El 7 de diciembre de 1994 murieron calcinados en un incendio María del Mar Cordero, Oscar Fallas y Jaime Bustamante. Los orígenes del incendio nunca fueron explicados por las autoridades respectivas. Tampoco se aclaró el crimen ocurrido siete meses despúes, el 14 de julio de l995, de David Madariaga, compañero de luchas y organización, cuyo cadáver fue econtrado en el parque Los Mangos de Barrio Luján, varias semanas después de su desaparición. El miedo de ser el siguiente abrazado por la impunidad, de este espacio y tiempo, sigue estando latente.

Sobre el acontecimiento se ha escrito mucho, al menos un artículo al año publicado en algunos medios digitales y en las efímeras redes (anti) sociales, podría decir que hay mucho que recordar y poco que agregar. Sin embargo, siempre existe la necesidad de construir y darle cuerpo a un relato más o menos oficial, al tiempo que convive con el efecto de la negación que acompaña el olvido, del que la injusticia también se nutre.

Han sido varios los intentos de reinvestigar y ponerle, al menos, apellidos a la impunidad que aniversario con aniversario, envejece y se hace más fuerte. Un círculo vicioso que se rompe con algún hecho nuevo de violencia selectiva, que sufren las personas que disienten y resisten. Es algo que se podría denominar el ciclo de violencia contra activistas.

Este es el proceso de criminalización cíclica que implica la estigmatización: denigrar y señalar a las personas luchadoras como problemáticas, opuestas al “desarrollo” o, más comúnmente, se reducen y descalifican las luchas como “berrinches de chancletudos”. Después de la descalificación, puede venir el acoso vía judicialización con demandas legales o con amenazas de muerte. Cuando esto no surte efecto, se pasan a las acciones de hecho y finalmente al asesinato.

Este ciclo no es lineal, pero es el resumen de lo que empezamos a vivir con mayor intensidad en los últimos 25 años. Cada una de las partes o etapas del círculo, alimenta y justifica la siguiente. Hemos visto en Costa Rica completarse este aro de opresión en múltiples ocasiones, y en los últimos 6 años con el asesinato de Jairo Mora en 2013 y este año con el asesinato del compañero indígena Sergio Rojas. Un desgarrador recordatorio de que las cabezas de quienes defiendan cuerpos y territorios, tienen precio.

Por otro lado, la memoria en el caso de AECO, ha sido un proceso más de ubicación de retazos que aún falta unir para hacerla más colectiva, a pesar de que no tengamos todas las palabras y la historia única, hoy tenemos el recuento de los impactos y efectos de este hecho como para ir dándole un lugar distinto.

¿Cómo construir esta memoria de vidas violentadas y aniquiladas en un territorio donde el autoengañado es el más feliz? Cómo superar el olvido en el supuesto país “ambientalista” de portada de revista donde el discurso y la historia oficial no aguantan, no tienen cabida, para eventos de asesinatos políticos tan crueles como confusos, tan evidentes como ocultos y tan recordados como impunes.

Para mi compañera y compañeros ¡presentes!

(** Editado por Rebeca Arguedas Ramírez)

Presidente de FECON y profesor en la Universidad de Costa Rica.
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