Las crisis y polémicas que se generaron alrededor de la figura del exministro de la Presidencia, Mélvin Jiménez, fueron uno de los factores que más erosionaron la gestión de Luis Guillermo Solís durante su primer año de gobierno

Aquella mañana del 8 de mayo del 2014,cuando recibió la banda presidencial en un Estadio Nacional repleto de gente que lo aplaudía y lo admiraba, el futuro parecía rendirse a los pies de Luis Guillermo Solís. Incluso el clima. Durante la noche una copiosa tormenta había hecho prever una deslucida ceremonia entre agua y barro, pero al llegar la mañana, imprevistamente el torrente amainó y los invitados gozaron de un sol radiante.

Desde el escenario, Solís encarnaba el deseo colectivo de cambiar la manera de gobernar a Costa Rica:“Es un clamor que exige un cambio profundo en la forma en que el país se gobierna y administra. Es un clamor que pide verdad y luz en los procesos de toma de decisiones. Es un clamor que no quiere dádivas sino empleos decentes; que no espera milagros, sino el eficiente manejo de los asuntos públicos”, decía impulsado con la legitimidad de quien acaba de recibir 1,3 millones de votos.

Un año más tarde el clima cambió. Aún no llueve, pero amenaza. ¿Qué pasó en estos 12 meses? ¿Habrá concluido ya esta administración su curva de aprendizaje? ¿Llegarán los prometidos y anhelados cambios?

Un año movido

El primer semestre del gobierno de Luis Guillermo Solís comenzó apagando un incendio heredado: Integra2, un nuevo e inicialmente fallido sistema de pagos en el Ministerio de Educación Pública (MEP) que llevó a los sindicatos de educadores a una encarnizada huelga por la normalización en el pago de sus salarios.

Al finalizar el mes de conflicto, el saldo arrojaba un signo positivo para el gobierno. Luego de intensas jornadas de trabajo y negociaciones, la ministra Sonia Marta Mora logró regularizar los pagos y restablecer las clases. Había pasado con éxito la primera prueba de fuego.

En paralelo, una serie de gestos simbólicos afirmaban la credibilidad en las promesas de la tolerancia y transparencia ofrecidas en campaña: la colocación de la bandera del arcoíris en las oficinas públicas tendió un gesto hacia los grupos defensores de la diversidad sexual y la poda de los setos vegetales que rodeaban la Casa de Presidencial, fue un guiño a favor de la nitidez en la gestión pública.

Pero los primeros roces con el entorno cercano a sus propias filas llegaron pronto con las decisiones de no disolver la Dirección de Inteligencia y Seguridad (DIS) y el polémico nombramiento de Mariano Figueres al frente de los espías locales; las negociaciones para tomar control del directorio legislativo que incluyeron la postergación de la agenda de derechos humanos en Cuesta de Moras y el nombramiento del obispo luterano Melvin Jiménez como Ministro de la Presidencia.

A estos tropiezos iniciales se fueron sumando turbulencias, contradicciones y divisiones, como el apoyo dado por la Ministra de Ciencia y Tecnología a la iniciativa de la Sutel que impulsaba el cobro por descargas en la Internet; la forzada (e iracunda) separación de Zapote de Iván Barrantes, uno de los principales estrategas quien se alejó del gobierno tras conocerse que durante la campaña había cobrado 111 millones entre salarios, viáticos y premios y que, además, asesoraba simultáneamente al gobierno y a empresas privadas. La división de la fracción oficialista producto de los conflictos internos con el diputado Víctor Morales Zapata fue parte de ese combo “matapasiones”.

El gobierno llegó así a sus primeros cien días con un sabor ambiguo y generando una enorme expectativa por los anuncios sobre el cómo y cuándo se iniciaría el prometido cambio.

Compitiendo por un espacio en la memoria colectiva quedan una exitosa organización de la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), así como la aprobación del proyecto de reforma al Sistema de Banca para el Desarrollo.

Cuando llegaron los aires navideños, comenzó a hacerse evidente la necesidad de cambios en la estrategia y el equipo cercano al Presidente. La falta de experiencia, los desatinos verbales, las rivalidades y divisiones internas tuvieron un enorme poder destructivo que melló el entusiasta apoyo inicial con que arrancó el primer gobierno del PAC.

La herencia de Melvin

A inicios de año la expectativa de la calle era comenzar a ver avances concretos en las principales promesas de cambio: la reducción de la pobreza, la reactivación de la economía, el fortalecimiento de la Caja y el combate a la corrupción.

La última opción en cualquier menú políticamente saludable era un reallity show en televisión y prensa escrita, con ataques y desmentidos protagonizado por un alto jerarca del gobierno.

Eso fue, precisamente, lo que ofrecieron.

La crisis protagonizada por el Ministro de la Presidencia, Melvin Jiménez, la Procuradora General, Ana Lorena Brenes, el viceministro Daniel Soley y los medios de prensa, fue un espectáculo que erosionó la credibilidad del Gobierno y causó un efecto depresivo sobre la población.

La falta de reflejos, las contradicciones y el manejo de esa crisis con la estrategia del avestruz que sumerge la cabeza en la tierra para no ver los problemas, afectaron la imagen del presidente Solís, quien además salió a combatir el incendio con un balde de gasolina y se quejó en cadena nacional del supuesto acoso mediático que sufría.

Para ese momento las continuas tensiones que provocaba la figura de Melvin Jiménez opacaban cualquier logro de sus pares en el gabinete.

El ejemplo perfecto de este fenómeno llegó durante la Cumbre de las Américas en Panamá. El equipo de la Cancillería logró sentar al presidente Solís con el presidente de Estados Unidos, Barak Obama, para conversar sobre el logro obtenido en el ICE de producir el 100% de la energía eléctrica del país con fuentes renovables.

Esa era la noticia que cualquier oficina de prensa gubernamental quería ver en la portada de los medios de prensa.

Sin embargo, ese mismo día, una nueva polémica del ministro Jiménez –esta vez con el viceministro de Ciencia y Tecnología– opacó negativamente el trabajo de sus pares y sumergió al Gobierno en una nueva crisis.

Cuando finalmente el presidente decidió destituir a Jiménez, el diputado Morales Zapata se le anticipó y le “quemó” la noticia. El daño estaba hecho.

La pesadilla del FIA

La oportunidad de cambiar el ánimo colectivo llegó de la mano de la cultura: el Festival Internacional de las Artes (FIA) era el vehículo perfecto para inyectar optimismo, alegría y demostrar capacidad de gestión.

Una serie de eventos y contratiempos previos al inicio del festival dejaban entrever que la ministra de Cultura, Elizabeth Fonseca, sus viceministros y el director del Centro de Producción Artística y Cultural, Inti Picado (encargado de la producción del evento), estaban atascados en la curva de aprendizaje y a punto de colapsar.

Pudieron haber pedido ayuda a quienes lo organizaron previamente; pudieron haber postergado la fecha de inicio; pudieron “copiar” una fórmula que ya había demostrado ser exitosa y de gran aceptación entre el público. Pero no hicieron ninguna de esas cosas.

Cambiaron el formato original, trataron de llevarlo a comunidades alejadas, se enemistaron con empresas y productores experimentados, fallaron en las formalidades administrativas y, como era previsible, empujaron al FIA hacia un fracaso estrepitoso.

Más allá de las eventuales pérdidas económicas que pudieran surgir de este fracaso, la principal pérdida es la de la autoestima de un país que sentía orgullo de sus FIAs, que los disfrutaba y los esperaba.

Este, que era un recuerdo y un hito feliz en la memoria popular, se suma ahora a la cadena de frustraciones que enumera la platina, la trocha fronteriza y otros proyectos fallidos.

El balance de este primer año de gobierno de la administración Solís Rivera se revela entonces marcado por una gestión a la que aún se le reconocen buenas intenciones y vocación de cambio, pero que ha sido convulso, con salidas de pista en las que algunos funcionarios demuestran poca capacidad de escuchar y escasa alineación con el ideal de “casa de cristal” que el presidente ofreció en su discurso inaugural.

La suerte no está escrita aún, a Luis Guillermo Solís, a su equipo y al país le quedan tres años por delante para lograr algunos de esos cambios con los que una multitud de ciudadanos todavía sueña.