Solo guardaba el recuerdo borroso de que me gustó, que la disfruté mucho, que me fascinó su mundo escabroso. Ahora he vuelto a ella y el acierto no pudo ser mejor. Una buena novela nunca debe quedar con una sola lectura. La primera es como cuando le presentan a alguien que, de primeras, le causa una interesante impresión a uno, pero que después no vuelve a saber nada de esa persona. Queda el sentimiento de que algo bueno se ha perdido. Si uno desea profundizar en ella, debe establecer un diálogo más íntimo como el que se logra con la relectura de una obra.

Pero bueno. Desde que comencé la lectura, en una vieja edición de 1980 (Editorial Argos Vergara S.A.), de hojas amarillentas, con la que tropecé una noche tratando de dar con un libro que, precisamente, quería releer y que suponía debía estar en alguna parte. Y por qué no Luz de agosto, me dije. Desde ese momento no me detuve en otra lectura hasta que la terminé. Esta obra, como muchas de William Faulkner (1897-1962) es, sin duda, una de las mejores novelas que he leído, un clásico de la literatura universal. 

Luz de agosto (1932) narra la historia de una mujer, Lena Grove, que viaja en busca del padre del hijo que lleva en su vientre. Solitaria, camina días a veces ayudada por algún granjero que la sube en su carro para luego continuar solitaria el recorrido persiguiendo su destino. La trama tiene como escenario el sur, violento e intolerante, de Estados Unidos. Parte de Alabama y termina en Saulsbury (Tennessee), aunque gran parte de la historia se desarrolla en Yefferson, donde nace el hijo de la joven, hecho que puede interpretarse como una luz de esperanza en ese mundo sórdido en el que se desenvuelve la mujer y el resto de sus personajes. 

Pero junto con la desgarradora historia de Lena, se desarrolla otra, de manera paralela: la del mulato Joe Christmas, que poca tiene relación con la joven embarazada, pero que nos hace ver otra faceta nada oculta en aquellos parajes: que los blancos esclavistas no han asimilado la derrota en la Guerra Civil estadounidense (1861-1865), que el espíritu esclavista, aunque humillado, sigue activo. Christmas, discriminado desde su infancia por su color de piel, curiosamente, da muerte a una indefensa mujer blanca, su amante y activista de los derechos de los negros.

Se respira una atmósfera violenta con resentimientos muy vivos por el revés sufrido por los sureños. Abiertamente presentes los prejuicios racistas contra los negros explotados, en una zona empobrecida, de calles polvorientas, sin más futuro para un buen grupo que mal vivir el día a día. Blancos que añoran todavía revertir una historia que no han asimilado y volver a un escenario donde ellos, no cualquier blanco, sean amos y señores de las vidas de quienes tiene otro pigmento en su piel.

Expresiones como que “la raza blanca es superior a todas las demás razas, y que la raza americana es superior a todas las demás razas blancas y que el uniforme americano es superior a todos los hombres” (p. 368), es un ejemplo de esta ideología perversa ejercida por fanáticos, sean pastores,  militares o civiles. A esto se suma el fanatismo religioso, un puritanismo practicado, Biblia en mano, para justificar crueldades contra semejantes indefensos. La Biblia como instrumento de represión para sustentar prejuicios religiosos o políticos. 

Pero no solo encontramos las secuelas frescas de la Guerra Secesión. Una serie de fenómenos están presentes en una magnífica novela que contribuye, de manera diáfana, a ayudarnos a entender un periodo oscuro, como tantos otros, de nuestra historia. El contrabando de whiskey, durante la Le Seca, a comienzos de siglo pasado en Estados Unidos, es un ejemplo.  La vida miserable, el abandono, el crimen y el contrabando están presentes en la obra.

Leyendo esta novela, se convence uno que la historia mejor contada generalmente no es la que nos ofrecen los historiadores, sino los escritores que con su arte pueden hurgar en el alma de las personas para ofrecernos un fresco con sus tragedias y sus momentos de gloria. La ficción para develarnos la vida de personas que carne y hueso que de otra forma sería difícil de desentrañar y conservar para la posteridad.  En este caso, el narrador omnisciente se adentra en el alma de las personas para dejarnos la estampa de un mundo desgarrador. Son sus padres  o ellos mismos los vencidos que no pueden ocultar su odio cerril contra quienes derrotaron el sistema esclavista unas décadas atrás.

Faulkner, uno de los escritores estadounidenses más influyentes en autores del boom latinoamericano, hace uso de recursos literarios que lo colocaron como uno de los innovadores de la novelística moderna. Juan Rulfo, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, entre otros, son tributarios de técnicas narrativas como es monólogo interior, la exploración del mundo introspectivo y el manejo no cronológico del tiempo. Borges consideraba Luz de agosto una de “obras capitales” de Faulkner. “Es verosímil la afirmación de que William Faulkner es el primer novelista de nuestro tiempo”, según el autor de Otras inquisiciones. 

La paga de los soldados (1926), El ruido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930), ¡Absalón, Absalón! (1936), Intruso en el polvo (1947), son algunas de las novelas más renombradas de este autor, premio nobel de literatura 1949. Vale la pena volver a sus obras.