Los partidos están en agonía. Y cuando hablamos de partido político no nos referimos al instrumento formal, que se inscribe en el Tribunal Supremo de Elecciones para poder participar en los comicios, sino a la institución que fue pilar del sistema democrático en el siglo XX.

Dichos partidos fueron, antes que nada, expresión de diferentes modelos de desarrollo económico y social. Su médula era ideológica y estaban fuertemente influidos por las divergencias del mundo bipolar que se empezó a configurar con el triunfo de la revolución rusa en 1917 y terminó de armarse al fragor de las dos guerras mundiales.

Partidos como Liberación Nacional, Unidad Socialcristiana y Vanguardia Popular defendían idearios claramente diferenciados: el de la socialdemocracia europea; la del conservadurismo cristiano inspirado en la doctrina social de la iglesia católica y el del socialismo marxista, de matriz soviética.

Además de expresar diferentes visiones filosóficas y programáticas, dichos partidos (y otros menores que se organizaron en distintos momentos en torno a estas tres vertientes), servían como instrumentos ideales para la participación ciudadana en la vida política del país.

Existía además una adhesión de porcentajes significativos de la población a esas estructuras políticas, una identificación que era ideológica pero también emotiva en alto grado, en cierto sentido similar a la que existe entre una iglesia y su feligresía o entre un equipo de fútbol y su hinchada.

En ese pasado no tan remoto se consideraba una verdad demostrada que el PLN, por ejemplo, disponía de un porcentaje fijo de votación, independientemente de quien fuera el candidato presidencial. Con un simio bastaba, se decía a modo de chiste, para que el 35% de los votantes acudiera a las urnas disciplinadamente a respaldar su candidatura. Lo mismo ocurría con los demás partidos tradicionales. La disputa estaba en torno a un porcentaje pequeño, no más del 20 o 25% que solía cambiar su preferencia de una campaña a otra y era determinante para definir la elección, que se resolvía en una sola ronda.

Pero ese esquema empezó a resquebrajarse paulatinamente desde finales del siglo pasado, hasta llegar a la situación actual, en la que -según estudios serios-, el 70% de los electores no se siente parte de ninguna organización política y vota -cuando lo hace- por simpatía hacia alguno de los aspirantes. O bien, en sentido negativo, para impedir que llegue al poder algún otro candidato por el que sienten temor o desconfianza.

Este fenómeno no es privativo de la realidad política costarricense, pues muchas de las democracias modernas han pasado por esta mutación de la conducta de los sufragantes. En toda Europa occidental, por mencionar un caso, los partidos políticos han perdido porcentajes enormes de membrecía y han sufrido catastróficas derrotas ante fuerzas emergentes o liderazgos completamente improvisados.

La desafección partidaria no es azarosa. Es el resultado lógico de un mundo unipolar que se articuló tras la caída de la Unión Soviética y la desintegración del campo socialista. El capitalismo se impuso universalmente, bajo diferentes modalidades, y el llamado “neoliberalismo” devino en una doctrina completamente hegemónica. De hecho, las fuerzas de izquierda que han alcanzado el poder en América Latina en este siglo XXI han terminado por aceptar esa realidad y no han intentado modificar el sistema en su esencia. E igual sucede con los gobiernos de los partidos socialdemócratas en Europa, que hace mucho tiempo se plegaron a los postulados del neoliberalismo.

Así que, ¿para qué partidos? ¿Qué diferencia esencial hay entre uno y otro? Si analizamos los programas de los dos candidatos que se disputaron la presidencia en la segunda ronda, en Costa Rica, la única diferencia que encontraremos es de volumen. Uno era más minucioso que el otro, pero las respuestas a los grandes problemas del país coincidían plenamente en sus orientaciones. Al parecer, ya no hay forma de escapar a las fórmulas de los guardianes del orden capitalista, que son los organismos financieros internacionales.

En consecuencia, los procesos electorales no se resuelven en función de las ideas ni de los programas, sino de estudios de mercado y campañas publicitarias. En tales campañas el elector compra una imagen, una promesa de reivindicación (una y otra vez incumplida y cada vez renovada por una irracional esperanza), una sonrisa, una mirada tendida al horizonte, unos juegos de palabras. Y también mucho miedo y odio hacia el otro, el contrincante. Así se forjan ahora los liderazgos. Al final vencerá quien tenga más capacidad para vender el producto y eso depende, por supuesto, de dinero, mucho dinero para pagar los estrategas publicitarios, los espacios en los medios de comunicación y las redes mortíferas de troles en las redes sociales.

No hay nada más en el espectro político. Buscar otra cosa es ilusorio y llevará al fracaso y la frustración, al menos por ahora.

El filósofo polaco-británico Sygmunt Bauman ha dado a este estado de cosas el nombre de “modernidad líquida”, en oposición al mundo que durante muchos siglos se asentó sobre realidades sólidas y perdurables, que daban seguridad y certeza a individuos y sociedades. En esta modernidad todo fluye y experimenta cambios bruscos y con frecuencia dramáticos. Adaptación es la palabra clave, si queremos incidir, en alguna medida, en esa vorágine de acontecimientos.