que la gente no declare la enfermedad o que lo hagan cuando ya es tarde".

Al salir vuelvo a encontrarme con Saliu Yallo. Aún no tiene noticias de su hija. Paro a un motorista, que me mira de arriba abajo antes de dejarme subir. "¿Eres médico?", me pregunta. "No, periodista", le respondo. Me permite montar. "Tengo miedo, todos tenemos miedo, los que dicen que el ébola no existe son estúpidos, ¿es que no sabe que todos esos médicos han muerto?", asegura mientras sale disparado de la puerta del hospital.